Jorge Hernández S..   6 marzo
La activista climática sueca Greta Thunberg desembarcó del catamarán La Vagabonde en los muelles de Santo Amaro en Lisboa, el 3 de diciembre de 2019. Fotografía: AFP

Ignorancia, burla y ataque. Son los archienemigos de la superpoderosa niña sueca, que le hizo muecas a Donald Trump, y está empeñada en una batalla desigual contra quienes niegan el cambio climático y desean destruir el planeta.

La apocalíptica jovencita, Greta Thunberg, se tomó a pecho los malos augurios de la comunidad científica, y organizó huelgas escolares para llamar la atención nacional –y mundial– sobre el cercano fin del mundo.

¿De qué vale ir a clases si La Tierra va camino al precipicio galáctico? ¿Qué es más relevante, aprender a leer o defender a los animales de la extinción?

En el caso de Greta, apenas tiene 17 años –nació en Estocolmo el 3 de enero del 2003– en el hogar formado por Svante Thunberg, actor, y Malena Ernman, cantante lírica.

Desde los ocho años la adolescente tuvo visiones, a los 11 cayó en depresión, dejó de hablar, de comer y los médicos concluyeron: paciente con síndrome de Asperger, trastorno obsesivo compulsivo y mutismo selectivo.

El Asperger es un trastorno del espectro autista y afecta a uno de cada cien niños, principalmente en dos aspectos de la personalidad: la comunicación social y la flexibilidad del pensamiento y el comportamiento.

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Esa situación fue suficiente para desacreditar las iniciativas de la activista juvenil, a quien sus opositores calificaron desde psicótica hasta víctima de unos padres y amigos manipuladores.

Metieron en la danza conspirativa a las agencias de relaciones públicas y al hipermegamillonario George Soros, quien sería el “paganini” de la menor y titiritero detrás de los arrebatos ambientalistas de Greta.

Voz en el desierto

Todo comenzó frente al Parlamento Sueco. Greta organizó el movimiento Viernes por el futuro, inspirado en su propia huelga escolar, para atraer la atención ciudadana sobre la crisis climática y revertirla.

Desde niña tenía actitudes “sui generis”. En el libro autobiográfico escrito por su madre, Escenas del corazón, explican la manera en que la pequeña obligó a sus padres a no viajar en avión, no comer carne y reducir la huella de carbono.

La activista climática sueca firmó el Libro de Oro de Montreal durante una ceremonia en Toronto, el viernes 27 de setiembre de 2019. Fotografía: AP

Los papás acogieron las peticiones de Greta, vieron en la diferencia una superpotencia y alentaron esa conducta, más como una ventaja terapéutica que como una filosofía de vida.

A esa beligerancia ambiental se unió Beata, hermana de la activista, quien padece una lista de trastornos psicológicos, entre ellos el de oposición desafiante y el déficit atencional.

En un suspiro, Greta pasó de ser una desconocida a soliviantar a todos los adultos reunidos en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP24), en Polonia, entre el 2 y el 15 de diciembre del 2018.

Los smartphones apenas dieron abasto para capturar los gestos de Greta, sus bravuconadas contra el corrupto sistema capitalista industrial y en un santiamén su nombre corrió de boca en boca por todas las redes sociales.

Y, en ese mismo instante, nacieron los “antithunbergianos”, un grupo de enemigos empeñados en cortarle su cabellera, con trenzas incluidas.

Genio y figura

Dos bandos atacan a Greta; por un lado quienes le recriminan su conducta obsesiva, el escaso sentido del humor, la tendencia a tomar literalmente lo que dicen los adultos y los científicos.

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El otro frente son los difamadores, empeñados en presentar a la joven sueca como manipulada por sus parientes, teledirigida por un magnate inescrupuloso que la usa como una marioneta.

La bola mediática que generó la ambientalista atrajo a políticos, artistas, autoridades y periodistas, quienes hacía fila para una foto, una entrevista, un apretón de manos o tocarla, como si fuera una santa viviente.

Sus íntimos aducen que Greta es la dueña de su destino; solo ella decide qué hacer, adónde, cómo, con quién y rechazan la farsa del titiritero.

El 11 de diciembre del 2019, Thunberg fue presentada como la Persona del Año por la revista 'Time'. Fotografía: AFP

Tampoco recibe dinero porque la familia pagó los costos de la gira por Norteamérica y Europa; los fondos provienen de los dos documentales grabados y de los ahorros paternos.

El año pasado recibió el Nobel Alternativo, un invento del escritor y filatélico sueco alemán Jakob von Uexküell, que le granjeó 103 mil dólares, suma nada despreciable para una adolescente.

Los “colapasólogos” encontraron en Greta un mesías, una voz en el desierto de la indiferencia ambiental, una figura –como anillo al dedo– capaz de atraer la atención del mundo y evitar la desaparición del ser humano.

Ser diferente es una superpotencia

Sentido vital. “No tenía energía, no tenía amigos y no hablaba con nadie. Solo me sentaba en casa con un trastorno alimenticio. Todo eso se ha ido ahora, que he encontrado un significado en un mundo que a veces parece superficial y sin sentido para tanta gente”, sentenció Greta Thunberg.

Mucho talento. "Las personas con autismo pueden tener muchas capacidades, talentos muy variados y habilidades de gran utilidad para la sociedad. Hay que cultivarlos desde la infancia y hacer que adquieran valor para la vida de la persona", explicó el experto Ricardo Canal.

Críticas a granel. Los detractores de Greta la atacan por su edad, por no acudir al colegio, por la presunta presión paterna, por el síndrome de Asperger y por su modo de viajar por el mundo.