Jorge Arturo Mora.   18 mayo
Allan Vega es un sobreviviente de las terapias de conversión sexual. Confía en que su testimonio puede servir para que jóvenes no pasen por su situación. Foto: Rafael Pacheco

Tan solo tres días antes de su cumpleaños número 20, Allan Vega fue desterrado de su casa. Ya han pasado tres años del momento en que bajó sus hombros frente a su familia y simplemente atravesó la puerta de todos sus días pensando que sería la última vez en su hogar.

Para ese momento, Allan tenía ojeras de las cuales no quedan rastro. Era un poco más delgado –según recuerda–, llevaba el cabello desordenado y no le quedaban pensamientos en su cabeza. A los gritos de su padre no puso resistencia alguna.

“Ya llevaba años de ese proceso interminable”, repasa Allan, refiriéndose a la aceptación de su homosexualidad. “Yo le había pedido mucho a Dios que me cambiara. Hacía sacrificios internos como ayunos y pasaba en oración. Me levantaba en la madrugada para orar y poder cambiar. Imaginate que vos tengás un sueño. Mi sueño era que me me llegaran a gustar las mujeres. Yo estaba seguro de que sin eso mi vida no iba a tener sentido ni podía seguir en la iglesia, que era lo único que me hacía feliz. Iba a perder a mi familia, a mis amigos… Había muchos temores, pero yo ya no podía fingir más”.

Cuesta imaginar a Allan como un muchacho tímido y confundido. Ahora, él habla en voz alta, mira a los ojos, su foto de whatsapp es un retrato de cuerpo completo con el pecho desnudo, lleva siempre una postura erguida y muestra con orgullo un par de expansores en sus oídos y un tatuaje en el brazo derecho.

Pero la hoja de vida de Allan indica todo lo contrario: no solo debió soportar el alterado clima de la adolescencia sino que, en medio de su crecimiento, además de negar su sexualidad, intentó revertirla.

“Yo entré a una terapia de conversión sexual sin, lógicamente, creer que me perseguiría para siempre. Me hirió y me dañó y es un pasado que no puedo negar, pero que no quiero que me arrastre”.

Darle la espalda al espejo
La familia Vega Redondo aún se recupera de las consecuencias de la terapia. Foto: Rafael Pacheco

Allan creció en el seno de una familia cristiana. Su madre, antes católica hoy evangélica; y su padre, católico poco ortodoxo, se encargaron de que los cinco hermanos Vega Redondo conocieran la Biblia desde su temprana infancia.

El cuarto de los hermanos, Allan Josué, creció amando a la iglesia evangélica en proporciones similares a su adoración por Dios. En su caso, una iglesia cartaginesa se convirtió en el refugio perfecto de amor.

La dinámica de Marco en su preadolescencia era predecible: vivía al margen de sus compañeros en el colegio, llegaba a la casa a encerrarse en su cuarto, apenas tenía las alimentaciones obligadas del día (por decisión propia) y desahogaba todo su frenesí cuando llegaba a la iglesia, donde le enseñaba a los niños sobre Biblia, organizaba coreografías y de vez en cuando se animaba a montar obras de teatro.

“Yo llegué a amar a la iglesia porque solo ahí tenía amigos. Era por completo mi circulo social y realmente me divertía. Yo tenía doce años y ya me llegó esa hora en que uno descubre y siente cosas como cualquier otro adolescente: era la sexualidad. Yo empecé a sentir cosas por hombres, nunca por mujeres, y me asusté mucho porque había escuchado en la iglesia y en la biblia de que eso estaba mal”.

Muchos sermones previos, tanto escuchados en su casa como en el culto, le habían hecho creer a Allan que “ser gay no estaba bien”, pero “cuando intentas detener algo así es como intentar retener el crecimiento de cabello; va a seguir creciendo”.

“Allan siempre marcaba su territorio”, recuerda don Manuel Vega, su padre. “El resto de sus hermanos siempre andaban conmigo de arriba para abajo, pero él no pasaba tiempo conmigo. Yo se lo respeté . No le gustaba mi manera de ser: a mí me gustaba fumar, el alcohol, andar en la calle vacilando… Yo desde pequeño lo amé, pero mi actitud lo marcó. Siempre hubo una lejanía”.

