Elizabeth Drew.   14 diciembre, 2018

WASHINGTON, DC – Aunque difícilmente admita el menor descontento con el trabajo para cuya obtención hizo lo que nadie había hecho y en el que hasta cierto punto cayó por accidente (gracias a las extravagancias del Colegio Electoral), la presidencia de Donald Trump no ha sido lo que diríamos una experiencia “plácida”. Pero ninguna otra semana le había traído tantos problemas y malos presagios como la que pasó.

Mientras a Bush se lo elogiaba como el opuesto casi total de Trump en cuanto a estilo y formas, este daba la imagen de que hubiera preferido estar en cualquier otro lugar

El viernes de la semana pasada, su propio Departamento de Justicia lo implicó en la comisión de un delito grave, sobre la base de los pedidos de sentencia del fiscal especial, Robert Mueller, para su exjefe de campaña, Paul Manafort, y de la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York para su viejo exabogado y consigliere Michael Cohen. De ambos documentos se desprende claramente que en algún momento Trump mismo enfrentará acusaciones graves (y en opinión de la mayoría, también habrá acusaciones para algunos de sus familiares).

Dos días antes, Trump tuvo que sentarse al lado de tres exmandatarios durante todo el funeral del expresidente George H. W. Bush. Mientras a Bush se lo elogiaba como el opuesto casi total de Trump en cuanto a estilo y formas, este daba la imagen de que hubiera preferido estar en cualquier otro lugar. En tanto, el aumento bursátil del año se perdió entero cuando la supuesta tregua comercial de Trump con China se vino abajo.

También quedó claro hasta qué punto Trump perdió el control del Congreso. El avance de los demócratas en la Cámara de Representantes siguió creciendo (hasta una asombrosa cifra de 40 escaños según el último recuento), conforme disputas muy parejas de la elección intermedia del mes pasado que todavía no estaban decididas siguieron dirimiéndose a favor de la oposición. Y algunos senadores republicanos han comenzado finalmente a tomar distancia de Trump en relación con el papel del príncipe heredero saudita Mohámed bin Salmán (protegido de Trump y de su yerno, Jared Kushner) en el horripilante asesinato del periodista disidente Jamal Khashoggi en el consulado saudita en Estambul. A diferencia de Trump, los senadores se negaron a subordinar las derivaciones morales y prácticas de permitir que un gobierno extranjero asesine a un periodista residente en Estados Unidos a las exageraciones del presidente respecto de las futuras compras de armas del reino saudita y de su presunto papel estratégico en la limitación de las ambiciones regionales de Irán.

Luego vinieron las presentaciones judiciales de Mueller y de la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York, que revelaron lo que muchos sospechaban hace tiempo (aunque la realidad igual cayó como sorpresa): que Trump y su familia usaron, o intentaron usar, la candidatura presidencial y la presidencia para enriquecerse. Nos enteramos por fin de la información embarazosa que el presidente ruso, Vladimir Putin, tenía sobre Trump, cuando Cohen dijo a los investigadores que Trump estuvo mucho tiempo tratando de construir un enorme y muy lucrativo hotel en Moscú, para lo cual necesitaba permiso del Kremlin (un proyecto con el que Rusia también obtendría importantes ingresos). Ante una comisión del Congreso, Cohen declaró que Trump dejó de buscar el acuerdo para el hotel a principios del 2016. Pero más tarde admitió que las conversaciones siguieron hasta junio de ese año, cuando Trump (que tras su entrada a la contienda electoral en junio del 2015 repitió varias veces que no tenía negocios con Rusia) ya se había asegurado la nominación por el Partido Republicano.

El testimonio de Cohen también da motivos para pensar que varios aspectos de la política exterior de Estados Unidos (incluidas declaraciones y actitudes favorables hacia ciertos líderes autocráticos) estuvieron influidos por intereses comerciales privados de Trump (existentes o deseados) en esos países, que incluyen a Turquía, Filipinas y Arabia Saudita, además de Rusia. En tanto, los hoteles de Trump (especialmente su nueva propiedad de lujo cerca de la Casa Blanca) recibieron visitantes de varios países. Esto es particularmente importante porque, a diferencia de sus predecesores, cuando Trump asumió el cargo se negó a separarse de sus negocios privados (aunque entregó la dirección a sus dos hijos adultos), de modo que la clientela de esos países podía beneficiarlo. Esto puede constituir una violación de la cláusula sobre “emolumentos” de la Constitución estadounidense, que prohíbe a los presidentes aceptar regalos de países extranjeros. Trump ya enfrenta dos demandas por el asunto, que puede ser motivo para un juicio político.

La corrupción incluye al círculo inmediato de Trump. Su hija Ivanka consiguió marcas comerciales en China para su línea de indumentaria (que ya no existe, pero Ivanka retuvo las marcas y trató de conseguir otras). En cuanto a su esposo, Kushner, se cree que usó su posición para procurar fondos con que pagar las excesivas deudas de la empresa inmobiliaria de su familia. Y a Cohen se lo acusa de, literalmente, vender a diversas empresas por $4 millones su presunta capacidad de intermediación con Trump (aunque todavía no es seguro si cumplió y cuánto).

Fue Cohen quien dijo a los fiscales de Nueva York que “por instrucción de” Trump (a quien los documentos legales se refieren como “Individuo 1”), concertó el pago de dinero a cambio de silencio a dos mujeres que habían tenido romances con el presidente cuando ya estaba casado con Melania (incluso poco después del nacimiento de Barron, hijo de ambos). Es evidente que con esos pagos se intentó evitar que la opinión pública se enterara de los romances antes de la elección. Eso deja a Trump vulnerable a que lo acusen del delito de violación de las leyes estadounidenses de financiación de campañas.

Como Cohen aprendió del peor modo, trabajar para Trump no es fácil (por eso con él muy pocos han durado en la Casa Blanca, salvo su hija y su yerno). Para Trump, la lealtad es un camino que conduce en una única dirección: hacia él. De hecho, como broche de la semana, Trump se halló frente a la necesidad de encontrar un reemplazo para su jefe de gabinete, John Kelly, cuya partida anunció para fin de año (los dos casi no se hablan).

Casi todos atribuyen la cada vez más errática conducta reciente de Trump (incluidos sus tuits que aumentan en frecuencia y nivel de histeria) a su creciente comprensión de lo que implica para su presidencia la toma de control de la Cámara de Representantes por los demócratas. Los futuros presidentes de comisión demócratas han dicho que planean investigar diversos ilícitos (objetivos y sospechados) de Trump y miembros de su administración. Y a la luz de las últimas acusaciones, es cada vez más probable que la Comisión de Asuntos Judiciales de la Cámara de Representantes retome la cuestión del juicio político.

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Ya está claro que la elección presidencial estadounidense del 2016 estuvo deformada por hechos extraordinarios. Su legitimidad es ahora una cuestión legal que se cierne sobre el presidente. Y aunque no haya sido acusado oficialmente de conspiración (a menudo llamada “colusión”) con Rusia para que esta interfiriera en su beneficio a cambio de que Estados Unidos adoptara políticas deseadas por Putin (como el debilitamiento de la OTAN y de la Unión Europea), las últimas presentaciones judiciales de Mueller hacen pensar que su investigación va en esa dirección. Si llega a esa conclusión, a Trump le aguardan semanas todavía peores.

Elizabeth Drew es editora y columnista en ‘The New Republic’. Su libro más reciente se titula ‘Washington Journal: Reporting Watergate and Richard Nixon’s Downfall’. © Project Syndicate 1995–2018