Tobías Ovares.   24 mayo
Suegras bárbaras se presentó por primera vez en Costa Rica, en el 2005. Foto cortesía Teatro El Triciclo.

El circuito de teatros independientes –también conocido como “teatro comercial”– es implacable a la hora de cumplir la meta de entretener a su audiencia. Noche tras noche, a lo largo de los meses o los años, las salas se llenan para revivir el culto a la comedia. La estrecha vinculación entre espectadores y artistas escénicos ha propiciado un pacto problemático en el que todo se vale para cosechar risas.

El análisis de Suegras bárbaras se enmarca en esta variante de la expresión “el fin justifica los medios”. El espectáculo gusta y funciona por diversos motivos: la anécdota es ingeniosa; el elenco incluye nombres de peso como María Torres y Marcela Ugalde; las situaciones que detonan, escalan y resuelven el conflicto están eficazmente diseñadas. Además, la sala mantiene una atmósfera festiva que nunca decae.

Sin embargo, estas fortalezas se opacan cuando se aprecian las estrategias utilizadas para “negociar” la risa de los asistentes. La más obvia es la explotación de los rasgos del personaje como un fin en sí mismo. En el caso de Elvira (Marcela Ugalde), su corporalidad, gestos, desplazamientos e innumerables tics se exhiben con tal énfasis que la actriz pasa la mayor parte del tiempo en proscenio, de cara al público.

No se puede negar el inmenso talento de Ugalde, pero, en cierta medida, traiciona una labor que debería enfocarse en las interacciones con el resto del elenco y no en exhibirse. Esa “pérdida de fe” en los acontecimientos imaginados por el dramaturgo y en la propia capacidad de la intérprete para construir ficción con sus acciones es uno de los vicios escénicos más añejos y persistentes del teatro comercial.

También fue incómoda la desconcentración de una parte del elenco durante la segunda mitad del montaje. Esto se tradujo en pifias de texto, miradas cómplices y ajenas a la situación representada, además de sonrisas mal contenidas. Un espectador conformista, termina por celebrar estas dinámicas, pero lo cierto es que evidencian falta de rigor interpretativo.

Finalmente, el principal reparo se ubica en el terreno de lo ideológico. Las suegras son retratadas como esperpentos entrometidos, sin otro oficio que el de ser madres neuróticas. Solo el personaje masculino tiene formación académica, trabajo y reconocimiento social. Las suegras parecen estorbar a donde quiera que van por lo cual terminan siendo sujetos de burla.

Lo anterior no hace más que reforzar clichés culturales y actitudes discriminatorias contra las mujeres. Que una actriz encarne un papel degradante para su género es una pifia política y no solo una decisión artística o laboral. Los espectáculos teatrales no son divertimentos inocentes. Por el contrario, materializan conocimientos, actitudes y prácticas que, gracias al artificio de la verosimilitud, se validan ante una comunidad que observa.

Suegras bárbaras es un texto que se viene montando en nuestro país desde el año 2005. En aquel entonces, la crítica aplaudía la simbólica lapidación de esos personajes femeninos. Hoy, la obra no debe eximirse de un cuestionamiento extensible a ciertos espacios escénicos que, si no cambian su enfoque sobre la comedia, terminarán convertidos en reductos de ideas desfasadas.

FICHA ARTÍSTICA

Dirección: Manuel (Manolo) Ruíz

Dramaturgia: Hugo Daniel Marcos (Argentina)

Elenco: María Torres (Irma), Marcela Ugalde (Elvira), Valeza Villalobos (Doña Sara), Andy Gamboa (Daniel), Alexa Soto (Bárbara)

Espacio: Teatro El Triciclo

Fecha: 19 de mayo de 2019