La disrupción impacta y condiciona al sistema como un todo, no solo a sus partes

 14 mayo

Desde la caída de la URSS y el campo socialista, salvo en pequeños círculos académicos o de personas dogmáticas, el análisis y discusión de las grandes tendencias de los “modelos económicos” ha desaparecido prácticamente.

Lo anterior no es sorprendente: todos los países, de un modo u otro, viven hoy dentro de alguna forma de economía capitalista, entendida básicamente como la existencia y promoción de la propiedad privada de los medios de producción y la acumulación privada de capital como motor del crecimiento.

Hay variantes en cuanto a las reglas imperantes para la inversión, la distribución de la producción y el ingreso, el modo de participar en el mercado internacional, etc., pero, en esencia, el capitalismo ha pasado a ser la “forma natural” de la economía.

Estas variantes no son menores en cuanto a su incidencia en la calidad de vida y forma de gobierno de los países, sin embargo. Por otro lado, puede que sea demasiado pronto para declarar de una vez y para siempre que no hay alternativa al capitalismo (como modelo económico), pero hoy por hoy, esto es así.

Lo dicho no significa, en absoluto, que no haya polémica sobre las reglas específicas, las políticas públicas y otros aspectos de operar el sistema, tanto a corto como a largo plazo. Y qué bueno que es así.

Tecnología disruptiva. La disrupción tecnológica es uno de los factores que más fuertemente impactan sobre las condiciones y normas que adoptan los países y organizaciones para estructurarse como operadores económicos. Siempre ha sido así; pero hoy, esa disrupción impacta y condiciona al sistema como un todo, no solo a sus partes.

El cambio más impactante, ya en proceso, seguramente vendrá con la aceleración del desarrollo de la llamada inteligencia artificial (AI). Hace poco, el Dr. Francisco A. Pacheco se refirió en estas páginas a las implicaciones de esta tecnología en la educación. Otros artículos han hecho referencia a impactos en la vida cotidiana y muchas costumbres que creíamos permanentes.

Este artículo se refiere más bien a otros dos ámbitos, relacionados pero distinguibles, y, por esa vía, al paradigma económico.

Primero en cuanto a la producción: la robotización de múltiples procesos de producción y de provisión de servicios, ya en marcha, implicará el aumento de la productividad física y de capital y el desplazamiento de cientos, quizá miles, de millones de puestos de trabajo.

Transformará ese mundo de una manera cualitativamente distinta a todas las formas en que ha evolucionado hasta ahora. Es concebible pensar en gigantescos centros de producción de billones de artículos, con la participación directa e indirecta de muy poca mano de obra, vamos, de personas.

Repercusiones. No entro a ilustrar este “desarrollo”, pues me interesa ahora otro aspecto de la cuestión: ¿cómo impactará a la economía, tanto en su sentido de sistema de producción, distribución y consumo de bienes y servicios, como en el de la disciplina que estudia, investiga y analiza los problemas que se derivan de dicho sistema? Me explico un poco más:

Si se reduce drásticamente el número de trabajadores en el sentido más amplio del término, en primer lugar, ¿cómo será remunerada la gran mayoría de la gente? ¿Cómo se proveerá a las familias, especialmente a los niños, de todas sus necesidades? Los robots, aunque no deben ser remunerados, tampoco consumen… por lo tanto, ¿de dónde vendrá la demanda para todo lo que se produce?

Los futurólogos han descrito posibles rasgos de esa venidera sociedad desde el lado de la oferta, pero casi nada desde la demanda, de la forma y distribución de los ingresos. Y este es tema complejo.

En segundo lugar, está claro que en un sistema productivo como ese, la concentración del ingreso y la riqueza sería –en ausencia de un drástico cambio de reglas– muchísimo mayor de lo que se haya visto (e imaginado) hasta ahora: los robots son capital, por tanto, su remuneración en sustitución del pago a los trabajadores iría a sus dueños, que ya no solo ganarían por la propiedad del capital, sino también del “trabajo”. ¿Será esto posible bajo las actuales reglas?

En tercer lugar, ¿qué implicaría para la vida social que, salvo una pequeña proporción, la gente en general, esté desempleada toda su vida? ¿Se necesita un Estado (gobierno) en un mundo así? ¿Cómo sería, cuáles tareas debería desempeñar, cómo y quiénes las harían? ¿Cómo se atribuiría el poder (político) y quiénes podrían ejercerlo? Y el resto de la gente, la enorme mayoría, ¿qué potestades tendrían?

No es ciencia ficción. Y como esto, se pueden visualizar otras múltiples implicaciones de toda índole, que rayan con ciencia ficción, mas no lo son en absoluto.

Por supuesto que no estamos a las puertas de un mundo así; seguramente, tomará décadas en gestarse. Y entonces, ¿qué pasa en el ínterin, cómo va evolucionando la sociedad hacia allá? Para empezar, el ritmo será distinto para cada país, lo cual plantea complejos problemas de planeamiento a corto y largo plazo.

Y ese planeamiento incide, en cada país, en políticas públicas que es necesario adoptar ahora, pero que deberían pensarse en tándem con los desafíos futuros; por lo tanto, hay que empezar a hacerlas compatibles. La movilidad internacional del capital es un caso prioritario.

Es que el trabajo dejará de ser trabajo. Esto es algo inédito. Puede decirse, sin que sea exagerado, que hablamos ahora de un cambio de paradigma en el sentido que lo plantea Kuhn. Es decir, de una revolución tecnológica que a la vez genera un cambio cualitativo, radical, en la forma de abordar, investigar y entender los problemas en el ámbito de la vida social en su sentido más amplio.

No hay respuestas fáciles. Especialmente, porque se requerirá rebalancear desde las reglas de las relaciones económicas internacionales hasta las leyes y condiciones internas (domésticas).

Una visión utópica, que podría servir de referente general ante un mundo con abundancia de capacidad productiva, pero escasez enorme en la demanda de trabajo, es la combinación de una renta universal garantizada con jornadas laborales más cortas, oportunidades para el ocio creativo, explotación económica totalmente sostenible (en energía, tierras, agua, materias primas, etc.) y, sobre todo, educación y valores acordes con todas esas condiciones.

Insisto: eso no es para el corto plazo. Sería un error grave usar demagógicamente este potencial desarrollo para imponer o exigir esas condiciones en la realidad actual. Pero que se trata de una realidad altamente probable, sí lo creo. Y, por ello, debe tenerse en cuenta para continuar la construcción de nuestra sociedad de oportunidades y de integración inteligente con el mundo.

El autor es economista.