Por: Fernando Chaves Espinach 17 octubre, 2015
La oleada de apoyo a Gerardo Cruz, después de que publicase un video de un caso de acoso, era inimaginable hace 10 años. Mayela López
La oleada de apoyo a Gerardo Cruz, después de que publicase un video de un caso de acoso, era inimaginable hace 10 años. Mayela López

Hace exactamente diez años, el enemigo público número uno de todo tico biempensante era el proyecto de una diputada para sancionar a quienes dijeran “piropos vulgares” a mujeres. Era Gloria Valerín, “reconocida por sus posiciones feministas extremas” según una nota de EFE reproducida por este diario el 21 de enero del 2005 .

Valerín fue ridiculizada ampliamente en televisión, periódicos y radio; yo tenía unos 14 años, pero lo recuerdo bien: era una cosa para reírse. ¿Cómo se le ocurre? ¿A quién le molesta que le digan “cosas bonitas” en la calle? A los hombres, simplemente, nos gusta recordar, ¡qué lindas que son las ticas!

Una década después, las placas tectónicas de la cultura, en esta tierra donde “no pasa nada desde el Big Bang ”, se han desplazado con una velocidad pasmosa. El debate en torno al acoso callejero que ha suscitado la grabación de Gerardo Cruz de uno de tantos incidentes idénticos que ocurren cada día, impresiona no solo por el ruido que genera, sino por su penetración en edades, clases, niveles de educación y etnias distintas. Al contrario del 2005, quien ha dicho que se exagera el escándalo es reprendido de inmediato.

No obstante, aún preocupa que nuestros medios de comunicación parezcan incapaces de nombrar las cosas como lo que son, empezando por este medio, los televisivos y los radiales.

Una palabra curiosamente ausente del debate, quizás porque no sabemos cómo explicarla, ha sido “feminismo”, una variedad de corrientes de pensamiento que nos ayudaría a entender mejor lo que estamos viviendo.

Una de las desviaciones más peligrosas del debate ha sido tratar a los acosadores callejeros de “enfermos”, lo cual se hizo pronto en televisión (antes, incluso, que hablar con víctimas de acoso). Si es enfermedad, se busca la cura, ojalá instantánea, y listo, muerto el problema. Si es “enfermedad” o “perversión”, yo estoy “sano” y, por lo tanto, sería incapaz de violencia. Lo que me hace sentir este enfoque es que somos incapaces, aún, de vernos de frente.

¿Hemos hablado de cómo el machismo va más allá de gritar improperios en la calle? Apartándonos de ese tufito clasista de decir que son “taxistas” y “peones” los únicos machistas, ¿hemos hablado de cómo cada día, en cada oficina de este país, un hombre se siente en posición superior a la mujer?

Pienso también en la escritora estadounidense Rebecca Solnit, quien acuñó un término fabuloso para describir una conducta común. Mansplaining : un hombre explica algo a una mujer de forma condescendiente. Es el “Dejame que te explique” que dice el macho, aún cuando la mujer quizás sepa más. También hace mansplaining el hombre que le dice a la mujer cómo interpretar “piropos”, como si su cuerpo no fuera suyo, sino de todos. Es todo esto lo que debemos contextualizar y examinar.

Diez años no es nada en la historia de una cultura. La efervescencia en las redes sociales que vivimos estos días manifiesta una ansiedad que traerá más cambios. ¿Estaremos listos para verlos? ¿Sabremos los periodistas intepretar las señales?