Enrique Obregón Valverde.   7 agosto

Eli Feinzaig afirma en su artículo “Larga vida a la democracia liberal” (25/7/2020), que “la democracia liberal es un enorme legado del liberalismo político a la humanidad. Hombres de su tiempo, pero visionarios”.

Sí, puede aceptarse como cierto, pero como parte de la expresión cultural de una época. Tal vez, para ser más exacto, podría decir que cada etapa de adelanto en los campos filosófico, político, tecnológico, científico, religioso, literario y artístico, al marcar una época y trascender hacia el futuro, son legados a la humanidad, retazos que van formando una determinada civilización.

La filosofía griega, la religión judía y la ley romana forman parte de los grandes pilares en que se funda lo que en Occidente llamamos civilización.

Platón escuchó a Sócrates; Aristóteles, a Platón, y los tres sintetizaron el más grande pensamiento filosófico jamás concebido. Abraham, según la tradición bíblica, habló con Dios; Jesucristo, con los hombres, y una vibración espiritual continúa despertando las conciencias hacia el amor, la libertad y la paz.

En cuanto a tipos de gobierno, es procedente recordar algunos pensamientos de Pericles, extraídos de su famoso discurso fúnebre por los primeros caídos en la guerra del Peloponeso, según refiere Tucídides: “Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos, sino de la mayoría, es la democracia (…), si en nuestras relaciones privadas evitamos molestarnos, en la vida pública, un respetuoso temor es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y principalmente a las que están establecidas para ayudar a los que sufren injusticias y a las que, aun sin estar escritas, acarrean a quienes las infringen una vergüenza por todos reconocida. El respeto a las leyes no escritas o naturales evidencia el alto sentido moral de un pueblo”.

Feinzaig se equivoca, al interpretarme mal. Se equivoca, pero no tanto. Yo dije: “La soberanía está en el pueblo y solo el pueblo tiene el poder de gobernar, no porque los liberales lo querían, sino porque no les era posible evitarlo”.

No dije, como afirma, que “la democracia liberal se desarrolló no porque los liberales lo querían sino porque no les era posible evitarlo”.

Como queda expuesto, son dos afirmaciones distintas. No lo dije, pero lo podría suscribir. Sostengo que la democracia liberal, de los liberales tempranos, era muy distinta a la democracia de ahora, y que esa evolución es consecuencia del natural desarrollo de la libertad.

Sufragio. Los liberales nunca estuvieron de acuerdo con el sufragio universal ni con la democracia social, y ambos son consecuencia del pensamiento progresista que poco a poco va ganado batallas al liberalismo dentro de su propia estructura.

Para entenderlo es cuestión de admitir —como una verdad, porque lo es— que la libertad no es propiedad de ninguna doctrina política, sino que nace y sigue creciendo en el alma de los pueblos.

La organización popular, por medio de partidos políticos, sindicatos, cooperativas y otro tipo de agrupaciones que las mismas necesidades van creando, son las que presionan para los cambios que distribuyen el poder y aumentan las oportunidades.

Para democratizar solo existe la vía democrática, la cual descubrió un único punto de partida: el sufragio universal, amplitud que nunca estuvo presente en la propuesta liberal en sus orígenes.

Este fue el primer gran cambio en la democracia liberal al marcar un desvío hacia lo social, hacia el pueblo.

El sufragio resuelve, cambia y controla; no la libre competencia. No es posible la competencia entre una empresa libre de todo control —monopólica e internacional apoyada por el país más rico del mundo— y la pequeña y empobrecida empresa centroamericana.

Ya lo he dicho: la paloma nunca podrá competir con el halcón. Si es valientilla y compite, perece. El halcón no perdona.

La democracia o es liberal o no es democracia —manifiesta, rotundo, Feinzaig— contestando mi afirmación contraria. “Conviven con ella todas las ideologías que abracen la democracia liberal”.

