Todo por un pequeño error

No se debe confundir la repetición de "lora" con la memoria

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El sistema educativo tiene innumerables problemas que inciden en el escaso rendimiento académico y la poca capacidad de desempeño de los jóvenes. Aceptemos que el sistema debe proporcionar conocimientos y formar valores. Los primeros para saber cómo transformar el mundo; los segundos para orientar tal transformación. Omitamos la enseñanza de valores y enfoquemos el tema del conocimiento.

Cuando he preguntado a educadores sobre los conocimientos que debe proporcionar la escuela, a menudo encuentro rechazo generalizado hacia todo lo que tiene que ver con la memoria y el conocimiento. Indagando al respecto, he descubierto que acertadamente las facultades de educación atribuyen el bajo nivel académico y la falta de iniciativa y creatividad de los jóvenes al método de repetición "lorística" con que a menudo se enseña. Pero incurren en el error de denominar al método de lora "aprendizaje memorístico", y a la mera repetición de términos "conocimiento memorizado", induciendo involuntariamente a los maestros a rechazar la fijación de conceptos y, de paso, condenando al conocimiento.

En sus niveles más básicos, el conocimiento consiste en reconocer (clasificar) las experiencias sensibles como las de un objeto que pertenece a una clase. Por ejemplo, clasificamos el maullido que escuchamos como el de un gato, aunque aún no lo hayamos visto. La clasificación o reconocimiento del sonido comporta una hipótesis implícita, en la que afirmamos que lo experimentado (el maullido) proviene de un objeto material que, además de tener la característica escuchada, tiene otras propias de todos los objetos que conforman la clase de los gatos. El objeto que denominamos "gato", además de maullar, es carnívoro, ágil y cuadrúpedo

Conceptos almacenados. La clasificación de las experiencias o, lo que es lo mismo, el reconocimiento de los objetos están posibilitados por los conceptos que tenemos almacenados en la memoria. En el ejemplo, oímos un gato (hipótesis) y no sólo un maullido, porque sabemos (poseemos el concepto de) que los gatos maúllan y poseen otras características que esperamos observar posteriormente. Si careciéramos de conceptos almacenados en la memoria o de la agilidad para invocarlos, no podríamos jamás entender ni manipular acertadamente el mundo. Esto es de especial importancia porque el proceso de enseñanza-aprendizaje debe enfatizar la fijación de conceptos en la memoria, que puedan desalmacenarse fácilmente ante las experiencias diversas.

La gran pregunta que desvela a las facultades de Educación y al resto de la sociedad es cómo fijar los conceptos si la memoria actúa con cierta autonomía y decide almacenar solo lo que le interesa, al margen de la voluntad consciente.

Insistimos en que el conocimiento requiere de conceptos memorizados o almacenados, pero el método "lorístico" de repetición no conduce ni a la fijación ni a la comprensión de los conceptos. Para aprender, se requiere interés y motivación. Para incitar el interés en los alumnos, precisamos profesores que manejen muy bien los conceptos fundamentales de la materia que enseñan y que también posean la intuición para proporcionar los ejemplos teóricos o las vivencias prácticas que resulten estimulantes e interesantes a los estudiantes. En eso consiste el secreto de un buen educador.

En el kínder las cosas se hacen bien al enseñarse a los niños, mediante juegos, a distinguir las características sensibles de los objetos: los colores, los sonidos, las formas..., y a agrupar los objetos según sus características semejantes: bola, perro, botella... Pero este proceso parece detenerse en la escuela, quizás porque no se logra relacionar el aprendizaje de conceptos con el aprendizaje de la lectura y escritura. Recordemos que la escritura consiste en plasmar símbolos que deben remitir a nuestros propios conceptos y que, si carecemos de conceptos, podremos hacer garabatos o emitir sonidos, pero no podremos comprender su significado. La enseñanza de la lectura-escritura debe aprovecharse no solo para enseñar a dibujar símbolos y emitir sonidos, sino, y sobre todo, para relacionar tales símbolos con nuestros conceptos. Esto permitiría ampliar el horizonte conceptual a medida que se aprende a leer.

Conocimiento científico. Un buen acervo de conceptos nos permite desentrañar en grados crecientes las relaciones diversas que el mundo posee. Primero, objetos que tienen nombre propio, a partir de los cuales construimos clases de objetos con características semejantes, cada vez más abstractas, mencionadas por nombres comunes... La comprensión de términos abstractos permite a la vez el conocimiento descriptivo y éste, mediante el recurso de las explicaciones causales que a menudo suponen la existencia de objetos teóricos (cuya existencia contrastamos en las observaciones que se desprenden de su naturaleza inobservable), nos permite el conocimiento científico.

En buena medida, la escasa capacidad que tienen nuestros jóvenes para desempeñarse exitosamente en el mundo se debe al reducido número de conceptos que poseen y esto, en el globalizado mundo de la información, del conocimiento y de la participación, nos deja en franca desventaja. La verdad, el asunto podría resolverse fácilmente si logramos erradicar el error de confundir la repetición de lora con la memoria, comprendemos la importancia del conocimiento y subsanamos simultáneamente las otras carencias del sistema educativo.