Silvia Artavia.   14 febrero
La especie ermitaño piquilargo (Phaethornis longirostris) es muy común en la selva tropical costarricense. Las heliconias color naranja son su principal alimento. Foto: Chris Jiménez vía Marcelo Araya para LN.

La inteligencia es más importante que el físico a la hora de conseguir pareja… al menos para los colibríes de la especie ermitaño piquilargo (Phaethornis longirostris), muy comunes en la selva tropical costarricense.

Así lo demuestra una investigación de seis universidades internacionales de la que formó parte la Escuela de Biología de la Universidad de Costa Rica (UCR) y que se llevó a cabo en la Estación Biológica La Selva, en Puerto Viejo de Sarapiquí, Heredia.

Contrario a la idea de que en los rituales reproductivos de los animales predominan aspectos como la contextura corporal, los científicos descubrieron que, en la competencia por ganar un territorio para aparearse, los machos de esta especie necesitan tener mejor memoria antes que ser grandes y fuertes.

“Lo que hicimos fue contrastar el rasgo cognitivo (la memoria espacial) con medidas de condición física que comúnmente están asociadas con la reproducción... Lo que se demuestra es que la cognición, o sea, la inteligencia, importa, y en algunos casos, importa más que si se es grande y fuerte”, aseveró Marcelo Araya Salas, biólogo costarricense que participó en el estudio y quien trabaja actualmente en el Laboratorio de Ornitología de la Universidad de Cornell, Estados Unidos.

La investigación se llevó a cabo por un lapso de dos años (entre mayo del 2013 y junio del 2015), con una gran cantidad de ermitaño piquilargo. Sin embargo, utilizó los datos de 30 de ellos que fueron seleccionados para el estudio y a los cuales se les dio seguimiento.

Estas aves tienen un tamaño casi del doble del conocido colibrí de garganta de rubí. Presentan un pico largo y curvado el cual les permite sorber el néctar de flores de heliconia color naranja brillante, su principal alimento.

Los individuos fueron estudiados durante dos etapas de apareamiento, cada una de las cuales con una duración de hasta ocho meses.

El ermitaño piquilargo mide casi el doble que el conocido colibrí de garganta de rubí. Presenta un pico largo y curvado que le permite sorber el néctar de las flores de heliconia. Foto: Chris Jiménez vía Marcelo Araya para LN.
¿Cómo lo descubrieron?

Por un lado, los especialistas midieron la memoria espacial, o sea, la capacidad que tiene cada colibrí para recordar dónde encontrar alimento y abastecerse de este de la forma más eficiente, porque cada segundo cuenta durante el ritual en el que luchan por ser vistos y escogidos por las hembras.

La otra variable, la del físico, la determinaron estudiando tres aspectos: el tamaño corporal, el tamaño de la punta del pico (usada como un arma para luchar entre los machos durante el cortejo) y el peso que pueden levantar en un vuelo vertical.

Este último, debido a que, cuanto más alto vuelen, más rápido se hacen notar por las féminas y, a la vez, porque esa fuerza la emplean durante las intervenciones agresivas que se dan entre sí en la disputa por el territorio para copular.

Contienda territorial

Según explicó Araya, como ocurre con muchas especies, especialmente en aves, durante su etapa reproductiva, los machos se congregan en grupos ubicados en sitios específicos en el bosque.

Ahí, cada individuo debe garantizarse el espacio que mejor los proyecte para cantar y desplegar su colorido y, con esto, atraer a la pareja y aparearse ahí mismo.

“Es como un bar donde los machos muestran sus atributos y las hembras escogen”, dijo el biólogo.

Ese punto de encuentro masculino donde se reúnen los colibríes a pelear por un puesto que les garantice la fecundación se llama ‘lek’, y, aunque científicamente no están claras las características de estos sitios, son lugares donde no hay alimento.

De ahí la importancia de que los individuos tengan buena memoria, pues si recuerdan bien dónde se ubican las fuentes de alimento cercanas (el néctar de las heliconias, en este caso), más rápido podrán ir a nutrirse y regresar al lek.

Además de la memoria espacial de cada individuo, se midieron características de estos como el tamaño corporal, el tamaño de la punta del pico y el peso que pueden levantar en un vuelo vertical. Foto: Maxime Aliaga vía Marcelo Araya para LN.

“Hay una competencia fuerte por poseer un territorio en estos leks y no todos los machos lo logran. Hay unos que se dedican a ser territoriales y otros, a los que llamamos satélites, que siempre están intentándolo, pero no lo logran”, afirmó Araya.

Lo que reveló la investigación es que son los catalogados como “territoriales” los que poseen mejor memoria, porque fueron los más exitosos a la hora de emparejarse, mientras que los “satélites” se mantenían en la contienda.

“Lo que demuestra el estudio es que los machos que logran adquirir un territorio tienen una memoria espacial mayor que los que no lo logran. O sea, los machos territoriales tienen una memoria espacial mejor que los machos satélites”, agregó Araya.

La metodología

Para determinar cuáles colibríes gozaban de mejor memoria y, con esto, saber cuáles tenían más posibilidades de ganar territorio en el ritual de apareamiento, los expertos sometieron a estas aves a una prueba de retentiva.

“Les poníamos tres comederos. Dos tenían nada más agua, y uno, agua con azúcar, que es lo que ellos buscan. En una primera fase, la idea era que aprendieran cuál era el comedero que tenía néctar. Cuando volvían, medíamos si eran capaces de recordar cuál era el que tenía el agua con azúcar. Si lo hacían bien, les dábamos un uno; si lo hacían mal, un cero.

Luego, cambiábamos la posición del comedero y hacíamos lo mismo: entrenarlo en la primera visita y probarlo durante la segunda”, contó Araya.

El ejercicio se realizó al menos 10 veces con cada individuo, dependiendo de la frecuencia con la que estos llegaran a los comederos. En una hora, un solo colibrí podía hacer entre dos y cuatro visitas.

Los 30 individuos de colibrí fueron estudiados durante el 2013 y 2015, en dos de sus etapas reproductivas, que se extienden hasta por ocho meses. La investigación, en la que participó el biólogo tico Marcelo Araya, se realizó en la Estación Biológica La Selva, en Puerto Viejo de Sarapiquí, Heredia. Foto: Maxime Aliaga vía Marcelo Araya para LN.
Esfuerzo colaborativo

La investigación ha sido publicada en diversos medios científicos, uno de estos, el diario Scientific Reports, en su edición de febrero de este 2018.

Junto al biólogo costarricense, esta fue elaborada por la chilena Paulina Gonzalez-Gomez, la polaca Katarzyna Wojczulanis-Jakubas y los estadounidenses Virgilio López y Timothy F. Wright.

Además de la UCR, en este estudio participaron las universidad de Cornell, la de California, la de Connecticut y la Nuevo México (todas en Estados Unidos), así como la universidad de Gdansk, en Polonia.

Marcelo Araya Salas es oriundo de Coronado, San José, y tiene 36 años. Obtuvo el bachillerato en Biología en la Universidad de Costa Rica y el doctorado en Biología Evolutiva y Comportamiento en la Universidad Estatal de Nuevo México. Trabaja desde principios del 2017 en el Laboratorio de Ornitología de la Universidad de Cornell, Estados Unidos.

Los leks son los espacios en el bosque donde se reúnen los colobríes machos para hacerse notar por las hembras. Estos leks pueden durar años. En la Estación Biológica La Selva hay uno que tiene seis décadas. Foto: Maxime Aliaga vía Marcelo Araya para LN.