Escribir cosillas

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Hace pocos días, buscando un documento en mi pequeña biblioteca, me encontré, perdido entre otros libros, con el diccionario. Tiempo tenía de no recurrir a él, o sea, de no escribir. Entonces recordé que utilizarlo permanentemente fue costumbre a la que me impulsó Myriam Bustos Arratia, cuando ambos trabajábamos en el periódico Excelsior . “Si pretendes seguir escribiendo”, me dijo, “debes tener siempre al alcance de la mano el diccionario”.

Trilogía inseparable. Hasta la fecha: máquina de escribir, necesidad de expresarse y diccionario forman una trilogía inseparable. Cuanto más escribo, comprendo mejor el acertado consejo y su natural derivación: escribir es fácil, lo difícil es hacerlo bien.

Al cumplir veinte años, pensé con ligereza que podría publicar un hermoso libro, (como “A la sombra de las muchachas en flor”) y salir a buscar el tiempo perdido cuando aún no había recogido tiempo para perder.

Hoy, hasta un pequeño artículo de una cuartilla lo pienso y lo repienso, considerándome casi incapaz de redactarlo. A los noventa años, creo que bien me ha ido al continuar todavía emborronando. El mundo de las palabras es complicado y su concepto, infinito; llegar a su dominio es totalmente imposible.

Difícil oficio. Los académicos conocen el significado objetivo de las palabras, pero los pocos que llegan a escritores –y por eso lo son– descubren su alma.

Con sobrada razón, Antonio Muñoz Molina afirmó que, “en el difícil oficio de escribir novelas, nadie llega a la mayoría de edad”.

He adquirido, nada más, habilidad para escribir cosillas peleando con el diccionario, catálogo que ha estado presente en mi escritorio por recomendación de Myriam Bustos, a quien doy las gracias ahora, ofreciendo disculpas por haber tardado cuarenta años para expresarlas.