Conviven, respondo, pero no se mezclan. La democracia, bien entendida, no se dirige hacia el pensamiento único, sino a todo lo contrario, produciendo una lucha permanente entre las diferentes tendencias. En esa lucha, en la actualidad costarricense, la controversia más apreciable es entre el liberalismo económico —reducido ahora a un capitalismo inaceptable— y la socialdemocracia, reducida también a una incapacidad para proponer los cambios necesarios y posibles.

En la cancha del gran juego político, el liberalismo se presenta como un solo equipo en condiciones de dar la pelea y, como no hay contrario, no hay juego.

Las graderías están llenas, pero a los fanáticos nos les gusta el juego de un equipo, es decir, la propuesta que proviene de un pensamiento político único. Esta es la gran confusión del electorado, presente en las últimas tres elecciones. Lo más grave, sin líderes que orienten.

Proceso evolutivo. El pensamiento original de los liberales era revolucionario, y le sucedió, como a todas las grandes revoluciones, que en su proceso evolutivo la corriente revolucionaria sobrepasó lo propuesto en sus inicios, atropellando a sus fundadores.

Algunos, después, continúan apegados a sus orígenes, pero esta desorientación los confunde. El sufragio universal los desplazó, y ahora la democracia liberal marcha por un sendero que sus fundadores jamás pudieron imaginar, que es la energía hacia lo social que nace de la entraña liberal.

Esa es la ley histórica: la democracia está destinada a continuar inventando más democracia. Yo, por el momento, voy montado en un barquichuelo que me conduce a favor de la corriente natural de la evolución.

Dentro de 50 años tal vez pueda contar a Eli lo nuevo que va sucediendo. Por todo esto, es procedente decir que no es cierta su afirmación. Quizá, él debería comenzar por admitir que “la democracia actual es producto de la evolución liberal inclinada hoy hacia lo social”. Esa es la misión de la idea liberal, ofrecer espacio para que la democracia siga produciendo más democracia.

Esta es directriz con la cual se ha encontrado la socialdemocracia moderna, que también se la fija a los liberales, pero casi todos no la aceptan.

El conocimiento debe conducir a la duda; quien defienda su idea como la única verdad marcha por el sendero equivocado. Defiendo mi verdad, pero considero que puedo estar equivocado.

Ideas. Transcribo tres frases del inteligente y “pelirrojo polaquillo” con el cual tengo la satisfacción de intercambiar pareceres:

A. “Conservadores, socialdemócratas, liberales y reformistas tenemos cabida en el seno de la democracia liberal. Pero, para sobrevivir, la democracia debe ser liberal; es decir, abierta, tolerante, inclusiva, respetuosa de los individuos que conforman la sociedad”.

B. “Para que la democracia liberal sea vehículo de progreso debe ser apuntalada por un sistema económico liberal”.

C. “El liberalismo económico no está divorciado de la justicia social”.

La democracia liberal de la actualidad, con su capitalismo desbocado, cerrado, intolerante, sin ninguna virtud para incluir su enorme riqueza, producto de un monopolio de ramificaciones internacionales, impide la armoniosa relación capital-sociedad. ¿Cómo puede considerarse respetuosa de los pueblos?

¿Es ese capitalismo liberal el que podemos considerar vehículo de progreso? ¿O se está refiriendo al que tenía por modelo Adam Smith, quien primero fue filósofo y después economista, y como filósofo escribió sus investigaciones acerca de la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones?

Si Smith resucitara, no sería nada raro que escribiera un libro que tal vez se titularía La miseria del capitalismo.

Por esto, por todo esto, es imposible sostener que el liberalismo económico no está divorciado de la justicia social, si se está refiriendo al capitalismo actual. Pero si la expresión tuvo como referencia el capitalismo que pensaban los “liberales tempranos”, debería decirlo claramente, para comenzar por aclarar ideas frente a realidades diversas.

Por el momento, solo quiero recordar que “la democracia es aquello que debería ser”, como acertadamente lo pensó Giovanni Sartori. No lo olvidemos.

El autor es abogado.