Jessica Rojas Ch..   31 marzo
Con una mezcla de sus temas con Calle 13 y de su etapa en solitario, Residente se presentó la noche del domingo en el Grito Latino. Fotos: Jorge Navarro

Ser feliz gracias a la música. Bailar como si nadie estuviera viendo, con o sin ritmo, pero con las vibras positivas en el corazón. Cantar como si las notas fueran el último suspiro, gozar y hasta ser agradecido; esa fue la tónica de lo que se vivió durante los dos días que el Festival Grito Latino vivió en Parque Viva.

Sí, porque eso fue el festival, una descarga de adrenalina aderezada con una felicidad que se notaba en cada persona que caminaba con una sonrisa, esa curva maravillosa en las caras fueron provocadas por probar una cerveza bien fría en medio del calor que hizo durante los dos días del encuentro, por comer una buena hamburguesa estilo mexicano o por el hecho de que su banda favorita acababa de sacar todo su potencial y éxitos en alguno de los cuatro escenarios.

Sin tregua, tal vez este fue uno de los puntos más altos de la organización, cada tarima tuvo música de manera constante. La experiencia de no dar espacio a que el público se aburriera (de por sí no había manera para hacerlo en un lugar con tanta oferta para el entretenimiento como lo fue Parque Viva este fin de semana) estuvo a la altura.

Molotov llegó al escenario con una promesa: habría poco 'cotorreo' y mucho rock. En la foto, Micky Huidobro, uno de los dos bajistas del grupo. Fotografía: Lilliam Arce.

Prueba de ello y, tal vez algo de lo más llamativo de las dos jornadas, fue el “vuelta y rosca” que se vivió cada vez que un concierto en las tarimas principales terminaba; el público de manera muy ordenada pero con la adrenalina al máximo se volvía para quedar de frente al nuevo recital que los esperaba. Hermoso y hasta con algo de gracia, ese twist de cuerpos de tarima a tarima mostraba cada vez que a la amplitud de gustos del público tico hay que sacarle más provecho con este tipo de eventos.

Porque tan variada fue la audiencia como las propuestas; el domingo la tónica se dividió entre fusiones de diferentes géneros como el ska y el metal, pasando incluso por el sentimiento contestatario de los colmilludos de los mexicanos de El Gran Silencio y Molotov, quienes desde que pusieron un pie en escena no dejaron más que energía positiva y emociones en tarima.

Durante la presentación de El Gran Silencio fue inevitable que los fanáticos del grupo se juntaran para armas un gran 'mosh pit'.Fotos: Jorge Navarro

Los primeros dieron una dosis de experiencia y de fiesta que contagió a todos por igual, montaron un baile de cumbia combinada con sabor a rock en donde nadie se pudo quedar quieto.

¿Y Molotov? Como se esperaba, porque genio y figura hasta la sepultura. Su rock intravenoso, incorrecto, conciso y directo en su mensaje no dejó ninguna duda de que por siempre será uno de los favoritos del país.

Pero como para todo hubo chance, el público tuvo la oportunidad de conocer nuevas propuestas y saborear con más intensidad otras bien conocidas. Ese fue el caso de Descartes a Kant, quienes se presentaron en la tarima alternativa por la tarde, el grupo dejó tan buen sabor de boca con su performance que el público no quería dejarlos ir. Pero también en ese mismo escenario, custodiado por los árboles y la naturaleza del bosque del parque aprovechó el nicaragüense Perrozompopo para mostrar su música más social y de temario político.

Perrozompopo llevó a la tarima alternativa mensajes de unidad y esperanza para sus compatriotas nicaragüenses. Fotografía: Lilliam Arce.

Para el cierre fue el rap irreverente de Residente el encargado de cerrar la noche y quien estaba finalizando la gira de su disco solista. En solitario como cantante, pero bien acompañado de una banda conformada por músicos de distintas partes del mundo como un baterista estadounidense, un tecladista argentino y un guitarrista alemán, demostró que su propuesta musical basada en la investigación de su ADN (como lo hizo en su disco homónimo), está muy presente en sus conciertos.

Fue así como para los amantes de la música, el Grito Latino se convirtió en la excusa perfecta para dejarse ir, para sentirse libre y vibrar en un viaje personal subidos en un vehículo de cuatro ruedas: notas, voces, letras y emociones.

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Romper todas las barreras

Invitados nacionales e internacionales lo dieron todo en sus presentaciones para que el público, ávido de intensidad y de ganas de pasarla bien derribara las barreras de los países, porque Latinoamérica, con la presencia de artistas de Colombia, Argentina, Estados Unidos, México, Puerto Rico, Panamá, Uruguay, Nicaragua, Venezuela, Costa Rica y hasta Francia, se movió a un solo ritmo: el del Grito Latino.

