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Andy Gibb: Todo lo que hacía era soñar

Fue un niño dorado; lo tuvo todo y lo perdió. Era un pelirrubio corrongo, de sonrisa fácil. Era un querubín con guitarra. Usaba chaquetas plateadas y azules, o un enterizo rojo pegado al cuerpo y abierto hasta el ombligo. Sus melodías eran sensibles, melosas y pegajosas.

Cerró el ciclo de la música disco, donde sus hermanos eran los reyes y él, Andy Gibb, el príncipe heredero de un ritmo que fue el fondo musical de la crisis del petróleo, el fin de la guerra de Vietnam y el lento desplome de la Unión Soviética, en los años setenta del siglo pasado.

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