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La muerte, ‘personaje’ de García Márquez

Actualizado el 20 de abril de 2014 a las 12:00 am

García Márquez. La muerte es un ‘personaje’ frecuente en la obra del autor fallecido el jueves último

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La muerte, ‘personaje’ de García Márquez

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Gabriel García Márquez aparece con su esposa, Mercedes Barcha, en una fotografía de 1975. Fotografía: Archivo. (AP/Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano)

Se atribuye a Jean de La Bruyère la sentencia que afirma que la muerte sólo llega una vez y, sin embargo, se hace sentir en todos los momentos de la vida. Acaso esa abrumadora realidad existencial lleve a las personas a guardar, en un rincón poco visible de la conciencia, la certeza del propio destino final, mientras se ocupan de vivir en pos de realización y plenitud.

Sin embargo, al cabo, no se puede evitar el conocimiento de la constante e ineluctable partida de los otros. Nacimientos, uniones y triunfos son treguas reconfortantes, pero el ciclo biológico y el tiempo terminan por hacer lo suyo, dejando profundas heridas.

“Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte, que no nos mata a nosotros, sino a los que amamos”, decía el escritor mexicano Carlos Fuentes.

Por supuesto, es irrefutable que, dada la diversidad de culturas y de pensamientos, abundan percepciones menos pesimistas sobre este asunto; pero de lo que se trata es de establecer que la muerte es un motivo bien relevante no sólo en la vida, sino en la literatura. Quede para un análisis posterior establecer si el arte en general se nutre más de lo jubilar que de lo luctuoso.

Tema constante. Críticos y estudiosos del mundo han coincidido en que el amor, la soledad, la violencia, la realidad social y la nostalgia, entre otros, son ejes temáticos recurrentes en la obra literaria de Gabriel García Márquez, quien falleció el jueves 17 en México.

Sin embargo, la muerte también ha recibido un tratamiento especial en la narrativa del ganador del Premio Nobel de 1982.

Lo que resulta indiscutible es que tanto la muerte como los demás temas han estado en esa creación monumental acompañados por magistrales recursos estilísticos, así como por una técnica que logra establecer vínculos poderosos entre realidad y ficción, a pesar de que las historias están signadas por situaciones hiperbólicas, mágicas y no convencionales.

La agonía, la muerte, el duelo y su ceremonial –además de los comportamientos humanos inherentes a deudos y conocidos en circunstancias de esa índole– son puestos al descubierto por García Márquez en el relato Los funerales de la Mamá Grande (1962).

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Cobra aquí validez una expresión coloquial colombiana: “La muerte no respeta: pinta”, ya que, “en olor de santidad” y virgen a los 92 años, le llega su hora a la influyente y potentada “mandamás” de Macondo, pese a que a muy pocos les había pasado por la cabeza la idea de que ella fuera mortal.

Detalles como la conmoción que causó en el mismo presidente de la República el fallecimiento de la Mamá Grande y la asistencia al sepelio del Sumo Pontífice, ilustran la ironía y el humor negro presentes en este cuento, en el que la muerte enseña sin eufemismos la problemática real de los “caciques políticos” en Colombia.

La liberadora. La soledad se pasea campante por Macondo durante cien años y acosa a cada uno de los innumerables personajes de las siete generaciones de los Buendía. A pesar de las diversas circunstancias que rodean cada episodio, el bálsamo para esa soledad congénita termina siendo la muerte.

Muere Prudencio Aguilar para acompañar como fantasma el desamparo de su asesino, José Arcadio Buendía; muere el mítico gitano Melquíades y revive para tener oportunidad de morir de nuevo; mueren el coronel Aureliano y los 17 hijos que plantó en igual número de vientres durante las 32 guerras civiles; muere la centenaria matriarca Úrsula Iguarán, abatida entre la demencia y el olvido; muere, aislado y en circunstancias difusas, el “protomacho” José Arcadio.

