Pocas pruebas tan palmarias de la desatención, de parte del Estado, de una de sus funciones primarias, la seguridad, como el paso franco y universal en la frontera de Sixaola con Panamá. Por ahí, por décadas, ha pasado todo y ha pasado de todo, bajo la mirada benevolente del Estado: contrabando, droga, indocumentados, delincuentes… y turistas.
El reportaje del periodista Nicolás Aguilar, de La Nación , el domingo pasado, describe con abundancia de datos y testimonios esta situación, conocida de sobra por las autoridades del país y convertida, con el paso del tiempo, en algo normal y, si se quiere, dada su rareza, en un destino turístico. Un vecino de la zona, Fabián Siles, describió la situación en forma breve y concreta: “La gente pasa como Pedro por su casa. La verdad es que la seguridad está por los suelos”. José Orozco, taxista, expresa: “Cuando llamamos al Comando (sic) nos dicen que no tienen oficiales…”. En efecto, la vigilancia de este distrito está a cargo de la Policía de Frontera (sic) y solo tiene dos patrullas, pero una de ellas se encuentra en mal estado para realizar recorridos. Debido a la falta de policías, algunas delegaciones están a cargo de un solo policía”. El comisionado Harry Brooks manifestó que se necesitan, por lo menos, 30 policías.
Los datos sobre la vigilancia en esta zona aportan insumos en abundancia para una comedia. La Fuerza Pública solo tiene una lancha para recorrer el río Sixaola y, en aras de la coherencia, sin motor. La revisión de los vehículos se realiza, como dijo un policía, “a puro ojo” para agregar, luego, con transparencia y angustia, lo siguiente: “Casi nunca vemos drogas”. Este es el corazón del problema. En esta zona todo está aderezado para que, además de indocumentados y delincuentes, ingresen cargas incontables de droga. No hace falta llevar a cabo extensas investigaciones. Basta con una brizna de sentido común y tomar nota del poder de los narcotraficantes en Limón. El Estado les ha abierto las puertas de par en par.
De este modo, lo que se hace en otros lugares del país o en el Pacífico, gracias a labor de la Policía y la ayuda de las patrulleras de EE. UU., se borra en la frontera sur. Y ¿cómo no será así si, de acuerdo con informes del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), existen, al menos, unos 20 caminos secundarios, conocidos por los lugareños y por las autoridades, que facilitan, a todas horas, el paso de la droga y de los indocumentados? Se trata de 34 kilómetros a lo largo del río Sixaola a disposición de todo el mundo y con la bendición del Estado.
En otros países se puede ingresar en forma ilegal, aguzando la inteligencia y venciendo obstáculos de todo género, a veces con riesgo de la propia vida, pero a sabiendas de la comisión de un acto indebido. En la frontera sur se ingresa con todos los honores y hasta con el saludo cortés de los policías. La ilegalidad no cuenta. Además, se ha hecho costumbre. Por ello, un delincuente manifestó recientemente que se iba de Costa Rica, pero pronto regresaría a seguir su juego delictivo.
La actual administración ha realizado una labor meritoria contra el narcotráfico. Lo ha golpeado con eficacia y ha hecho conciencia sobre la magnitud del desafío. Pareciera, entonces, que no guarda concordancia con este esfuerzo mantener una puerta abierta y 20 portillos en la zona sur por donde narcotraficantes, indocumentados y delincuentes entran y salen de manera libérrima. Resulta urgente cerrar estas puertas y reconquistar esta zona para ponerla al amparo de la ley.