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Viviana fue mi amiga

Decía lo que pensaba,y lo hacía con la vehemencia y la pasión de la juventud

Viviana Gallardo fue mi mejor amiga de infancia y juventud. La hermana de mi alma. El lunes 2 marzo de 1969, primer día de clases –terrible experiencia iniciática– mi mamá me lleva de la mano al Liceo Franco-Costarricense. Yo, aterrorizado, abandonado en un aula llena de criaturas extrañas y de una temible figura de autoridad que era la profesora, mudo, crispado, al borde de las lágrimas. Sentada al lado mío estaba Viviana Gallardo.

Viernes 28 de noviembre de 1979, último día de clases de quinto año, esta vez melancólico, enamorado, lleno de acné, inseguro, la cabeza repleta de quimeras y sueños desmesurados. Ahí estaba también, a mi lado, Viviana Gallardo. Fue mi compañera durante toda la primaria y la secundaria en ese que, en mi corazón, sigue siendo el mejor colegio del mundo: el Liceo Franco-Costarricense. Once años. Y luego dos de universidad. Estudiábamos juntos, hacíamos las tareas juntos, hicimos presentaciones juntos, salimos en montajes de teatro juntos, durante los años de la adolescencia –turbulencia de los primeros amores, dolor de los primeros rechazos, estremecimiento ante las primeras sonrisas– fue mi confidente, mi asesora en materia sentimental.

Inseparables. Me conocía como ningún otro compañero o compañera llegó a conocerme. Hablábamos horas por teléfono. Todos los días. Las cuentas telefónicas eran inconcebibles. Mi mamá le puso un candado al teléfono. De nada sirvió. Encontré un sistema para pulsar los botoncitos sobre los que reposa el auricular con infalible destreza –no en vano soy pianista– que me permitía llamarla sin necesidad de hacer girar el disco sobre los numeritos del aparato. Simplemente, no podía pasar un día sin hablar con ella. Más exacto sería decir: no podía vivir sin ella.

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