Por: Juan Carlos Hidalgo.   12 agosto

El fallo sobre el matrimonio igualitario es una oda al “nadadito de perro” que nos caracteriza como país desde tiempos inmemoriales. Es un retrato de cuerpo entero de una sociedad que, en la medida de lo posible, gusta de patear la bola en cuanto a grandes decisiones se refiere.

Desde el punto de vista jurídico, es un absurdo de anaquel. Los magistrados declararon que el impedimento legal al matrimonio de las personas del mismo sexo es inconstitucional. El fallo se deriva de la opinión consultiva de la Corte-IDH que determinó que esa prohibición viola el derecho fundamental a un trato igualitario ante la ley. La lógica dictaba que la derogatoria fuera inmediata. Pero de alguna manera la Sala IV estableció que esta violación inconstitucional a un derecho humano puede continuar vigente por 18 meses más –en aras de tirarle la brasa a una Asamblea que ya de por sí se encuentra abrumada por el debate fiscal–.

El trance fiscal que está por sumergirnos en una grave crisis también es producto de la incapacidad de nuestros políticos para ponerle el cascabel al gato

Posponer decisiones es un deporte nacional. La imperiosa apertura de los mercados de telecomunicaciones y seguros solo fue posible porque Washington la demandó en el marco del TLC con EE. UU. Si no fuera por eso, es probable que la gente aún estaría levantándose a las 3 a. m. para hacer fila por una línea celular. Y, aun así, la disposición probó ser tan controvertida que tuvimos que irnos a un referendo altamente polarizador para resolver si éramos parte del bendito acuerdo o no.

El trance fiscal que está por sumergirnos en una grave crisis también es producto de la incapacidad de nuestros políticos para ponerle el cascabel al gato. Diagnósticos abundan sobre las reformas estructurales necesarias para controlar el gasto público y hacerlo más eficiente. La evidencia internacional es contundente sobre la naturaleza de las políticas tributarias que potenciarían la competitividad y dispararían el crecimiento económico. Pero preferimos ahogarnos en endeudamiento e impuestos antes que aplicar medidas innovadoras que han probado ser exitosas en otras latitudes.

La abolición del ejército destaca en nuestra historia porque es un raro ejemplo de cómo la clase gobernante tuvo el coraje de tomar una decisión vanguardista sin ningún tipo de vacilaciones. Pero se trata de la excepción a la regla: somos un país que le tiene pavor a dar los pasos decisivos que nos conviertan en una sociedad próspera y moderna.