Libertad y responsabilidad

El siglo XX sería incomprensible sin Sartre

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Cuando cursaba el cuarto año de secundaria cayó en mis manos, por casualidad, un libro que cambió el rumbo de mi vida: Jean-Paul Sartre o una literatura filosófica, de Camp-bell. Cuando terminé de leerlo, quedé fascinado con las citas de las obras literarias que se hacían del autor y me di a la tarea de buscarlas.

La oferta de libros de Sastre era poca, a inicios de los sesentas, en San José. Solo en la Lehmann pude encontrar una edición de El muro y otros relatos. Mi hermano Walter, que a la sazón vivía en Argentina, me envió La náusea y las obras de teatro en las ediciones Losada.

Luego, en la Lehmann conseguí, también editada por Losada, la trilogía sobre Los caminos de la libertad.

Más tarde, ya en la Universidad y bajo la sabia guía de don Teodoro Olarte, leí sus obras filosóficas: El ser y la nada y La crítica de la razón dialéctica. Luego leí las obras sobre Baudelaire, San Gènet y el resto de sus libros. Especial significación tuvo la lectura de la polémica con Camus en Les Temps Modernes, pues este último también se había convertido en otro de mis ídolos, luego de haber leído L'Etranger y los Carnets. Finalmente, leí los varios tomos de su copiosa correspondencia con El Castor -Simone de Beauvoir- su compañera de aventuras intelectuales y andanzas existenciales.

No existe el destino. De Sastre aprendí algo que ha sido vital en mi existencia: que la libertad significa responsabilidad, que la una no puede existir sin la otra, y que el ser humano es lo que se hace. O sea, que no existe el destino, o, como decía André Malraux, "La muerte transforma la vida en destino".

Sartre dejó huella profunda en varias áreas del pensamiento humano: fundó el psicoanálisis existencial en contraposición al de Freud; realizó la crítica más lúcida del marxismo; llevó los grandes temas filosóficos, con maestría, al teatro y a la novela y se constituyó, junto a Bertrand Russell, en la conciencia crítica de la segunda mitad del siglo XX en el campo político.

De vez en cuando releo pasajes de sus libros y cada vez descubro nuevas aristas que no capté en lecturas anteriores. Recientemente releí La náusea y experimenté un renovado placer al releer las meditaciones del personaje de la novela sobre las raíces del castaño.

Por ello y muchas otras razones que no viene al caso mencionar en este momento, el siglo XX sería incomprensible sin los aportes de Sartre, Joyce y Beckett.