Aunque recuerda haberlo ayudado en algunas tareas, don Manuel remuerde su ausencia durante la primera infancia de Allan. Cuando apenas era un bebé, don Manuel y su esposa se separaron durante un tiempo, difuminando la figura paterna en la mente de Allan.

El muchacho creció apadrinado por la iglesia y, a sus trece años, decidió matricularse en un campamento cristiano de verano . El muchacho se fue por un fin de semana a Alajuela, con su grupo de amigos de siempre y una emoción inédita.

Entre las tiendas de campaña, uno de los líderes de grupo seleccionó a Allan para hablar por aparte. El muchacho, sin alerta alguna, decidió irse con el guía hacia un espacio silencioso.

“Era normal que los líderes de campamento pidieran el testimonio de nosotros”, cuenta Allan, “pero yo creo que él supo desde que me vio que yo era homosexual. Ahí fue donde, por primera vez en mi vida, le conté a alguien lo que yo sentía. Su respuesta me despedazó la cabeza”.

El líder le contó que anteriormente había sido homosexual y que había logrado cambiar gracias a clases pagadas de conversión. Allan le confesó que en su familia no había suficiente dinero para pagar algo así entonces, tras dialogar un largo rato, el líder acató a regalarle unos folletos que había utilizado durante esas clases, que contenían textos sobre falsos motivos de la homosexualidad y oraciones que debía repetir.

“Los folletos traían líneas que tenías que decir en voz alta repetidamente. Yo recuerdo tener que decirme varias veces que yo era un hombre y que me gustaban las mujeres. Una y otra vez tenía que proponerme cambiar porque era posible y había visto, en carne y hueso, que alguien se había convertido. Yo podía tener éxito como él”.

Los folletos provocaron que, cuando Allan llegase a sentir alguna atracción por un hombre, terminara encerrado en su cuarto llorando, sintiéndose pecador.

“Más que nunca pasaba encerrado en mi cuarto. La relación con mi familia nunca había sido buena y ahí empeoró, sobre todo con mi papá. La relación era muy chocante y me resultaba odioso y repugnante. En el colegio me costaba muchísimo relacionarme con compañeros, así que mi único lugar era la iglesia. ¿Y si por ser gay ya no podía ser parte del único lugar que me hacía feliz?”.

“Yo apenas y veía a Allan”, retoma don Manuel. “Siempre he trabajado afuera de la casa, como trabajador en el Mercado Borbón o como conductor. Yo conocía muy bien el mundo fuera de la casa porque yo veía todo lo que pasaba. En el mercado vi balazos, prostitución, drogas, de todo… Pero nunca supe qué pasaba en mi propia casa”.

Allan no encontró voces en su hogar y decidió confesarse en su zona segura: la iglesia. Tras noches de insomnio, Allan se animó a abrir su corazón frente a las cabecillas del culto.

“Hablé con los pastores de la iglesia y les dije lo que estaba pasando. Ellos me dijeron: ‘bueno Allan, ya no puedes hacer nada en la iglesia. Ahora vas a ir a consejerías’, que era el equivalente a ir a las terapias de conversión”, recuerda Allan.

“Realmente no mostraron el mínimo sentimiento. Yo era un muchacho de 14 años y no me preguntaron cómo me sentía, si estaba bien, qué había pasado en este tiempo… Nada más me dieron la sentencia. Está bien, yo entiendo que la homosexualidad va en contra de lo que creen, pero yo necesitaba una guía porque me sentía destruido. Me sentía terrible y aún así me quitaron lo que más quería. Imaginate cómo me llegué a sentir”.

Aunque ahora la frustración lo invade, Allan asegura que en su momento nada más aceptó la decisión de los pastores como si fuera una sentencia caída del cielo. Comenzó a ir a terapias y en la primera sesión debió arrojar toda la marea que llevaba dentro.

La terapista acató a recomendarle lugares comunes: que mantuviese su mente ocupada, que hiciese deporte, que conversara con otras personas para hacer nuevos amigos y, sobre todo, que si tenía una ‘recaída’ –entiéndase tener deseo por otro hombre– la llamara para rezar por su alma.

