Fernando Chaves Espinach.   7 julio
Brazil's defender Marcelo (L) vies for the header with Belgium's midfielder Marouane Fellaini during the Russia 2018 World Cup quarter-final football match between Brazil and Belgium at the Kazan Arena in Kazan on July 6, 2018. / AFP PHOTO / Manan VATSYAYANA / RESTRICTED TO EDITORIAL USE - NO MOBILE PUSH ALERTS/DOWNLOADS

Una vez que suena el pitazo inicial, gran parte del mundo deja de girar. Las demás cosas, las de todos los días, distraen del evento televisivo más visto, más discutido y más influyente del planeta: la Copa Mundial de Fútbol.

Es curioso que funcione. En un rectángulo verde al otro lado del mundo, 22 hombres sudan y sufren. Las cámaras revolotean sobre ellos, ansiosas de capturar la totalidad de un estadio enardecido. No se puede. Ningún equipo de audio logra replicar el vacío en el estómago que uno siente inmerso en la multitud, saltando en la gradería como si las vociferaciones de un solitario espectador fueran capaces de mover el balón esos milímetros necesarios para marcar un gol.

Todo está dentro de uno: el espectador televisivo se proyecta en el jugador y se fusiona con él. Todos estamos ahí en la cancha cuando lo urgente cede espacio a lo importante, que es el fútbol.

Para recordar a Beckenbauer, "jóvenes o viejos, jugadores o fanáticos, ricos o pobre, el juego hace a todos iguales, agita su imaginación, hace a la gente feliz y la pone triste". En el Mundial, un partido entre dos selecciones menores tiene el magnetismo de cualquier final, probablemente porque uno sabe que, en algún rincón del mundo, en la sala de una casa y en la barra de un bar, hay alguien que sí lo está viviendo como el juego más importante de su vida.

Incluso si uno no sigue el deporte, el partido lo engancha, así sea un duelo que en otro momento sonaría insípido. El espectáculo de colores transmitido desde el otro lado del mundo, esa representación entre teatral y marcial, nos conmueve sin palabras –que suelen sobrar, perdón de antemano a muchos narradores–.

"Cada juego de fútbol es una repetición del último juego y anticipa la repetición del siguiente", escribe Simon Critchley. El fútbol es eterno retorno pero es siempre distinto. Contiene pasado, presente y futuro en la esfera que lo mueve porque la pasión –la voluntad– que lo mueve es la misma siempre.

Brazil's forward Neymar reacts during the Russia 2018 World Cup quarter-final football match between Brazil and Belgium at the Kazan Arena in Kazan on July 6, 2018. / AFP PHOTO / Jewel SAMAD / RESTRICTED TO EDITORIAL USE - NO MOBILE PUSH ALERTS/DOWNLOADS

El espectáculo del fútbol no es como el del boxeo –ver un cuerpo que se destruye y se consume– ni como el del béisbol –admirar la armonía de la que somos capaces–, sino el de la hermandad en la emergencia y la comunicación en la batalla.

Excepto cuando no es así. Pero bueno, toda obra necesita un antagonista.

"Mientras el mundo se sacude en espasmos a nuestro alrededor, los deportes nos dan este precioso, aunque temporal, regalo: la estabilidad", prosigue Critchley. De una década a otra, cambian los rostros, cambian los villanos –excepto Maradona, siempre dios y diablo donde quiera que esté–, cambian las intensidades de los fanáticos, pero todo lo demás sigue siendo igual, VAR o no.

A eso acudimos cada cuatro años, al ritual televisado, cada vez en mejor definición, que nos permite recordar que estamos hechos de lo mismo. Hasta uno, que no entiende nada de fútbol, entiende eso tan sencillo.