Una vida de ALTURA

A ellos, los cambiadores oficiales de bombillos en sus casas, salir a comprar pantalones les resulta un suplicio. En los buses, les toca viajar con el cuello doblado, y en las calles, es común que un rótulo les golpee la cabeza. Así es la vida de quienes miden más de 2 metros.

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21/2/07. Colegio Santa Cecilia. Pablo Mora de 15 a–os esta en 10 decimo a–o y mide 2,01 mts. Aquii se encuentra con su profesora Arlyn Cordero. Foto: eyleen vargas.
Mariano Calvo es de Coronado y tiene problemas por su tama–o de 2 metros en los buses. Tel. 8214055 Hora 4pm
Leonardo Chacon es un estudiante de medicina que mide mas de 2 metros, siempre fue el mas alto de sus compa–eros su telefon es 3509663, ahora lleva sus clases en el hospital Calderon Guardia.
Juan Rafael Mora el trabaja en la escuela de ciencias agrarias en la UNA, el mide mas de 2 metros. Hora 11am
Two ladies try to stop Houston Rockets player Yao Ming (C) of China as he arrives with teammate Steve Francis (L) on the red carpet outside the Staples Center in Los Angeles for the 2004 NBA All-Star Game 15 February 2004. AFP PHOTO / Robyn BECK (ROBYN BECK)

Nunca fui la primera ni la última de la fila. Con mi estatura de 1,58 metros, podría decirse que soy una tica promedio. Sin embargo, el 16 de febrero, sí me sentí pequeña. Ese día, llegaron a la La Nación cuatro personas que medían 2 metros o más. Pocas veces he pasado tanto tiempo mirando hacia arriba.

Leonardo Chacón Prado, Mariano Calvo Montoya, Pablo Mora Coto y su padre, Juan Rafael Mora Camacho, fueron algunos de los lectores que respondieron al llamado que hizo Proa a través de nacion.com para contactar a costarricenses que midieran más de 2 metros.

Nuestra hipótesis de partida fue que en Tiquicia sería difícil hallar personas tan altas. Sin embargo, nos sorprendimos: la lista ascendió a más de 15 –aunque ninguna mujer– y muchos de esos “gigantes” apenas estaban en su adolescencia.

Tras una amena conversación en la que salieron a relucir todas las ventajas e inconvenientes de tal estatura, decidimos seguirlos en los escenarios donde cada uno se desenvuelve habitualmente.

Si usted tiene una estatura promedio probablemente nunca se ha puesto a pensar en lo difícil que le resultaría transitar por las calles si midiera 2 metros o más. Por ejemplo, correría el riesgo de golpearse la cabeza contra algún rótulo, el marco de una puerta o el retrovisor de un autobús que pase a ras de la acera.

Pues las precauciones para evitar estos y otros accidentes ya están incorporadas en la rutina de quienes crecieron y crecieron hasta salirse de los estándares.

Mariano Calvo de 2,02 metros, sí que conoce de estas peripecias. A este muchacho de 16 años lo que más le incomoda, por las dimensiones de su físico, es viajar en vehículos de transporte público porque, si va de pie, debe agacharse durante todo el trayecto y, si tiene la suerte de conseguir asiento, sus piernas nunca logran acomodarse. De ahí que termina adolorido y con frecuentes calambres.

“Yo soy feliz cuando el bus va casi vacío y puedo utilizar dos campos. La gente me ve feo cuando me siento detrás de ellos, porque también los molesto con mis rodillas. Lo mejor es ir en las gradas”, comenta este colegial, quien regularmente utiliza los buses de Coronado y Moravia.

Don Juan Rafael Mora, cuya estatura es de 2 metros exactos, opina parecido: “Por eso, yo prefiero los buses nuevos, que son más grandes, como los que hacen recorridos largos. Los asientos de la última fila son los más cómodos para nosotros. Igual me sucede en los aviones. De ser posible, pido que me asignen el asiento que está cerca del ala, en la salida de emergencia”.

Para transportarse sin problemas por la ciudad, don Juan Rafael optó por comprarse una microbús, pues su esposa y sus cuatro hijos también son bastante espigados y no cabrían en un automóvil común y corriente; al menos no viajarían de manera confortable.

