Fernando Chaves Espinach. 4 noviembre, 2017

Hay muchas maneras de olvidar. La más grave es no reconocer que hay un pasado digno de recordar. El cine, un arte de la memoria, vive entre declaraciones de su muerte, que en más de 120 años de historia todavía no se ha consumado. Sin embargo, la amenaza muy real del olvido lo acosa desde hace años.

Es banal recordar que la más prominente plataforma de streaming del mundo (la que triunfó primero con ese modelo) es Netflix. Atrajo inicialmente por razones de facilidad e inmediatez, así como la vastedad de su catálogo. Conforme nos hemos ido acostumbrando, hemos ido hallándole los agujeros. El más grave, a los ojos de este cinéfilo, es su ausencia de historia.

La nostalgia es la tónica predominante de nuestra época, algo muy acorde con una sensación de fin de era / fin de imperio / crisis moral (aunque todo esto es materia para otra columna). Dado que tantos productos culturales predominantes beben del pasado, es justificable sentirse curioso por ir a sus fuentes. Pero no las vamos a encontrar en Netflix.

'Vértigo', de Alfred Hitchcock, es un clásico de 1958.
'Vértigo', de Alfred Hitchcock, es un clásico de 1958.

No hay clásicos en Netflix. Uno o dos sobresalen, uno o dos elegidos casi al azar y entre lo más superficial de una noción de “clásicos”. Es un rescate de reliquias afín a solo sacar la Victoria de Samotracia y la Mona Lisa del Louvre, solo que a veces ninguna de las dos tampoco está disponible. Está bien: My Fair Lady y Psicosis. Pero nada más.

El pasado de Netflix llega tímidamente a los años 80 y se devuelve. Previo a eso, la historia desaparece. Puede surgir inusitados rescates (la magnífica Daughters of the Dust, de 1991, que fue restaurada para cine) o abecés fílmicos como Vértigo (1958). Pero nada de un catálogo internacional ni profundo, nada de los pilares ni de biblias.

Sabemos que el catálogo de la plataforma para América Latina es bastante limitado, como consecuencia del entramado de derechos que debe adquirir, pero el problema está presente también en la versión estadounidense, la más completa.

En Estados Unidos, la estrategia tiene sentido porque varias otras plataformas se concentran justamente en clásicos. Lamentablemente, su expansión internacional sigue siendo limitada y eso probablemente no cambiará. Netflix no es el culpable único, sino que echa más tierra a una tumba cavada hace años, entre enrevesados acuerdos de derechos y el desinterés generalizado de la industria predominante.

La historia del cine sigue siendo considerada menor y decorativa, un cúmulo de poquísimas cintas que deberían ser materia escolar y que, sin embargo, son solo pasto para cinéfilos (aquellos con tiempo o dinero para explorar).

En un momento cultural sostenido por imágenes, nos privamos de la memoria para comprenderlas: todo parece nuevo. Tal presente es totalitario: lo que nos presenta parece la única posibilidad. Las implicaciones de eso van más allá del gusto cinematográfico.