Página quince: Por qué no me gusta Donald Trump

Como buen liberal en el sentido europeo, suelo respaldar una combinación entre el conservador en materia fiscal y el liberal estadounidense en materia social

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FIRMAS PRESS. No me gusta Trump, en primer término, porque no me gusta su carácter de persona arrogante y avasalladora (bully) que miente o exagera.

Los trumpólogos le han contado más de veinte mil mentiras, deformaciones de la realidad o posverdades.

No me gusta Trump porque en un debate civilizado no se grita o se interrumpe al adversario constantemente, sino se aportan ideas.

El primer debate con Biden fue un vergonzoso circo. Esos no son ademanes o mensajes propios de un presidente de Estados Unidos.

No me gusta Trump porque a los aliados de la OTAN no se trata a patadas, comenzando por Angela Merkel, líder de Alemania y acaso de Europa, siguiendo por Dusko Markovic, primer ministro de Montenegro, a quien empujó alevosa y ostensiblemente y luego fue incapaz de disculparse; o a Mette Frederiksen, primer ministra de Dinamarca, a quien le canceló un viaje programado a Copenhague porque la señora se negó a considerar la venta de Groenlandia.

No me gusta Trump porque todo lo despótico que es con sus aliados resulta lo contrario cuando se trata de la Rusia de Vladimir Putin o la Corea del Norte de Kim Jong-un.

Creo firmemente, como sospecha el FBI, que los rusos pueden chantajearlo, no solo con la mediación autorizada por Trump en las elecciones del 2016 y el 2020 (acaso negociada por Paul Manafort), sino por la procaz "lluvia dorada” que presuntamente les pidió a dos prostitutas sobre el lecho donde había dormido Barack Obama en una visita oficial a Moscú.

No me gusta Trump porque no respeta ni la ciencia y ni a los científicos, como demuestra el manejo de la crisis de la covid-19, no utilizando la mascarilla, burlándose de Biden por usarla, y recomendando públicamente remedios absurdos, que espero no tome en cuenta, porque le deseo lo mejor, ahora que a él y a su esposa les diagnosticaron el coronavirus.

Asimismo, esa actitud anticientífica se manifiesta en el tratamiento dado al cambio climático y en creer que el resultado de todas las acciones se mide en dólares y céntimos. Eso no es cierto.

Xenofobia. No me gusta Trump porque yo soy un inmigrante hispano en Estados Unidos y él nos rechaza. Si Trump ni siquiera siente empatía por los dreamers, unos ochocientos mil estadounidenses sociológicos que fueron traídos a su país por sus padres, ¿qué podemos esperar los demás?

Si en los años sesenta Trump hubiera estado en la Casa Blanca, los refugiados cubanos no habrían sido acogidos en Estados Unidos.

No me gusta Trump porque no les extiende un permiso de residencia a los venezolanos o a los nicaragüenses a sabiendas de que las dictaduras de Maduro y Ortega son inclementes con los venezolanos y los nicaragüenses.

No me gusta Trump porque no anuló los decretos presidenciales de Obama con relación a la reunión familiar de los cubanos; o el programa especial que admitía en territorio estadounidense a los “esclavos de bata blanca”, personal médico “alquilado” a gobiernos insensibles al dolor ajeno; o el principio de “pies secos, pies mojados” que les daba acceso a los perseguidos que se presentaban a las autoridades estadounidenses.

No me gusta Trump porque un presidente estadounidense debe ser absolutamente pulcro en sus obligaciones con el fisco y la investigación del New York Times demostró que Trump no lo era.

Probó, además, lo que decían sotto voce los empresarios de Nueva York: había fracasado como negociante.

Belicoso. No me gusta Trump porque el nacionalismo me parece el origen de las guerras. Porque creo que la función de un jefe de Estado es unir a la sociedad, y me parece que estamos ante un racista y supremacista blanco de la peor calaña.

Nota bene. Hace muchos años me inscribí en Estados Unidos en las filas de los “independientes”. Unas veces he votado por los demócratas y otras por los republicanos.

Me habría encantado que el candidato de los republicanos hubiera sido Jeb Bush, pero no sobrevivió a la primaria.

Como buen liberal (en el sentido europeo del término), suelo respaldar una combinación entre el conservador en materia fiscal (un Estado limitado, la menor cantidad posible de impuestos y de deuda pública) y el “liberal” estadounidense en materia social (prochoice, proinmigración y un Estado suficientemente laico como para que quepan cómodamente los agnósticos).

Por otro lado, he vivido 40 años en Europa y, previamente, 18 años en Cuba, así que conozco de primera mano la diferencia entre un estado de bienestar, con sus defectos y virtudes, y una repugnante dictadura comunista.

Nadie me va a convencer de que solicitar que la salud y la educación se paguen por medio de los presupuestos generales, como sucede en los países escandinavos, o, en alguna medida, en Alemania o en Suiza, es un síntoma de totalitarismo.

Tal vez sea un error, pero eso nada tiene que ver con la dictadura del proletariado preconizada por Marx para armar su enloquecido y empobrecedor tinglado.

Carlos Alberto Montaner es periodista y escritor.