Por esta misma razón es que Mora, subdirector de la escuela de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional (UNA) y profesor en esa institución, decidió construir una vivienda en Heredia que se ajustara a las medidas de los miembros de su familia. “La altura del techo en nuestra casa es de 2,70 metros; los marcos de las puertas están a 2,17 metros; el lavamanos y la pila son un poco más grandes de lo habitual, y los muebles de la cocina también están colocados más arriba para evitarnos dolores de espalda al tener que agacharnos más de lo debido. Las camas son largas y anchas, porque si no, nos tocaría dormir en forma diagonal”, explica la esposa de don Juan, Susana Coto Dobles, quien mide 1,81 metros, estatura alta para una mujer tica.

José Pablo, el hijo mayor de los Mora Coto, mide 2,01 metros, pero bien podría llegar a los 2,05, pues solo tiene 15 años y se supone que los hombres alcanzan su estatura máxima a los 21.

En el Colegio Bilingüe Santa Cecilia, donde cursa el décimo año, este muchacho llama la atención a simple vista pues muchos de sus compañeros no le llegan ni a los hombros.

En clases, casi siempre tiene que ubicarse en el fondo del aula para no taparle a nadie la pizarra y, de ser posible, rechaza los pupitres convencionales (los de escritorio y silla separados) porque en esos sí que no consigue acomodar sus largas piernas.

Lo bueno, es que José Pablo nunca se ha dado por menos y más bien ha sabido sacarle partido a su estatura. Además de ser un estudiante de excelentes calificaciones, es uno de los jugadores de baloncesto más destacados en ese centro educativo. Prácticamente, con solo estirar el brazo, consigue anotar cualquier canasta.

Mofas y frustraciones. Al que no le ha ido muy bien en el plano deportivo, es al joven Leonardo Chacón, quien, por medir 2,01 metros, siempre se ha visto “acosado” por profesores de educación física o entrenadores.

“Yo detesto el basket , pero como en el cole me veían tan alto, siempre querían que yo formara parte de algún equipo. Como siempre me negaba, los profes y algunos compañeros me veían como diciendo: “ah, charita ”, relata Leo, convencido de que son muchos los estereotipos que acompañan a quienes poseen una estatura distinta a la del promedio. Según dice, la gente suele calificarlos de “mamulones” o de torpes, sin tomar en cuenta que este mundo no esta diseñado para ellos, como tampoco lo está para la gente muy pequeña, para los zurdos o para todo aquellos que se salgan del molde.

“Cuando yo era adolescente, ayudaba a mi tía en una pulpería y tuve muchos accidentes porque, si estiraba un brazo, botaba algún producto y si me paraba a buscar algo, pegaba con una cigarrera. Igual me ha pasado con las duchas de los baños, porque en el más mínimo descuido pego la cabeza y el aparto me jala ”, detalla Leo.

Las angustias también lo acompañan a diario, cuando camina por los estrechos pasillos de la consulta externa del hospital Calderón Guardia, donde lleva a cabo su práctica profesional como estudiante de cuarto año de medicina. En ese sitio le han puesto varios sobrenombres y es común que se mofen de él.

“Siempre hay alguien que se me queda viendo y me dice, ‘huy… ¡su mamá sí que lo hizo con amor!’ o me preguntan: ‘¿qué le daban de comer cuando era chiquitito?’ También hay gente que se refiere a mí como ‘el altote’ y los niños, especialmente, me hacen sentir como si fuera Gulliver. Un día, una chiquita me dijo que yo parecía una chimenea”.

De niño siempre destacó por su altura, pero este rasgo se hizo aún más evidente durante la pubertad. “Después de unas vacaciones, cuando comencé el octavo año, todo el mundo me veía y me preguntaba: ‘Diay Leo ¿qué fue lo que le pasó?’ ”.

Situaciones incómodas como estas se convirtieron para él en recuerdos imborrables. “Una vez me sentí muy mal cuando fui con mis primos al Parque de Diversiones y, a pesar de que yo era el menor, no me dejaron subir a varios juegos, como el castillo inflable. También me pasó con los juegos en Mc Donalds. Eran duros golpes a mi autoestima”, recuerda Leo, y los demás entrevistados le dan la razón porque entienden al cien por ciento de qué está hablando.

