San Lucas (3,10-18)
En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: "¿Entonces, qué hacemos?" Él contestó: "El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo." Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: "Maestro, ¿qué hacemos nosotros?" Él les contestó: "No exijáis más de los establecido." Unos militares le preguntaron: "¿Qué hacemos nosotros?" Él les contestó: "No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga."
El pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: "Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar paja en una hoguera que no se apaga." Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba el Evangelio.
Palabra del Señor.
Comentario dominical
Pbro. Juan Luis Mendoza
¿Entonces, qué hacemos?
Tercer domingo de Adviento. Como dato curioso, digamos que se le llama también "Gaudete" (alegraos), por las palabras con que se inicia la antífona de entrada: "Estad siempre alegres en el Señor...", tomadas de la carta de San Pablo a los Filipenses 4, 4, del trozo que se proclama hoy. Por este matiz de gozo, en vez del color morado se puede usar el rosado.
Seguimos preparándonos para la Navidad, y sigue en escena Juan el Bautista que predica un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados. Y, como algo novedoso, a él son invitados todos, dando a entender que la salvación es universal: también para los pecadores, los publicanos y sus escoltas, los soldados. Todos.
La conversión, de la que es manifestación el bautismo de penitencia, ha de ser interior (cambio de actitud mental, de modo de pensar) y exterior (cambio de conducta). De ahí la pregunta: "¿Entonces, qué hacemos?" La respuesta que da Juan se refiere al ejercicio de la justicia y la caridad: compartir el vestido y la comida con el necesitado; cobrar lo debido y sin extorsionar a nadie. Son casos concretos, prácticos, extensivos a otros muchos más.
Hoy como ayer se impone el que nos preguntemos, en el ámbito individual y social: ¿Entonces, qué hago, qué hacemos? Y ser consecuentes con las exigencias de la Palabra de Dios, de la voz de nuestra conciencia, de los buenos consejos de los demás, de los acontecimientos que nos sobrevengan de acuerdo con lo que Dios quiera o permita. Como en el caso de los seguidores de Juan, el cambio en nosotros ha de manifestarse en las obras que hagamos. Obras son amores.
El medio en el que se mueve el Bautista es de expectación mesiánica. Israel espera a su Mesías prometido. ¿Y no lo será el propio Juan? El, que se limita a invitar a la conversión y recibir un bautismo de agua, sale al paso de las suposiciones y declara abiertamente que "viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias". Se refiere, obviamente, a Jesús del que es el precursor.
La expresión "el que puede más que yo" alude a la condición del Mesías como el gran libertador en la lucha contra el mal. Y si Satanás, símbolo de ese mal, es fuerte, Jesús es el "más fuerte" (Lucas 11,22), con poder para liberarnos de los males de toda índole, espiritual y material.
La marcada superioridad con respecto a Juan está indicada aquí: "Yo os bautizo con agua" y "él os bautizará con Espíritu Santo y fuego". El Espíritu Santo, al que en el credo confesamos como "Señor y dador de vida", aparece en la Biblia como el que anima numerosas realizaciones extraordinarias: la creación (Génesis 1, 2), la lucha de Israel contra sus enemigos (Jueces 3,10), el ejercicio de ministerios especiales (Génesis 41,38-40), el Siervo de Yahvé (Isaías 42,1) y Rey mesiánico (11, 1 ss); aquí dando eficacia el nuevo bautismo, sacramento que instituirá Jesús.
¿Y el fuego? En la Escritura indica muy frecuentemente la presencia de Dios que salva. Mediante el fuego, en el que entra en contacto con el hombre, Dios lo purifica, libera del mal, cumple sus promesas de salvación.