Televisión

Zapping: ¿Por qué no te callas?

Uno de los pilares más importantes del periodismo –y de la vida– es la libertad de expresión. Sin embargo, así como lo deseó el rey de España, Juan Carlos I, a veces quiero decirle a muchas personas y medios de comunicación que se callen.

Esta semana Diego Delfino, director del medio de comunicación Contexto, subió a su fanpage de Facebook una foto de un pickup con una bandera verde y blanca, mientras personas repartían botellas con agua en Upala.

Esto desató comentarios con frases como: "Qué pereza las ganas de estar buscando cosas malas en todo!!! Estamos en una emergencia nacional sea de donde venga la ayuda es más que bien recibida" ( sic ), a lo que Delfino respondió con: "¿La tengo harta? Qué raro porque no la vi comentando en los anteriores 30 estados dedicados a coordinar fuerzas para ayudar". Abajo, alguien aclaró: "Según entiendo son banderas de Limón FC, no de PLN. Es gente de Limón que anda apoyando por allá. Igual, considero que hacer una tormenta por esto es igual de politiquero".

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Publicar la foto con un comentario que dice "diay no hay palabras..." no se puede llamar periodismo, ni se le acerca, a menos de que hablemos del nuevo periodismo: ese que habita en Facebook y en otras redes sociales. Ese que solo se sustenta de likes y personas que deben buscar a otros para tener una opinión. Ojalá les dijeran que esos otros no siempre son los adecuados.

Delfino aclaró la confusión de colores con otra foto en la que el Partido Liberación Nacional aclara que ellos no tienen nada que ver con el incidente.

El problema no es la foto en sí; es –irónicamente– la libertad de expresión. Publicaciones como la de Delfino me generan crisis existenciales que no sé cómo resolver. Cómo le digo a alguien que se calle cuando creo que todos tenemos derecho a opinar. Cómo le digo a la yo de 19 años, que estaba entrando a la universidad con completa ilusión, que a veces el periodismo se nutre de personas que creen que basta tener un iPhone para ser héroes de la comunicación.

Como dice el escritor Umberto Eco, "las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles".

Dentro de esa invasión se encuentra Ingrid Roldán , quien no tengo idea quién es y aquí entre nos, tampoco me interesa. Ella grabó un video –mientras supuestamente manejaba– en el que felicita los que están ayudando a la comunidad de Upala y de paso pregunta cuál es el procedimiento para hacer un golpe de Estado, porque no le tiene respeto o miedo a Luis Guillermo Solís. Además, le dijo al gobernante que "lo único que ha venido a demostrar es lo inoperante que es usted y su gabinete".

Roldán, gracias a la libertad de expresión, tiene todo el derecho a criticar, ofender y culpar al presidente de lo que guste. Tiene también que saber que a mí no me interesa lo que piensa, ni sus selfies mientras ayuda, ni su necesidad por ser condecorada como héroe nacional. Por alguna razón, los medios de comunicación como La Prensa Libre o CRHoy han construido notas alrededor del video, porque, si no lo sabían, los views ahora dan de comer.

Me hubiese gustado que en la universidad me hubieran preparado para esto: para toparme con gente que cree que una foto resuelve un tema político, que visto desde otra óptica es muy grave. O para ver a personas como Ingrid, que piensan que están haciendo lo correcto, cuando en realidad son capaces de hacer más estragos que el barro.

Es triste cuando de repente uno se da cuenta de que el periodismo ciudadano en Costa Rica se está construyendo por personas que "dañan la comunidad"; que tiran al vacío granadas, esperando que exploten, y que sean otros quienes tengan que limpiar el reguero.

El lema de Contexto es "el medio es usted"; pero hasta yo –que paso siendo criticada por tenerle tanta fe a la humanidad– no me atrevería a darle tanto poder a "los imbéciles". Tal vez, nada más me toca aceptar el lado oscuro de mi corazón, que constantemente quiere gritarle a media humanidad que se calle.

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