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Me declaro amante de la comedia. Afortunadamente a mi esposa también. Curiosamente en este campo nuestras apetencias son casi idénticas: no nos hacen gracia los comediantes que utilizan muchas malas palabras, no nos hacen gracia los chistes sobre experiencias con drogas, ni los que intentan hacer del racismo o la xenofobia algo gracioso. Nos encanta el efecto que causa la comedia. Nos hace pensar sobre situaciones cotidianas en las que irremediablemente hemos participado. El miedo a la muerte, el amor, la familia, la tecnología, Dios, la política y yerbas afines. Pienso que ponerle atención a un comediante nos permite burlarnos... de nosotros mismos, de nuestras neurosis, de nuestros rollos. Observar comedia, al menos para mí, resulta terapéutico.

En un espectáculo de “stand-up comedy”, un tipo muy gracioso de nombre Marc Maron dijo algo que me dejó pensando: “mi zona de confort no tiene nada de confortable”. Recordé a todas esas personas que, intentando convencerme de los beneficios de su existencia -su pareja, su trabajo, su familia-, confunden “zona de confort” con “zona de sufrimiento”. Afortunadamente el espectáculo de Marc estaba a punto de finalizar. Gracias a él encontré un pretexto para entrar hoy a escribir sobre ese extraño vecindario en el que las parejas que allí habitan hacen del sufrimiento un hábito y del confort algo molesto. Parecerá extraño lo que estoy a punto de afirmar, pero da la impresión que sufrir lo consideran parte del confort. Sí, yo sé. Es una locura... Pero sucede con frecuencia.

Como bien propone ese fragmento de filosofía popular: “para estar mal es mejor quedarse solo”. Eso debería ser un mandamiento, un mantra, una ley de la República y hasta una frase para tatuarse. Mi trabajo contradice esta reflexión, aparentemente lógica y nada pretenciosa. Es más. Ni siquiera necesita uno saber mucho sobre psicología. Es una cuestión bastante animal, bastante biológica. Contamos con instintos, como todos los bichos vivos. Uno de ellos, el de conservación, tendría que prevenirnos y animarnos a correr si es que algo potencialmente doloroso está a punto de suceder. El sufrimiento, en condiciones normales, tendría que ser algo repelente para un ser vivo. Nadie quiere sufrir. No tiene sentido. No hay mérito alguno en entregarse al sufrimiento. Ni la soltería tendría que resultar dolorosa, ni menos aún el emparejarse. La ventaja de la segunda escena es que puedo modificarla: desemparejarse se vale. La primera escena es más difícil de resolver: salir de la soltería implica a alguien más -real, virtual o fantaseado-.

Unos cuatro siglos antes del nacimiento de Jesucristo, allá por Grecia, un grupo de pensadores proponía una doctrina altamente atractiva: el placer era colocado como el objetivo a perseguir, a toda costa, por sobre todo lo demás. Tan poco les preocupaba la controversia que hasta llegaron a identificar el bien con el placer. Lo bueno es aquello que produce sensaciones voluptuosas, tan intensas e instantáneas como sea posible. No existe nada más importante para el ser humano que sentir rico -en sus diferentes modalidades-. Lo sensual era colocado en el pináculo de las aspiraciones del hombre -y la mujer-. A este movimiento intelectual se le llamó hedonismo.

Las nuevas generaciones son demasiado hedonistas”, he leído y escuchado por ahí. Esto quizás lo piensan aquellos que consideran el sufrimiento como algo normal, algo común, algo incluso deseable. Este discurso, el que busca condenar lo placentero, se sostiene -por lo general- en preceptos religiosos. Sufrir -en esta vida- está bien. En la otra -¿habrá otra?- nos irá de lo más bien. Es solo cuestión de aguantar. La apología del sufrimiento se sostiene en la creencia de que el sufrimiento nos fortalece, nos convierte en mejores personas, nos ayuda a evolucionar. Como decíamos en los ochentas: “conmigo, no pegaron”.

Es curioso. Las nuevas generaciones no me parecen hedonistas. Muy por el contrario, yo aún veo jóvenes -sin distingo de género ni posición socioeconómica- participando de relaciones amorosas totalmente contrarias al hedonismo. Yo no los veo sintiendo placer. Los veo pasándola muy mal y en lugar de rectificar, los veo buscando distraerse con licor, drogas, redes sociales, trabajo, ejercicio, etc. Se encontraron a alguien que les invitó a sufrir y aceptaron. Se volvieron cómplices del desastre al que bautizaron “relación”. Se hacen compañía, se alían, firman contratos inconscientes. Objetivo: sufrir junticos.

Yo no pienso que el hedonismo sea la vía. Pero el sufrimiento menos. La evolución de la conciencia es, al menos para mí, el camino a transitar. Resulta mucho más sencillo recorrerlo acompañado de personas con el mismo deseo de crecer. Y si no encontramos aún a alguien con similares intereses, mejor continuemos solitos. Es que como bien dice el comediante Marc Moran, no sabemos cuánto tiempo nos queda. Así que malgastarlo sufriendo me parece una decisión muy mal pensada.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com