Editorial

El imperio de las maras

El Salvador ha sido doblegado, nuevamente, por sus tenebrosas pandillas criminales

El Salvador se ha precipitado en una nueva y funesta crisis. En su superficie y efectos inmediatos, es de seguridad, pero basta rasgarla para percibir sus profundas motivaciones y consecuencias económicas y sociales. Por ello, si bien se requieren eficaces medidas de fuerza y control para conjurar sus peores manifestaciones, la solución –siempre difícil y quizá nunca definitiva– hay que buscarla más allá de la represión.

Esta vez, la emergencia se origina en un paro del transporte público, “ordenado”, a partir del lunes, por las más poderosas pandillas del país, conocidas como maras. Su reclamo es tener representación, como si fueran un actor legítimo, en el Consejo Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana, la instancia recién creada para buscar una salida a la violencia. Está compuesta por delegados del Gobierno, las Iglesias y sectores de la sociedad civil, y cuenta con asesoría del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Las autoridades se negaron a atender tal reclamo. Como reacción, las maras, mediante sus amenazas y ejercicio brutal de la violencia, paralizaron a los transportistas. Desde el lunes de la semana pasada, una gran cantidad de líneas de autobuses, en particular de la densamente poblada capital y sus alrededores, dejaron de operar. El número de choferes asesinados no cesa de aumentar: al miércoles, habían muerto siete.

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