Amado Hidalgo.   19 junio

Si nadie ha pedido un castigo para Keylor Navas, por no asistir a ningún torneo de la Sele desde el 2014, salvo el mundial ruso, ¿por qué entonces hay que castigar a Jimmy Marín? Decir que son casos diferentes resulta casi una burla.

Las ausencias de Navas, incluyen cuatro Copas Oro, otras tantas Uncaf, siete juegos eliminatorios, muchos amistosos y la Copa América Centenario. Salvo un par de lesiones, no vino por cuidar su puesto en el Real Madrid.

Yo lo entiendo, lo disculpo y jamás promovería un castigo para el mejor embajador tico en el mundo. Si no peleara con uñas y dientes su permanencia en la portería blanca, no habría conseguido lo que dice su palmarés.

Pero si ya resolvió su vida económica y no se le reprochan sus ausencias, menos justo resulta condenar al joven a quien se abre una puerta y decide salir por ella, en busca del mismo sueño con que Navas partió hace años al Albacete.

¿Qué lo de Jimmy es un acto de indisciplina, por dejar a la Selección con un hombre menos? Pues Navas dejó al mismo equipo sin la máxima estrella, la única que habría podido llenar el estadio contra Nicaragua, el único portero capaz –con el perdón de los demás– de intimidar a los atacantes mexicanos y gringos. ¡Es el guardameta del Real Madrid!

La salida ilusionada de un chico ante una oferta millonaria y las ausencias de Keylor en al menos 15 convocatorias. ¿Cuál es más reprochable? ¿Cuál se justifica más, tomando en cuenta que la Sele fue el pasaporte de uno hacia el Real, mientras que Marín es apenas un aspirante a figura?

Es obvio que Navas tiene más “obligación” de no faltar. Su presencia tendría que ser, al menos, un agradecimiento a esa camisa que lo llevó hasta la galaxia, pero no ha querido, o no ha podido, y ningún seleccionador, directivo, o comisión disciplinaria ha dicho “esta boca es mía”.

Aun así, acepto que Navas venga cuando quiera. Sería irónico que un país sin servicio militar obligatorio, exija a alguien cruzar el océano para cumplir con el llamado del fútbol.

Imponer el patriotismo, el amor a la bandera, los colores, el país… Todo eso es absurdo. El fútbol es un negocio, del que los grandes dirigentes viven, comen, pasean y se vuelven figuras, sin tener a menudo la mínima noción de lo que es el deporte.

Por eso, ni condeno a Keylor ni me parece justo que a Marín lo castiguen, valiéndose de que es casi un niño. Por buscar el sueño de la casa para su mamá, por intentar seguir el camino de los grandes, por no ser una estrella del Madrid, por no ser un mandamás en el camerino de la Tricolor.