Para completar el obituario, el último varón de la estirpe se lleva a su madre, Amaranta Úrsula, durante el parto y luego es devorado por las hormigas en cumplimento de las profecías. García Márquez ha decidido que la muerte –liberadora de la soledad– se prodigue, certera, a cada uno de los miembros de esa “familia de locos”.

Sin embargo, en Cien años de soledad (1967), la muerte es evocada también para dar testimonio de una violencia política que se ha prolongado secularmente enraizada en Colombia desde la guerra de los Mil Días (1899-1902).

La última puerta. Escrita durante los años 60, esa obra imperecedera refleja también el conflicto fratricida que hubo entre liberales y conservadores, cuyo testigo fue el autor a partir de 1948.

No podía faltar allí la mención que es al mismo tiempo testimonio y homenaje a más de 300 trabajadores de las bananeras asesinados en Ciénaga (Magdalena) en diciembre de 1928 por un regimiento del Estado durante el mandato de Miguel Abadía Méndez.

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En ese caso, la enumeración por extensión intenta hacer justicia a un hecho aberrante que tanto el gobierno como los medios de ese entonces intentaron primero ocultar y luego minimizar.

“Tratando de fugarse de la pesadilla, José Arcadio Segundo se arrastró de un vagón a otro, en la dirección en que avanzaba el tren, y, en los relámpagos que estallaban por entre los listones de madera al pasar por los pueblos dormidos, veía los muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos niños, que iban a ser arrojados al mar como el banano de rechazo”.

La expresión metafórica “la muerte es una puerta que se abre” se ha convertido en un lugar común que sugiere pero no puntualiza. Aunque el autor no la ha utilizado, cobra particular relevancia en la novela El amor en los tiempos del cólera  (1985).

Literalmente, la muerte del doctor Juvenal Urbino es un portón que se abre con amplitud hacia el amor; es la oportunidad de oro que Florentino Ariza  había esperado durante toda su  vida para conquistar a la elusiva mujer de sus desvelos.

Sin el menor sentido del recato ni de las proporciones, en la misma noche del entierro, el febril enamorado fue a casa de la viuda a despejar cualquier duda:   “Fermina –le dijo–: he esperado esta ocasión durante más de medio siglo para repetirle una vez más el juramento de mi fidelidad eterna y mi amor para siempre”.

La constancia de Florentino, que cobró bríos a partir del fallecimiento de su eterno rival, vino a la postre a dar los frutos esperados.

La presencia definitiva. En Crónica de una muerte anunciada (1991), novela basada, según el propio autor, en un hecho real, la mayoría de los habitantes de un pueblo es informada por los gemelos Vicario de sus intenciones de matar a Santiago Nasar. Pese a los esfuerzos de algunos pocos por evitar el crimen, la víctima se entera del peligro apenas segundos antes de morir.

El carácter inevitable de la muerte es resaltado con destreza por el narrador, quien aplica aquí toques propios de la técnica periodística estableciendo una lógica causal de acontecimientos en la que se combinan con maestría los “elementos del desastre”, llamados así por el también escritor colombiano Álvaro Mutis.

Son abundantes las frases sueltas, sentencias y hasta gracejos que se atribuyen a García Márquez y que él desmintió.

A propósito del tema, circuló en las redes sociales una carta de despedida supuestamente redactada con motivo de su estado de salud. No se hizo esperar una reacción del novelista, en la cual expresó tajantemente que él no escribía de manera tan cursi.

En una entrevista con Rita Guibert, García Márquez reconoció que la soledad es una temática frecuente en sus libros, pero cualquier atento lector puede descubrir que la muerte también lo es, y que el autor la aplicó en dosis convenientes, según la ocasión.

A un escritor tan vitalista como “Gabo” probablemente le costó reconocer aquello último porque –según confesó a Rodolfo Braceli– la certidumbre de la muerte le producía una especie de rabia; sin embargo, concluyó: “Lo único malo de la muerte es que es para siempre”.

El autor es escritor y profesor colombiano residente en Costa Rica.

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