“Al menos, llegué a sentirme mejor con ella porque sí tuvo tacto, sí tenía intenciones sinceras de que yo me ‘sanara’. Ella me dio un libro de testimonios sobre esclavitudes sexuales, que traía anécdotas sobre personas que, con ayuda de Dios, lograron ser libres. Luego me di cuenta que eso era algo diferente de lo que me pasaba. Yo no tenía una perversión sexual, sino una orientación sexual”.

Paralelo a las lecturas obligatorias, Allan debía ir a otra “consejería” con un adulto encargado de oraciones de sanación. Antes de cada sesión, el encargado le preguntaba si había tenido relaciones con otra persona. Si Allan le decía que había besado a alguien, debía darle el nombre de esa persona.

“Yo tenía 16 años y me hacía confesar toda mi vida privada. Yo era un chiquillo manipulable que hacía lo que decían. Para ellos, yo tenía un demonio, así que presionaban mi estómago en la oración para que me diera ganas de vomitar, y así daba señas de que el demonio salía de mi cuerpo”.

Además, Allan decía en altavoz unas oraciones que rezaban de la siguiente manera: “Yo, Allan Josué Vega Redondo, cédula tal, hijo de tal y tal, libero lo que ha entrado a mí por medio de la persona con la que estuve”.

Cuando recuerda estos momentos, Allan se refiere a sí mismo en tercera persona. Suele decir que “Allan creía saber lo que era la felicidad en ese momento”, o que “Allan se engañó a sí mismo”, como si viera su reflejo a lo lejos.

Allan no podía ver a los ojos a su padre Manuel Vega. Hace poco más de un año comenzó a sanar heridas. Foto: Rafael Pacheco
“Realmente no mostraron el mínimo sentimiento. Yo era un muchacho de 14 años y no me preguntaron cómo me sentía, si estaba bien, qué había pasado en este tiempo… Nada más me dieron la sentencia. Está bien, yo entiendo que la homosexualidad va en contra de lo que creen, pero yo necesitaba una guía porque me sentía destruido. Me sentía terrible y aún así me quitaron lo que más quería. Imaginate cómo me llegué a sentir”

“Lo terrible es que llega un momento que te crees que estás sanando. Yo me la creí por un momento”, cuenta el muchacho. “Allan escribió un testimonio sobre cómo me curé de la homosexualidad. Mentira, era falso, pero yo quería creer que era cierto. Era muy joven y estas terapias me destruyeron. Crecí creyendo que sentir ciertas cosas que no te enseñaron es incorrecto; las terapias solo fueron la cereza de la destrucción”.

Una vez finalizado su falso testimonio de conversión, Allan pasó el texto a sus amigos cercanos y de inmediato se cambió de iglesia. Quería sentir que el ciclo ya había terminado, que era hora de comenzar desde cero donde no supieran nada de él.

“Pero nada estaba resuelto”, advierte.

Volver a comenzar
Hace unos meses Allan volvió a su casa convertido en un muchacho que se puede mirar al espejo con orgullo: ha aceptado su homosexualidad. Foto: Rafael Pacheco

En las vísperas de su cumpleaños diecisiete, Allan se reestableció en otra iglesia evangélica cartaginesa, sin que su familia supiera lo sucedido. Allí, conoció nuevas caras con las cuales hizo migas, pero en su cerebro gravitaba el deseo sexual por otras personas de su mismo sexo.

Tras pasar más de un año dándose con una piedra en el pecho cada noche –como él mismo recuerda–, Allan consiguió un trabajo como informático al estrenar su cédula de mayor de edad. La llegada de la adultez obligó a que su día a día ocurriera fuera de los límites de la iglesia.

En ese mundo detrás de la puerta invisible, comenzó a conocer personas homosexuales concebidas desde sus ojos como pecadores de los cuales no podía resistirse.

“Yo nunca me había relacionado con nadie de la comunidad gay hasta que conseguí mi primer trabajo. Empecé a tener más citas con hombres y llegaba a la casa a llorar y pedirle perdón a Dios porque estaba pecando. Nunca pude tener una adolescencia en la que pudiera enamorarme, y comenzaba mi vida adulta y nada parecía cambiar”.

“Yo empecé a decirme que, si seguía vivo, igual iba a seguir sufriendo porque no podía cambiarme; y si me suicidaba, se acababa este sufrimiento pero de igual manera me iba a ir al infierno. No tenía ningún camino por cuál andar”, confiesa.

