Apocalíptico. Esa es la primera palabra que me venía a la mente cuando me preguntaban sobre mi viaje a Etiopía, al norte de África. Había visto pobreza antes, debajo de los puentes de Santa Ana o detrás de los grandes rascacielos en Miami…pero nunca había visto miseria. Cruda y real.
Decenas de niños y adultos llenan cada acera de Addis Ababa, la capital. Chicos de 7 años que limpian zapatos a cambio de unos centavos, madres quinceañeras que intentan vender a quien sea una sola mazorca de maíz, gente con la dentadura manchada a causa de la desnutrición, caballos muertos en la calle que nadie va a recoger.
El primer día le pregunté a Henock, nuestro traductor, qué era aquella cantidad de gente tomando siestas en la calle. Sonriendo parcialmente, me explicó: “No están durmiendo, se desmayaron por la falta de comida”.
Al preguntar a una niña qué quiere ser cuando crezca, respondió que azafata, “para salir de aquí”.
En este lugar no hay sentido de preservación, ni tampoco sentido de control. Para los 25 millones de etíopes que se van a sin saber qué comerán mañana, la palabra “futuro” no está en su diccionario vital.
En un país mutilado por guerras y hambrunas, una negociación desastrosa en el 2002 con su vecino Eritrea los ha dejado sin acceso al mar.
El gobierno se define como “democrático”, pero aquí nadie se atreve a quejarse ante sus gobernantes, quienes comen, viajan y gastan a costa de una miseria que ignoran, pese a que es realmente imposible de ignorar.
Fuimos a visitar la Universidad de Addis Ababa, donde hace unos meses el gobierno había apagado con violencia y muertes una protesta estudiantil.
Las imágenes recientes de tanques etíopes entrando a Somalia dan escalofríos… Con tanta hambre en su propia tierra, sus líderes prefieren pelear una “guerra santa” en sus fronteras.
En ciertos momentos, este país se percibe como un verdadero infierno en la tierra. Pero, en medio de este apocalipsis, descubrimos y documentamos a gente excepcional con historias increíbles y causas extraordinarias. Gente como Norm Purdue, un exfotógrafo de la NBA, retirado hace poco.
Su pequeña organización, COEEF, se ha convertido en una de las agencias educacionales más importantes del país. Por el equivalente a ¢105.000 anuales, los contribuyentes pueden patrocinar la educación bilingüe y la alimentación de una niña.
Hace muchos años, Norm tuvo la oportunidad de ir a Etiopía. Hoy, junto con su esposa, invierten mucho tiempo llevando a las menores cartas de sus patrocinadores, y mostrándole a los primeros fotografías de las chiquitas, para que se admiren de cuánto han progresado.
O la experiencia de Jane Kurtz, reconocida autora de libros infantiles y creadora del primer “móvil de libros”. Se trata de un vehículo jalado por dos burros, con el cual se accede a los barrios más remotos. Vecindarios enteros esperan que les toque su turno para el llamado “Día de Libros”, se sientan en el parque y comparten libros coloridos en Amárico, uno de sus idiomas natales.
Jane nació en Oregon, Estados Unidos, pero cuando tenía 2 años, su familia se mudó a Maji, pueblo al suroeste de Etiopía. No había televisión, radio ni películas, y sus memorias de montañas, ríos y leyendas etíopes están plasmadas en libros como Montaña de fuego y Jalando la cola del león . Ahora se dedica a buscar fondos para establecer bibliotecas para niños en Addis Ababa, haciendo una labor que África y sus niños desesperadamente necesitan. Si le atrae conocer más sobre su labor, puede buscar en http://www.janekurtz.com.
Igualmente conocí al doctor Rick Hodes, un cirujano norteamericano de 47 años, radicado en Nueva York a quien, en un singular cambio de género, se le llama la “Madre Teresa de Etiopía”.
Lleva una vida muy distinta de la que sus medios le permitirían tener.
Hodes fue parte de uno de los rescates civiles más grandes de la historia: asistió a más de 14.000 judíos etíopes que estaban huyendo de Addis Ababa en 1991.Estuvo en Ruanda salvando víctimas cuando un millón de refugiados huían del conflicto entre hutus y tutsis, y atendió a sobrevivientes del genocidio de Kosovo en 1999.
Una década después, supervisa el tratamiento de 50.000 personas en clínicas en Etiopía y es médico para las Misioneras dela Caridad de la Madre Teresa.
Para Hodes, ayudar no es algo temporal o ajeno a sí mismo; es su vida. Hay más información sobre él y su misión en http://www.aish.com/societyWork/work/On_The_Brink_in_Ethiopia.asp
Ahora viaja a Etiopía una vez al mes a supervisar la construcción de hogares para adolescentes. Fundador y presidente de la organización Interasian Resources, Ozeri vivió en China diez años. Hoy, dirige un equipo de 250 diseñadores y produce 35 millones de piezas de joyería al año.
Pero a la vez, este multimillonario y joven, creó Safe Horizons en la capital etíope, para cientos de niños que sin eso estarían a la merced de un mundo plagado de sida y hambre.
El día que lo entrevistamos estaba resolviendo una disputa con la aerolínea, porque había traído 17 valijas llenas de juguetes y libros ( http://www.interasian.com/the-founder.htm ).
Los verdaderos héroes.Sin embargo, entre estas grandes historias, pudimos conocer a los verdaderos héroes, los etíopes. Familias de diez que viven en una casa redonda de barro.
El “clóset”... ¿cuál closet si no hay nada que guardar? La cocina... un olla en el centro. La cama... inexistente. El cuaderno... la pared. Si hubiera sabido que lo que iban a pedir los niños eran lapiceros, habría llevado dos maletas llenas.
Tantos niños, todos compartiendo esa hambre colectiva... La desnutrición es tal, que sus caras lucen casi blancas por la sequedad de su piel.
Ellos son los verdaderos héroes, los que tratan de sobrevivir, víctimas de una corrupción imparable, de guerras costosas y ridículas, y de la furia implacable del sida que está matando a una generación entera en África.
Había tomado cientos de fotografías y estaba convencida de haberlo visto todo ya. Pero cuando me encontré en un cuarto de recuperación de uno de los últimos hospitales de lepra en el mundo, baje la cámara.
Era lo correcto. De alguna manera, entre sus labios deformados, sus dedos cortados y sus ojos llenos de dolor, los pacientes estaban sonriendo, y lo único que pude hacer fue sonreír de vuelta.