Velia Govaere Vicarioli.   21 noviembre, 2018

Estridencias esconden, muchas veces, silenciosos murmullos telúricos, hasta que sorprende un terremoto. Distraídos con estruendos bulliciosos de materiales de portada, tal vez dejemos de advertir una posible catástrofe financiera. La bota italiana proyecta sobre el euro una nueva y amenazante sombra.

El primer acto de la inminente crisis tomó la forma teatral de un duelo. La coalición populista italiana desafió con descaro las normas presupuestarias de la zona euro, con un déficit tres veces mayor a su compromiso de Estado. La Comisión Europea lo rechazó y ordenó ajustarlo.

Ajuste fiscal sin mejoramiento productivo implica solamente sacrificios y no resuelve la ratonera estructural

Los populistas se sentaron en su galleta. Italia arriesga, ahora, un castigo ejemplar del 0,5 % de su PIB y la degradación de su calificación de riesgo, con aumento del costo de sus créditos y potencial crisis financiera. Tercera economía de la eurozona y uno de los mayores mercados de bonos del mundo, Italia responde sola por el 15 % de toda la deuda pública de Europa. Un terremoto financiero ahí, haría ver la crisis griega como un temblorcito en Tilarán.

Ese desafío es también chantaje. Con un castigo, la Comisión Europea desencadenaría la crisis. Es delicado hacerlo. Está en juego, incluso, la supervivencia del euro. Eso lo sabe el gobierno italiano. Su enfrentamiento contra Bruselas es popular en Italia y rinde réditos electorales. Ya tienen el doble de simpatizantes que en las elecciones. Con su desafío presupuestario, apuntan a las elecciones del Parlamento Europeo, en mayo. Buscan ahí la victoria de una coalición de populistas europeos que cambiaría las piezas del ajedrez político, con un viraje radical de autoridades.

Mala cosa. La crisis actual tiene su origen político inmediato en la victoria del populismo en Italia, en el 2017. Pero esa victoria necesita, a su vez, una explicación más profunda. El izquierdista Movimiento Cinco Estrellas (M5S), dirigido por Luigi di Maio, formó gobierno con la Lega Nord de Matteo Salvini, de extrema derecha. Ambos llegaron con promesas a cargo del ya ajustado y comprometido presupuesto italiano. Di Maio, aumentando el gasto público, y Salvini, disminuyendo impuestos.

El gobierno de Renzi había pospuesto la edad de retiro. El M5S revierte esas reformas. Poder pensionarse antes significará un aumento de costos a cargo del presupuesto y un debilitamiento de toda la economía, al disminuir el número de personas ocupadas. Eso no es todo. Lo peor viene ahora, al instaurar un sistema de ingresos garantizados de ciudadanía. Hablamos de 780 euros, por persona, al mes. Y pensar que ese incremento de gastos “sociales” se acompaña de disminución de impuestos “empresariales”. La suma de dos populismos es una formidable fórmula para el desastre.

Cuando se adhirió al euro, Italia ya era un país altamente endeudado. Debía hasta el 100 % de su PIB. Desde entonces, Italia se ha ajustado la faja, obligándose a un “superávit primario”. Si no se cuenta el servicio de su deuda, por más de 25 años, el Estado ha gastado menos de lo que gana. Y, sin embargo, la deuda siguió creciendo. Ya llega a más del 132 % de su PIB. Dos billones de euros cuyo servicio demanda casi el 4 % del PIB.

Si aumentan los intereses para renovar créditos, la deuda puede hacerse impagable. El Banco Central Europeo podría comprar el pequeño exceso de su presupuesto, a cero intereses. Ya lo hizo con Renzi. ¿Lo hará de nuevo? ¡No bajo chantaje y mucho menos para alimentar gasto improductivo! ¿Dejará de hacerlo? Eso tiene que pensarlo muy bien.

Paradoja. Lo que debe hacernos reflexionar es cómo Italia se encuentra más endeudada que nunca, a pesar de su responsabilidad fiscal. Mucho se debe a la estructura rígida e improductiva de su gasto público, a la camisa de fuerza del euro y a la ausencia de políticas productivas de crecimiento económico. ¿Qué ganó, a fin de cuentas, Italia con el euro? Los jóvenes no lo saben.

Desde que entró a la eurozona, sus ingresos reales han disminuido. Ningún otro país occidental tiene un desarrollo económico tan débil. Desigualdad y pobreza han aumentado. Su productividad está por debajo de hace 18 años. Bajas inversiones y leyes laborales inflexibles erosionaron las condiciones de empleo. La inversión extranjera es prácticamente nula.

Renzi introdujo cambios estructurales. Cambió leyes de trabajo para facilitar inversión y empleos. Aumentó la edad de retiro y mejoró las condiciones fiscales. Eso supuso sacrificios. Sus reformas necesitaban tiempo para que se vieran sus efectos. Pero los italianos querían cambios inmediatos. Perdió popularidad y a los pocos meses tuvo que renunciar. No hay ajuste popular.

El problema de Italia no es su gasto público, sino cómo emplea los recursos. Si fuera en ajustes que promovieran la riqueza, serían bienvenidos. Pero el déficit actual empeora, más bien, las condiciones de la economía. La Comisión Europea ha sido tolerante cuando el déficit presupuestario atiende reformas estructurales. Lo fue con Renzi y también con España y Portugal. El problema es que ahora, sin promover empleo y producción, se aumentan los disparadores del gasto social y se disminuyen los ingresos fiscales.

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De Grecia, aprendimos la necesidad de frenar la incontinencia fiscal. Italia nos trae otro mensaje: la sensatez fiscal pierde sentido humano cuando los pueblos no ven crecimiento económico, aumento de oportunidades y equidad. Ajuste fiscal sin mejoramiento productivo implica solamente sacrificios y no resuelve la ratonera estructural. Cualquier pueblo se cansa de eso. En medio de la falta de oportunidades, llegaron voces populistas con flautas mágicas y siempre sobran sindicatos para hacerles eco.

Eso explica la fatiga política del electorado italiano, especialmente de los jóvenes, con los partidos que identifican con el statu quo. De ahí viene su giro de preferencias hacia quienes ofrecían un cambio, con confites incluidos, hacia el abismo. Un ajuste fiscal es necesario, pero no es suficiente. Esa es la lección italiana. ¿La aprenderemos, a tiempo? No lo creo.

La autora es catedrática de la UNED.