Con el fallido intento de evitar tener citas con hombres, Allan logró mantenerse estable emocionalmente para al menos conservar su trabajo en un departamento de tecnologías de la información. Los meses pasaron y su jefa le encomendó una labor: cada quince días debía ir hasta Guápiles con Marco, el médico de la empresa, para realizar reportes sobre la zona.

“Eran viajes largos”, relata el Marco “e inevitablemente pasar tantas horas juntos dentro del carro iba a terminar en que fuéramos amigos. Empezamos hablando de temas genéricos y poco a poco empezó a abrirse conmigo hasta que me contó toda su historia y cómo las terapias lo habían herido”.

“Marco irradia mucha felicidad”, dice Allan. “Cuando me di cuenta que él era gay no podía creer que alguien ‘pecador’ fuese así de feliz. Empecé a observarlo como un médico que en ese momento tenía 30 años, que tenía estudios, pareja y muchas cosas. Lo veía tan feliz. Eso solo podía decirme una cosa: yo no estaba mal por ser gay”.

“A mí me gusta mucho escuchar a la gente”, asegura el doctor ”y en Allan me vi reflejado. Yo soy diez años mayor que él y vi, en uno de esos viajes, la oportunidad de decirle a mi yo diez años menor lo que yo hubiese querido decirle. Me dio por ser un abuelito que da consejos y le conté mi historia”.

Desde que tenía diez años, Marco estaba seguro que las mujeres no le atraían. Pasó su adolescencia convencido de ser homosexual, pero en secreto. A sus 23 años, cansado de inventar historias a su familia para excusar por qué no tenía novia, decidió ingresar a una organización religiosa católica para ignorar su orientación sexual.

Allí pasó tres años, guardando el celibato, hasta que la presión estalló.

“Yo vivía metido en un lugar cerrado con treinta maes así que pasó todo lo contrario. Más bien, me echaron por playo”, dice entre risas, como si no se tratara de un recuerdo doloroso.

Marco fue expulsado de la organización por acostarse con otro de los miembros. El muchacho entró buscando una salida para no dar explicaciones sobre su sexualidad, pero finalmente el destino lo volvió a topar. “Nada más que yo tuve la suerte de que mi familia lo entendió y pude seguir adelante. Quisiera decir que fue difícil para mí, pero no lo fue. Difícil fue para Allan”.

“En ese punto Marco fue clave para plantearme por primera vez que ser homosexual no estaba mal”, retoma Allan. “Marco me decía en los viajes que nosotros no estamos mal; que hay gente que piensa erróneamente que alejarnos de lo que sentimos nos va a hacer más felices. Ahí empecé a abrir más mi mente. Fue muy difícil porque las terapias me programaron a pensar en una sola dirección, pero pude entablar relaciones de amistad con personas de la comunidad gay. Estaba dando un paso”.

“No quiero decir que Allan se salió del closet conmigo. Él vio en mí una persona que trataba el tema con mucha naturalidad. Yo le decía que ser gay era solo una característica de mi personalidad, pero que yo quería que la gente me recordara como una buena persona, sobre todas las cosas; que la gente me conozca por ser Marco el buen amigo, no Marco el playo”.

El doctor recuerda que, durante esos viajes quincenales, se dio la tarea de eliminar cualquier remanente que habían dejado las terapias de marco. Deseaba asegurarse que la idea de cambiar de orientación sexual era innecesaria.

“Fue por esa apertura que conocí a quien fue mi primer novio. Yo ya estaba más dispuesto a ser quien yo era", dice Allan. "Empezamos a salir y me gustaba mucho hasta que me enamoré. Me di cuenta que podía amar a alguien de mi mismo sexo. Yo me dije: ‘no vuelvo a negar lo que soy’ y empecé a sentirme bien por primera vez en mi vida’”.

Con la relación caminando, Allan empezó a descubrirse. Su felicidad se delataba: comenzó a salir más de su cuarto para compartir con su familia y su semblante cambió.

Por fin, aparecía un lado luminoso en su vida, pero a las pocas semanas la desgracia volvió a apretar su respiración.

En una de sus citas, Allan fue visto por un hombre. Ese hombre conocía al tío de Allan. Una vez enterado, el tío le contó a sus sobrinos, sus sobrinos le contaron a su padre y su padre reaccionó con una tristeza transformada en ira. “No voy a aceptar esto en mi casa”.