Luces, grandes tarimas y sonido de lujo dejaron a miles de personas disfrutar de los conciertos en Grito Latino. Fotos: Jorge Navarro

Esta variedad de propuestas sirvió para darle una voz fuerte en pro de diferentes discursos que en el istmo son más que necesarios: la igualdad, la lucha contra la pobreza, liberación, apoyo a los inmigrantes, defensa para la mujer, la discriminación y, por supuesto, el amor libre.

Como detalle curioso, muchos de los artistas que brindaron entrevistas durante el festival estuvieron de acuerdo en que el chance de presentarse en nuestro país es una gran oportunidad porque el público tico es muy abierto a conocer cosas nuevas.

“Es muy receptivo”, explicó el cantante de los colombianos de Borojó, quienes en compañía de sus compatriotas de Superlitio y Telebit, que también debutaron en Centroamérica. Caso parecido a los mexicanos de Jet Jaguar, que en la tarima alternativa rompieron los esquemas con un metal intenso de nota a nota.

La banda mexicana Jet Jaguar celebró su primer concierto en Centroamérica durante Grito Latino. En la foto: Nehuen Pacheco. Lilliam Arce.

Hubo banderas ondeando no solo en los escenarios, también en la gramilla y en las graderías, este fin de semana en Parque Viva se derribaron muchas fronteras cuando unos y otros bailaran bajo una misma cobija. Fue tan común la buena vibra que compartir una mesa para el almuerzo con desconocidos se convirtió en grandes oportunidades para hacer amigos, intercambiar likes en redes sociales y discutir abiertamente sobre preferencias musicales; eso también fue el festival, un intercambio cultural que de una u otra manera puede terminar en unión.

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Gran cierre

Fueron más de 20 horas de pura adrenalina distribuidas en dos intensos días que no dieron espacio a la duda de que en la diversidad y la variedad está el gusto, ese buen gusto por el conocimiento y el aprendizaje que envuelve la música con sentido.

De nuevo y a pesar de las largas jornadas que empezaron muy temprano en el día, las caras de felicidad, las sonrisas incontenibles, los bailes libres, las manos al cielo, los abrazos y las buenas vibras demostraron eso, que en Costa Rica se vive al máximo el arte, que aunque el tico tiene gustos diferentes, los espacios donde se pueden resumir muchas propuestas, cada vez son más aceptados en el país.

La energía nunca bajó en el festival: miles de personas cantaron y bailaron con sus artistas favoritos. Fotos: Jorge Navarro

Grito Latino en Parque Viva ofreció eso y más, fue una experiencia integral donde se fusionaron obras y artistas con una audiencia dispuesta a saborear, a vivir a plenitud y a gozar a más no poder.

Esperado final

La noche terminó con una nota alta. El grupo nacional Kadeho se reunió con su alineación original en el escenario para interpretar temas como Tan lejos.

“Vamos a hacer vibrar este lugar un rato”, dijo Mechas, y las notas que salieron de su guitarra llamaron inmediatamente la atención del público. Se trataba de Sola, quizá el tema más reconocido de la banda.

Grupos de amigos se abrazaron, parejas se cantaron al oído y cientos se pusieron de pie para disfrutar de la canción como se debía.

Mechas dijo estar contento por tocar de nuevo con los de Kadeho. El público los recibió con los brazos abiertos. Fotos: Jorge Navarro

Mechas dejó espacio para que fuera el público el que cantara el último coro. Fue un momento mágico, en el que miles de voces se unieron para disfrutar de ese clásico de la música nacional.

El grupo se quiso despedir, pero el público no los dejó, y los asistentes se quedaron para interpretar una canción más: Vivo volando.

A las 9:50 p. m., entró a escena Café Tacvba para interpretar Futuro, una cumbia oscura y lenta que cautivó a los presentes. Parecía mentira que, después de más de 20 horas de música, la gente aún tuviese energía para bailar, pero Cafeta siempre la pone difícil hasta al que no le gusta bailar. Tampoco se quedaron con las ganas de interpretar temas más románticos como Eres y Quiero ver.

Rubén Albarrán, Quique Rangel y Meme del Real, de Café Tacvba, disfrutaron de su tiempo en escena. "¡Los extrañamos!", señaló Albarrán. Fotos: Jorge Navarro

El grupo repasó algunos de los éxitos que le encantan a la audiencia: Amor divino, Volver a comenzar y Chilanga banda y El fin de la infancia. Cuando sonó Chica banda ni Residente, de Calle 13, se resistió y salió a bailar con los mexicanos. El público pegó un grito de emoción por la sorpresa de ver reunidos en el escenario a dos titanes de la música latina.

No hubo duda: Café Tacvba le dio un cierre espectacular a una jornada en exceso memorable.