Mariano, por ejemplo, menciona los problemas que tiene cuando asiste al gimnasio ya que, por su tamaño, no puede utilizar varias de las máquinas.

“Si quiero hacer spinning tengo que subir mucho el asiento y aún así quedo muy incómodo porque pego las piernas en la manivela. Tampoco puedo usar la máquina de remo, ni algunas de las pesas, porque termino con dolor de rodillas o de espalda”, asegura.

Aunque es un joven de rasgos agraciados, Mariano reconoce que le cuesta encontrar novia, y eso también se lo atribuye a la estatura. Peor aún es su situación cuando le ha hecho caso a la gente que solo quiere emparejarlo con muchachas muy altas.

“Eso es cierto. A uno le advierten que cuidado se busca a ‘un llavero’. Y, en cambio, si por ahí aparece una muchacha alta, todo el mundo le dice: ‘Vea esa sí está apenas para usted’ ”, asevera Leo , quien, a sus 20 años, ya ha comprendido que el tamaño no es un factor determinante para un noviazgo exitoso.

Lo que sí lo hace perder la ecuanimidad es salir a las calles a comprar ropa, pues le resulta sumamente complicado encontrar prendas a su medida.

“Yo pido una camisa L, y me queda corta. Entonces me traen la XL, que sigue quedándome corta pero muy floja. Pareciera que la ropa cambia de talla a lo ancho, pero no a lo largo”, lamenta este joven.

Su peor pesadilla es con la ropa de cirugía, porque la hacen de tamaño estándar, por lo que es inevitable que los pantalones le queden “picapollo”. “Si me los bajo, entraría al quirófano con el trasero afuera... situación nada conveniente”.

Tanto él como los demás entrevistados han tenido que ingeniárselas para surtir sus clósets. En este sentido, son clientes frecuentes de negocios especializados en tallas grandes; algunos han aprendido a zambullirse en los cajones de las tiendas de ropa americana usada, mientras que otros se pasan la vida visitando al sastre (especialmente para adquirir ropa formal) o navegando por Internet en busca de camisas, pantalones, zapatos o tenis de tamaños “diferentes” (José Pablo, por ejemplo calza 46 ).

Nadie los olvida. Pero no todo es desventajoso y complicado para quienes miden más de 2 metros en este país de gente relativamente pequeña.

Y si no, que lo diga don Juan Rafael, quien asegura que nunca pasa inadvertido, y en la mayoría de los establecimientos lo atienden de primero.

“Como soy tan grande, seguramente tengo mucha presencia escénica, porque cuando me toca hablar en un auditorio o frente a un grupo, veo que me ponen mucha atención”, añade Leo complacido.

Mariano también tiene buenas experiencias en este sentido: al día siguiente de que ha ido a una fiesta, todo el mundo lo saluda, como si lo conocieran de hace años.

Para ellos, entrar a los bares es “pan comido”, aun cuando no hayan alcanzado la mayoría de edad. Lo usual es que ni siquiera les pidan la cédula, algo que, para don Juan Rafael, como padre, es preocupante.

“En los conciertos también es genial ser alto. Ahí si que uno disfruta del espectáculo con la mejor visibilidad”, opina José Pablo, mientras que Leo , saca a colación otra gran ventaja: las facilidades que tienen para alcanzar diversos objetos y realizar labores mecánicas en sitios de difícil acceso.

“Yo paso mucho tiempo en la biblioteca de la UCR y puedo alcanzar sin problema los libros de los estantes más altos. Igual me sucede en el supermercado. En mi casa, también me llaman para que les ayude a bajar cosas de los clósets y, además, soy el cambiador oficial de bombillos, porque no necesito banco”, afirma este muchacho con orgullo. Sin duda, ha aprendido a sacarle provecho a sus centímetros de más.

“La vida hay que abordarla con filosofía”, manifiesta don Juan Rafael, quien recordó con una sonrisa lo que un querido profesor del colegio decía con frecuencia al resto del grupo cuando se refería a él: “No es que este muchacho sea alto, lo que pasa es que todos los demás somos chiquitillos”.