Los días volvían al gris usual que tan bien conocía Allan.

"“Yo empecé a decirme que, si seguía vivo, igual iba a seguir sufriendo porque no podía cambiarme; y si me suicidaba, se acababa este sufrimiento pero de igual manera me iba a ir al infierno. No tenía ningún camino por cuál andar”, confiesa Allan.
Siempre serás familia

“A mí me golpeó mucho la noticia porque no fue por boca de él”, reconoce don Manuel, con los ojos teñidos de rojo. “Uno no se imagina que algo así va a pasar en la familia de uno. Me sentía defraudado, y yo sabía que era un sentimiento extraño porque Allan siempre ha sido un buen hijo, pero son cosas que no se esperan. Uno se siente triste”.

Al recordar el día en que descubrió el chisme sobre Allan –que no fue negado por su hijo–, don Manuel declara que no es hipócrita. “Yo lo eché de mi casa. Ahora me arrepiento, pero uno sigue pensando. Yo analizo si tuve que ver con que Allan saliera así por la manera en que yo fui. ¿Será que le hizo falta que yo estuviera? Yo nunca lo apoyé como a los demás hijos. Yo he hablado con él y me dice que nació así. He entendido y honestamente hay que aceptarlo como es. Yo antes vacilaba con estas carajadas, pero supe que tenía que cambiar”.

“Cuando mi familia se dio cuenta que soy homosexual no lo aceptaron. Nadie. Ni mi mamá, ni mi papá, ni mis hermanos, ni mis tías con las que pasaba tanto tiempo… La decisión que tomaron fue decisiva: no querían eso dentro de su casa y me echaron”.

Allan fue expulsado de la casa que lo vio crecer tres días antes de cumplir veinte años. Debió improvisar una maleta y un techo para la noche y, finalmente, consiguió un apartamento donde llorar ubicado cerca de la casa de un amigo cartaginés.

“Al no negarles lo que había pasado, yo por fin me había aceptado, pero eso no omitía otro golpe emocional”, rememora Allan. “Nadie me escribió para mi cumpleaños, tampoco me preguntaron si tenía qué comer o si estaba bien. Al menos tenía un trabajo para mantener el apartamento, pero no sabía con qué mantener mis emociones”.

Pasaron unas dos semanas para que una de sus hermanas le escribiera y así, paulatinamente, recuperó contacto con su familia. La distancia ligeramente se achicó y a los meses logró intercambiar un par de mensajes con su madre.

Con la relación familiar diluida en miedos, pasaron tres años. No fue sino hasta hace diez meses que la historia volvió a resucitar.

Casualmente, en las vísperas de terminar la relación con su antigua pareja, Allan llamó a su padre para conciliar una reunión.

“Cuando Allan me dijo que necesitaba hablar conmigo yo ni lo pensé: le dije que sí. Nunca he sido de mentalizar mucho, pero yo llegué mentalizado a lo que me iba a decir”.

En las afueras de la Iglesia de San Rafael de Oreamuno, don Manuel escuchó a su hijo y Allan escuchó a su padre. No existe reloj que pudiese calcular el tiempo que pasaron juntos ni viento que borre las palabras dichas.

“Ese día le conté que yo era muy feliz, que me viera a la cara y me comparara con el Allan de antes. Él sabía que yo era más feliz desde que dejé de intentar ser otra persona. Ese día es uno de los que va a marcar mi vida porque, aquel hombre que me echó de la casa, me vio a los ojos y me dijo: usted es mi hijo, siempre lo va a ser… Y me pidió perdón por aquella noche”.

“Yo tuve que cambiar mi vida para entender lo que pasaba”, reflexiona don Manuel. “Dejé de ser el fiestero y vi al mundo cómo era y punto. Yo no voy a cambiar a mi hijo por nadie. Yo nunca voy a rechazar a mi sangre”.

Las expectativas de Allan eran otras y salió sorprendido. Para él, esa reunión era solo una confirmación de su sexualidad; era como devolverse el tiempo para salir del clóset homosexual como hubiese deseado.

“Papi, yo no le pido que me acepte. Quiero que lo sepa. Si el día de mañana pasa algo no me gustaría que usted se sorprenda. Quiero que sepa dónde estoy parado”.

