Arturo Pardo. 14 junio

Quizá es bien delgada la línea que diferencia a un disco compilatorio de un esfuerzo colectivo, pero, en función de este álbum, la segunda opción es la que lo describe mejor.

Canción nueva del sur, que salió a inicios de este año tiene casi la función de una vitrina, donde se muestran pinceladas del trabajo de seis artistas cuyos nombres tal vez no sean tan reconocidos todavía a nivel nacional.

Aparecen en los créditos Jacob Ortega, Raquel Ortega, Armando Jiménez, Douglas Jiménez, Armando Román y Karol Barboza, quien fungió como productora ejecutiva del proyecto.

Portada del disco Canción nueva del sur.
Portada del disco Canción nueva del sur.

Además de su necesidad de comunicarse a través de las canciones, a los involucrados los unen dos elementos demográficos: bordean los 30 años de edad y todos provienen de Pérez Zeledón.

Para su concreción, el proyecto ganó un premio otorgado por la Unión de Trabajadores de la Música y la ACAM dedicado a la “música inédita y a la difusión del talento costarricense”. Su grabación estuvo a cargo de Alejandro Salazar (Bamboom Estudios).

En cuanto al rescate del trabajo musical que se hace en una región específica del país, esto me hace recordar otros trabajos de esa índole, como un álbum con música instrumental y de cantautor de tradición Guanacasteca, lanzado por la Dirección de Cultura de Guanacaste hace casi una década o Tierra de Inspiración (2016), que funcionó como una herramienta de rescate del patrimonio musical zarcereño.

A nivel musical, este trabajo discográfico ofrece variedad. Es un muestrario del talento de rostro joven en propuestas como nueva canción, reggae, trova, R&B y una fusión de ritmos latinoamericanos.

El disco abre con Bronce y lava (Barboza), una pieza suave, con un arreglo de cuerdas sublime y el aporte justo de una percusión acompañante.

Ser yo, (J. Ortega) evidencia ser una pieza íntima, alegre, pero a la vez reflexiva. La instrumentación elegida para el arreglo es quizá más sustanciosa y colorida que en las de los otros compositores presentes.

La presencia de temáticas más criollas se siente en El bagazo (A. Jiménez), una especie de tambito lento donde la letra tiene elementos costumbristas.

En Se me extravió, de Raquel Ortega, se hacen presentes el pop y el R&B en una canción con gran trabajo coral, mientras que Bandera Blanca (D. Jiménez) se orienta con claridad por el reggae latino, con una letra característica de este género: la paz.

De papel, de Armando Román, tiene un sonido que recuerda al también costarricense Daniel Patiño Quintana, quizá por el timbre vocal del cantautor. La letra es quizá la más interesante de las presentes en el disco, con un relato que parece debatirse entre la vulnerabilidad y la esperanza.

Tu nombre (de J. Ortega) es una balada reflexiva, y es la segunda pieza de un compositor presente más temprano en el disco. Esa repetición, aunque podría servir para identificar las constantes en el estilo de cada cantautor, en este caso, permite más bien valorar la capacidad de reinvención de cada uno.

Sucede, por ejemplo, con Reflejos (K. Barboza), con un arreglo rico en instrumentación y Magia (R. Ortega) donde queda patente el talento vocal de la artista.

A cargo de varios de los cantautores. Es la melodía más hermosa de las 10 del disco y funciona como un cierre perfecto que recuerda la naturaleza de colectividad con la que fue germinado el trabajo. Esta producción queda como evidencia de una nueva generación de cantautores que se está levantando en orden y con mucha energía.