¿Caeremos en el anarco-sindicalismo?

Este artículo es exclusivo para suscriptores (3)

Suscríbase para disfrutar de forma ilimitada de contenido exclusivo y confiable.

Subscribe

Ingrese a su cuenta para continuar disfrutando de nuestro contenido


Este artículo es exclusivo para suscriptores (2)

Suscríbase para disfrutar de forma ilimitada de contenido exclusivo y confiable.

Subscribe

Este artículo es exclusivo para suscriptores (1)

Suscríbase para disfrutar de forma ilimitada de contenido exclusivo y confiable.

Subscribe
Alberto Di Mare

Estamos en plena ebullición social, gracias a la pretensión de los dirigentes sindicales magisteriales de llevar el país a la huelga general, arma predilecta del anarco-sindicalismo para destronar a los poderes constituidos e instaurar el reinado de la justicia obrera y el comienzo de la jauja social.

Las peroratas de los representantes sindicales recuerdan a Pedro José Proudhon y a Augusto Blanqui, de fines de siglo pasado, y los ataques van, como los de los maestros, dirigidos contra el Estado, ese opresivo instrumento de las clases explotadoras, y contra el sistema de opresión, al que ellos llamaban capitalismo y los dirigentes nostranos "neoliberalismo", eufemismo que utilizan en razón de que lo que persiguen es, precisamente, que los capitalistas les enjuguen el déficit en que ha caído su plan de pensiones; que el actual movimiento sea de estirpe anarco-sindicalista es patente por su antiparlamentarismo, su repudio a todos los medios políticos (es decir, civilizados) de solución de conflictos sociales y su elección de la violencia como medio para imponer intereses particulares. La huelga general, supuestamente eficaz para derrocar al gobierno, o hacerlo superfluo, eso es lo que se persigue con el actual desorden.

Como el sindicalismo revolucionario, o anarco-sindicalismo, tiene una ilustre estirpe intelectual, vale la pena exponerla, para ilustración de lectores adictos a esta columna y de profesores en huelga, para que sepan en qué se han metido; así como investigar qué pueda alcanzar y si vale la pena seguir por esta senda tan espinosa. El teórico del anarco-sindicalismo es Jorge Sorel, quien desarrolló el principio del "mito social" que, con ventaja y alevosía, debería ser utilizado en la lucha de clases, para excitar las pasiones y llevarlas a la huelga general. Pues si esta triunfaba llenaba a los trabajadores con un profundo sentido de su poderío y, si fracasaba, los convencía de la condición de servidumbre en que se encontraban, motivándolos a organizarse más a fondo para emprender una lucha más general.

Hasta aquí todo muy bien, pero ¿si tan buen siervo fuera, por qué tan pocos señores lo emplean? Porque la verdad es que las huelgas generales poquísimas han habido, y gobiernos anarco-sindicalistas, menos todavía. ¿Cuál será el poderío de esos diabólicos neoliberales?, ¿qué extraño encantamiento tendrán esos acuerdos entre fracciones (oposición y gobierno), patentes en testimonios escritos y firmados, entre nosotros, por los descendientes de los dos caudillos históricos?, ¿cómo subsiste tanta ignominia?, ¿será que la historia está contra la justicia?

En cierto sentido, puede afirmarse que la historia es enemiga de la justicia, no de la particular, sino de la general o absoluta, que es inalcanzable, como bien lo constataron los anarco-sindicalistas, lo que, creo, fue mostrado por un tal Fernando Pelloutier secretario de la "Federation des Bourses du Travail", una de las ramas principales del anarco-sindicalismo francés del presente siglo. La razón se encuentra en aquello que gustaba decir Leonardo Da Vinci: "chi molto abbracia, poco stringe", el que mucho abarca poco aprieta. En efecto, para lograr el apoyo de otros hermanos sindicalistas, hay que ofrecerles algo a cambio, y apoyar reivindicaciones que no son las nuestras, pues a ellos les interesan las suyas y les importan un bledo las de otros; y así, en este ser todo para todos, se acaba siendo nadie para ninguno, lo que marchita el mito revolucionario y nos convierte la cruzada en un pot-pourrí que no es sopa sino bazofia, que a nadie excita y por el cual ninguno está dispuesto a soportar los sacrificios necesarios para anular al gobierno. Por ello, en los movimientos sindicales que recurren a la huelga general se da la paradoja de que "de éxito también se muere" a que se refería don Carlos Formoso, en este mismo espacio, en días pasados: cuanto mayor el número de sindicatos y de personas que respaldan estos movimientos, más pronto comienzan los dirigentes a buscar cómo escurrirse, cómo "salvar la cara", cómo salirse por la tangente, porque, previendo el ineludible desenlace, quieren asegurar la apariencia de que se dio una gran lucha, con grandes logros, a pesar de que, pasada la huelga y sus sufrimientos, haya que volver al trabajo con las manos vacías.

Esta huelga que tenemos entre manos, si ha de resolverse por el bien de la república, deberá acabar en fracaso, reforzando así la experiencia de que la historia respalda solo el triunfo de la justicia en lo particular, nunca de la absoluta. Si así no resultara, ¡que Dios nos coja confesados!