“A mí no me parece justo que usted sea el único que sepa de su vida”, le contestó su padre. “No quiero que su mamá y yo no formemos parte de su vida. Voy a hablar con su mamá y con los demás. Todo va a cambiar, todo va a estar bien”.

El presente

Don Manuel habla de su hijo en una casa que hoy está más sola que de costumbre. Recordar el episodio más complicado de este hogar no es sencillo y, desde que comienza la conversación, don Manuel se carga los ojos con agua.

“Como dije, yo no voy a ser hipócrita y decir que esto es algo sencillo. Yo le dije a la mamá de Allan que no estuviera aquí para la entrevista porque sé que no está de acuerdo con todo esto”, confiesa el padre.

“Ella dice que no puedo aceptar esto porque Dios así y Dios asá. Yo tengo una opinión de Dios muy diferente… Ella siempre ha sido una madre, e incluso un padre increíble cuando yo no estuve, pero no acepta esa parte y el tema en esta casa no se toca”, sentencia.

“Aún así mi mamá me ama y no me rechaza”, esclarece Allan. “Ella siempre está para mí, hablamos, nos llevamos bien… Esta parte de mí es la que no acepta”.

“Yo siempre he dicho que las cosas se le deben dejar a Dios", recupera don Manuel. "Si lo que Allan hace es malo o bueno solo el tiempo lo dirá, nadie más. No soy nadie para juzgar a nadie y no tengo por qué hacerlo. Si cambia es porque tenía que cambiar, sino es que todo estaba bien. Si termina su vida así es porque así debía ser”.

Don Manuel suele referirse a la homosexualidad de su hijo sin nunca decir la palabra gay o algún sinónimo. Da a entender que, lo que siempre importa, es que su hijo no olvide los valores que le enseñaron.

“Yo nunca les reclamé o escribí indirectas. Siempre fui el hijo que ellos criaron. Yo entiendo que no es algo fácil de asimilar. Mi mamá cree que Dios me va a cambiar. Yo le dije que pensara en su caso; que ella había sido católica y luego se hizo evangélica. ‘Mami, usted piense cuando era católica. Había cosas en las que creía y hubo cosas que ya dejó de creer. A veces somos criados de una manera y hay cosas que no son correctas’”.

“A mí me encantaría que mis papás siempre sean parte de mi vida", agrega el muchacho. "Yo le dije a mi mamá que, cuando tenga una familia, igual la voy a seguir visitando porque no me voy a perder parte de su vida, pero que ella podía decidir si quería perderse toda mi vida”.

Allan vive sin problemas a pesar de la trabada relación con su madre. Su papá y resto de hermanos lo aceptan, al igual que sus compañeros de trabajo y amigos.

Su propósito ahora es encontrar más personas que hayan sufrido de procesos de conversión sexual. Cree que, si en algún lugar piensan que la homosexualidad está mal, existe una clínica de conversión.

“Otras amigas que conozco buscaron cambiar. No tuvieron las consejerías, pero hubieran querido tenerlas”, cuenta Allan. “A mí la vida me ha devuelto las cosas en el último año. No fui un adolescente normal, pero ahora vivo mi vida muy feliz. No me gustaría pensar que alguien la pase tan mal como yo. Tal vez estas personas que quieren cambiar su orientación sexual nada más necesitan saber que si amo a un hombre no me estoy haciendo daño”.

Allan sigue rezanLa esperadado, sigue creyendo en Dios. Su padre, cuando supo que Allan había tomado las terapias por cuenta propia, lo digirió a través de la tristeza. Tanto él como su madre se enteraron mucho tiempo después de su intento de conversión sexual.

“Ahora Allan es una cosa completamente distinta”, confirma su amigo Marco. “Está empoderado. Recuerdo cuando se tatuó y se hizo un piercing. Eran pequeños momentos que le reafirmaban su autoestima. Ya no tenía miedo de que le fuera a pasar algo malo, y ahora mucho menos le importa lo que la gente pueda pensar, probablemente le importe menos que a mí”.

Cada cumpleaños de Allan es ahora un recuerdo de una soledad que espera no volver a sufrir nunca más. Cada día lo ve como un chance de encontrar a otra persona que necesite escuchar que la homosexualidad no es pecado.