Para una costarricense proveniente de una segunda generación de inmigrantes de una Europa empobrecida, la Universidad de Costa Rica era --igual que para muchos otros-- la oportunidad que nos brindaba el país para aprender y desarrollarnos.
La Universidad era felicidad, realización, pero sobre todo, lugar de privilegio, cuando veíamos en el entorno una cantera de académicos magníficos a cargo de nuestra formación. Ya para entonces, 1965, Rodrigo Facio había introducido su "Reforma Universitaria" y, en consecuencia, todos los estudiantes debíamos llevar los cursos de la entonces Facultad de Ciencias y Letras. Entre estos cursos, y en ese sentido de privilegio, recuerdo con emoción a muchos de mis profesores: a Constantino Láscaris, en filosofía; a Rafael Lucas Rodríguez, en el repertorio de ciencias; a Gil Chaverri, el químico que antes de sus clases -llegaba a las 6:30 a. m.-- nos deleitaba con el piano y de quien más tarde seria asistente en el curso de Introducción a la Topología, por lo que fue el maestro con el que di mi primera lección; Claudio Gutiérrez en lógica simbólica, con quien tuve la feliz experiencia de ser la primera alumna a quien le dirigió una tesis y --años más tarde-- mi hijo sería otro alumno de quien fue su director tesiario. Estaba, por supuesto, don Paco Amighetti, en el Repertorio de Artes.
Con don Paco. Los cursos de Historia del Arte y Apreciación del Arte, impartidos en el Aula 15 de la Facultad de Ciencias y Letras, eran un deleite. Don Paco --a lo largo de siempre interesantes lecciones-- nos puso en contacto con la cultura universal y bajo su guía didáctica aprendimos la manifestación artística en la obra de los grandes pintores, que incluían, por supuesto, a Miguel Angel y la Capilla Sixtina; a Velázquez con sus Meninas; y Guernica de Pablo Picasso.
Más allá del entendimiento y la apreciación de la obra de los grandes maestros, don Paco nos motivó a expresarnos por medio del pincel y gubia. En esa época, gracias a su generosidad pedagógica, todos sus alumnos nos sentíamos artistas, capaces de interpretar y de crear. Para él, todos éramos talentosos, y así nos hacía sentirnos. Con gran ilusión recuerdo, de esa época, mis primeros dos óleos pintados bajo su guía e inspiración.
Servir y enseñar. Tiempo después, siendo vicerrectora de Docencia de la Universidad de Costa Rica, tuve la oportunidad de compartir con don Paco amenas conversaciones, en las que él se manifestaba siempre lleno de inquietudes y con deseos de fortalecer la formación humanística en nuestra querida casa de estudios. De este período de compartir hermosos momentos, profundas reflexiones del Maestro, y no menos numerosas tazas de café, guardo con especial cariño un regalo de cumpleaños: su grabado "El recién llegado", con un hermosa dedicatoria de su parte.
Don Paco había llegado a la Universidad mucho antes que yo lo hiciera como estudiante. Había sido invitado por Enrique Macaya, quien entendía plenamente el concepto de servir y de enseñar de la Universidad, y sabía que don Paco --aún cuando no tenía "formación académica"-- era un humanista en todo el sentido de la palabra.
El maestro no volverá a mirar más, desde su ventana, las montañas de Escazú. Deja tras de sí no solo una vasta obra artística, sino cientos de alumnos agradecidos, que fuimos introducidos al arte por este maestro de maestros.