Un insulto a la inteligencia

El Estado costarricense hace poco por darles oportunidades a personas con una discapacidad

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Cuando el ortopedista me dio la noticia de que la única alternativa a mi cáncer de tibia era la amputación de mi pierna derecha, no necesité más que unos segundos para entender que las cosas no iban a ser fáciles.

Pero no quise nunca, ni por mí, ni por quienes estaban a mi alrededor, dejar que ese evento me venciera. Desde el primer momento lo vi como un acontecimiento más en mi vida y traté con todas mis fuerzas de levantarme pronto y seguir adelante.

Lo que me decía esa parte del cerebro que tiende a evitarnos contratiempos y procura buscarnos espacios de confort donde escondernos, era: quédese quieto, búsquese una pensión por invalidez y espere con paciencia, en su cama de inválido, a que la muerte lo encuentre.

Yo nunca he querido sentirme inválido. Sé, porque la evidencia es contundente, que soy discapacitado, pero me siento igualmente capaz de contribuir, con mi esfuerzo diario, a la construcción de este hermoso país.

Así me reintegré lo antes posible a mi trabajo y he tratado de seguir adelante, superando uno a uno los obstáculos que la vida y un país poco sensible a la discapacidad me van poniendo por delante.

Mala experiencia. Pero la semana pasada, cuando fui a hacer la prueba práctica para la licencia de conducir, realmente sentí frustración. Yo que no he querido ser una carga para el Estado, ni para nadie, al final me veo forzado por esa mano invisible de la indiferencia y el desprecio hacia lo diferente, a retroceder, muy a mi pesar.

Los funcionarios de Paso Ancho no permitieron que mi madre entregara los documentos pertinentes y me obligaron a presentarme en una ventanilla que estaba a unos treinta metros de distancia, con obstáculos ridículos, empezando por un portón que el oficial a cargo no quiso abrir por completo. Tuve que escurrirme para atravesarlo y luego subir una serie de rampas, a cual más inconcebible –¡la primera tenía un ángulo de 45º!– y, al final, para llegar a una oficina sin espacio para sillas de ruedas ante un funcionario que ni siquiera verificó quién era yo; es decir, no había ninguna necesidad de hacerme pasar por eso.

La salida, igualmente peligrosa, rematada por la actitud del “oficial del portón” que trató de impedir que acercaran mi automóvil a la entrada, porque esa es un área reservada.

Ya en plaza Víquez, luego de una hora de espera, el oficial de Tránsito asignado procedió a revisar el estado del vehículo mientras yo me quitaba la prótesis que utilizo, ya que el carro es pequeño y no quepo con la prótesis en el espacio del conductor.

Insulto a la inteligencia. Ya instalado, el oficial se acercó a mi ventana para indicarme que no podía realizar la prueba porque la tercera luz del freno no encendió. Resulta que, según me dijo, no importa si el carro trae o no dicha luz, pero si la trae debe funcionar. Me explicó, además, de una forma tan condescendiente que estoy seguro que pensó que, aparte de mi pierna, me amputaron medio cerebro, que la verificación es para contar con todos los elementos de seguridad pertinentes para poder conducir en la parte que se realiza fuera de las instalaciones.

Tal vez esto fue lo que más me dolió, que insultara mi inteligencia. Resulta que no podía realizar la prueba porque una luz que no es indispensable (ya que a quien no la trae, no se le exige), no encendió y eso podía ser riesgoso para la conducción del vehículo.

Me siento frustrado al ver que no importa cuánto me esfuerce yo por salir adelante y por no ser una carga para la sociedad, parece que el mismo Estado costarricense se esfuerza por devolverme a una cama y dejarme ahí, aunque eso le cueste caro.