Eric Scharf.   5 agosto

En setiembre del 2015, el mundo se conmovió al ver la fotografía de Alan Kurdi, un niño sirio de tres años hallado boca abajo en la arena de la costa suroeste de Turquía. Alan era parte de un grupo de casi 30 sirios que escapaban de la guerra civil en su país e intentaban llegar a Grecia. Varios de ellos se ahogaron cuando su pequeña embarcación naufragó.

Alan es solo uno de los más de 500.000 muertos como resultado de la guerra civil en Siria en ocho años. La impactante fotografía del pequeño graficó la grave crisis humanitaria vivida por su pueblo y despertó al mundo de la indiferencia ante tal tragedia humana.

Por su parte, el niño migrante de apenas tres años encontrado en abril pasado caminando solo en un campo de maíz en Texas es uno de los aproximadamente 36.000 menores que, durante los primeros cuatro meses del año, fueron detenidos tratando de entrar ilegalmente sin compañía de un adulto a Estados Unidos. El niño llevaba un número de teléfono y su nombre escritos en los zapatos. Sus padres le pagaron a un coyote para que lo condujera a donde ellos habían huido tiempo antes para escapar de la pobreza de su país de origen.

Víctimas pequeñas. Es un triste caso representativo de los miles de niños asustados, desorientados y abandonados a su suerte en busca de una supuesta mejor vida. Es la migración más vulnerable hacia los Estados Unidos. Desafortunadamente, esa desgracia migratoria que afecta al pueblo centroamericano es desconocida por muchos o minimizada por otros.

Conocemos la historia de Ana Frank, una niña judía de 13 años que escribió un diario durante los dos años que estuvo escondida en un ático, huyendo de la persecución nazi contra el pueblo judío después de la invasión a Holanda.

Los nazis descubrieron su escondite y la deportaron junto con su familia a los campos de concentración de Auschwitz y luego de Bergen-Belsen, donde falleció.

Ana fue una del casi millón y medio de niños judíos que murieron en el Holocausto como parte de los seis millones de su misma fe que fueron asesinados por el régimen nazi. Cuando su diario fue descubierto y publicado años después, ella se convirtió en símbolo de lucha contra una de las barbaries más vergonzosas de la humanidad, que muchos ignoraron durante los seis años de guerra y otros incluso niegan hoy.

Banalización. ¿Por qué cuento estas historias? Recientemente, Juan Diego Castro utilizó situaciones propias del Holocausto dentro de una rencilla personal con una persona de fe judía, banalizando de manera insensible lo que el Holocausto (Shoá) representa para el pueblo judío, y para la humanidad entera.

Desvalorizar, despreciar, minimizar y, en algunos casos, hasta negar el significado de las mencionadas tragedias humanas es un acto de hostilidad deliberada contra los pueblos víctimas de dichas fatalidades y contra su historia.

Este tipo de expresiones son odiosas, despectivas, amenazantes y dolorosas. Aunque no debemos sobreactuar ante ellas, es necesario reconocer que, en algunos casos, no se quedan en palabras. La historia ya nos ha demostrado que es posible que después deriven en intolerancia, difamación, discriminación, racismo, antisemitismo y crímenes de odio.

Como indicó Abraham H. Foxman, director nacional del Anti-Defamation League y sobreviviente del Holocausto, “la libertad de expresión no es solo un derecho, sino también una responsabilidad”. Debemos ejercerla con mucho cuidado, sin ignorar la realidad histórica, las sensibilidades y la condición humana de quienes son distintos a nosotros. Y es aún más importante utilizarla para resaltar los puntos de encuentro en la diversidad, con el objeto de alcanzar el progreso social y la generación de un ambiente pacífico y solidario.

No sorprende que mensajes insensibles, como el referido, se presenten en países donde el respeto por las personas y los derechos humanos es la excepción. Sin embargo, es particularmente preocupante y perturbador que suceda en Costa Rica, país de paz y empático con todos los pueblos.

El autor es miembro de la comunidad judía de Costa Rica.