Tatiana, mi peluquera, me acaba de dejar con los pelos de punta. Pero no porque me haya hecho uno de esos cortes juveniles de ahora, sino por lo que me contó.
Según ella ciertos salones de belleza del país no están aplicando ni siquiera las normas mínimas de higiene para prevenir a los clientes, y a las propias estilistas, del contagio de enfermedades.
Debido a que "caras vemos, pelos no sabemos", el intenso tráfico de gente en esos negocios exige, entre cita y cita en unos casos, y semanalmente en otros, una asepsia especial de los instrumentos de trabajo, del lavatorio, de las toallas y de las capas para evitar la transmisión de virus, caspa, hongos, piojos y sabrá Dios cuántos bichejos más.
Y es que, últimamente, la profusión de salones de belleza es explosiva, con cada quien queriendo abrir su propio local para satisfacer el glamur y vanidad nacionales dado que, como nunca, el tico está muy coqueto. Sin embargo, lo malo no es de ninguna manera que se abran esos negocios, sino que se ignoren las más mínimas normas de sanidad que esta actividad demanda para no exponer la salud de las personas.
En consecuencia, algunos salones no desinfectan los peines con bactericida ni sacuden de pelos los cepillos (°guácala!) como corresponde hacerlo entre cliente y cliente, así como tampoco los lavan con la frecuencia deseada que, de acuerdo con Tatiana, es de por lo menos una vez a la semana.
El lavatorio, que debería lucir siempre impecable para el lavado a fondo de la cabeza, generalmente no recibe los cuidados adecuados para desinfectarlo de microbios que se podrían transmitir a través del sudor, las heridas y del mismo pelo. Un buen salón debería aislar la cabeza del cliente del contacto directo con el lavatorio colocando entre ambos una toalla limpia.
En el remoto caso de que algunos salones remojen con bactericida los peines usados, cada tres días hay que renovar esa sustancia por otra totalmente limpia. Además, el cliente debe estar todo el tiempo cubierto con una toalla aséptica alrededor del cuello y una capa limpia.
Eso -me cuenta Tatiana-, para no hablar de las precauciones que las y los estilistas deben seguir al pie de la letra para evitar el contagio del SIDA, con lo cual ya todo queda dicho.
Ella, que se especializó en Estados Unidos en tintes y cortes, que ha sido entrenadora de belleza en varios estados y estilista de Miss Universo y artistas famosos, sabe lo riguroso que es ese país en cuanto a los controles de sanidad de los salones, por lo que considera saludable que aquí también se legisle sobre la materia y se le enseñe al público a ser más exigente.
En Estados Unidos, cada dos años los estilistas tienen que rendir exámenes sobre las leyes de sanidad y hasta presentar un certificado del examen de sida para lograr que se les renueve la licencia de trabajo. Y aquí øqué se hace?
De ahí que, ante la falta de controles en este país, es crucial que la gente adopte sus propias medidas de prevención, según Tatiana, quien desde su salón House of Style en Guachipelín de Escazú (teléfono 228-8226), y su segmento de televisión en Buen Día, Canal 7, cada jueves, trata de aconsejar al público y a las propias estilistas para evitarles riesgos innecesarios.
Ahora me explico por qué cada vez que voy donde Tatiana a peluquiarme termino hecho un envoltorio, me fumiga y me lava la jupa (jupa tenía Einstein) hasta dos veces con raspe y restregada. Debe ser pa'espantarme el piojero.