El sistema de puntos de la licencia de la nueva Ley de Tránsito tiene el noble fin de evitar accidentes y salvar vidas, detectando a los malos conductores y sacándolos de circulación antes de que provoquen un daño irreparable. El conductor inicia con 50 puntos y puede irlos perdiendo por diferentes infracciones en que incurra. Cuando llegue a cero, pierde la licencia de conducir por dos años.
Pero la ley, tal como está actualmente presentada ante la Asamblea Legislativa, no se enfoca en el fin mencionado, sino que, en un afán represivo indiscriminado, castiga por igual faltas grandes, medianas y pequeñas, como si los conductores fueran un mal necesario al que hay que atacar por todos los frentes.
La cantidad de infracciones que están penadas con multa y con pérdida de puntos en la nueva ley es enorme. Son ni más ni menos cincuenta. Algunas de estas faltas son acciones peligrosas que deben castigarse: saltarse una luz roja (25 puntos), circular con un vehículo por la playa (15 puntos). Pero otras son faltas menores, como utilizar la bocina cerca de un hospital (10 puntos) o botar basura en la carretera (20 puntos). Además, los que elaboraron la ley, temiendo que se les hubiera escapado alguna falta, incluyeron una que comprende todas las infracciones posibles: “Incumplir cualquier disposición general y especial que le sea aplicable al conductor para circular” (5 puntos).
Temor, pero no respeto. ¿Qué es lo que busca la nueva ley tal como está presentada actualmente? A mi modo de ver, es crear, con su severidad y arbitrariedades, un gran impacto inicial en la población, para asustarla y que se porte bien por un rato. Pero luego de que pase el tiempo, lo que quedará es una ley minuciosa, ridícula, detallista y casi imposible de cumplir, que inspirará temor, pero no respeto por ella.
Inspirará temor, incluso terror en los conductores. Viviremos un enfermizo estado de tensión crónica, que subirá de nivel cuando divisemos a lo lejos a un oficial de tránsito, con el poder de dejarnos fuera de circulación por dos años. Y eso sin que hayamos hecho nada especialmente incorrecto, sino solamente sumando pequeñas faltas, algunas de ellas tan discutibles, difíciles de apreciar y subjetivas como: “no guardar la distancia con el carro de adelante” (5 puntos).
Lo anterior para no hablar también de la corrupción rampante que un sistema tan mal estructurado puede propiciar, con algunos oficiales que encontrarán un filón de riqueza ilimitado, solicitando mordidas a los conductores que hayan sorprendido en faltas reales o imaginarias. Sabiendo que los turistas son los que más plata pueden tener, serán ellos posiblemente sus víctimas preferidas. Los que caigan en las garras del sistema, como las golondrinas del poema, no volverán. También posiblemente comentarán luego con sus amigos al regresar a casa sobre la pesadilla que es manejar en Costa Rica. Tendremos menos turismo y más pobreza.
Razonabilidad. Con la ley como está presentada actualmente, se podría quitar la licencia por dos años a conductores nacionales capaces y prudentes, simplemente porque cometieron repetidas veces pequeñas infracciones. Sería algo así como que la Caja del Seguro decidiera suspender por dos años a los doctores que llegaran por seis veces unos minutos tarde a su consultorio. Al final, se quedaría con unos pocos médicos perfectos que no darían abasto con el trabajo a realizar.
Un conductor no es tan útil como un doctor, pero no puede verse solo como un peligro potencial. Es también alguien que presta un servicio a sí mismo y a la comunidad. No es justo cercenarle su derecho de circulación sin una causa de peso. Casi todos podemos recordar algún momento en nuestras vidas en que la presencia de un conductor fue clave para salvar a un enfermo o un accidentado. También consideremos que cuando se quita el poder de manejar a un chofer de bajos recursos que vive de su vehículo, posiblemente se empobrecerá y quedarán él y su familia más vulnerables a los embates del hambre y las enfermedades.
Si lo que queremos es retomar el encomiable motivo primordial de la ley de salvar vidas sacando de circulación a los conductores temerarios, los diputados pueden hacerlo en el poco tiempo que les queda para enmendar la ley. Bastaría con definir cuáles de las cincuenta infracciones se relacionan realmente con la provocación de accidentes graves. Para esas infracciones, mantener la pérdida de puntos. Para el resto de las faltas, dejar solamente la sanción económica.