Lysalex Hernández A.. 14 diciembre, 2018
Horacio Prado trabaja en el Festival de la Luz desde 1996, y desde entonces diseña la carroza de la Municipalidad de San José. Fotografía: Alejandro Gamboa Madrigal
Horacio Prado trabaja en el Festival de la Luz desde 1996, y desde entonces diseña la carroza de la Municipalidad de San José. Fotografía: Alejandro Gamboa Madrigal

El diseñador llegó a Costa Rica como asesor del primer Festival de la Luz, desde entonces, su trabajo ha sido protagonista en cientos de carrozas en San José

En medio de una de las tantas esquinas de Tibás, en San José, se esconde un reino en el que la ilusión, la creatividad y el trabajo en equipo son capaces de darle vida al más mágico de los mundos que cualquier ser humano pueda imaginar.

Todo esto es posible gracias a la inspiración de Horacio Prado, un diseñador panameño que llegó hasta Costa Rica para trabajar como asesor de la Municipalidad de San José en la primera edición del Festival de la Luz, en 1996.

Desde entonces, su talento se ha visto plasmado no solo en el diseño y confección de las carrozas del ayuntamiento josefino, sino que también han pasado por sus manos las de empresas como Samsung, Banco Nacional, FIFCO, Coopenae, Banco de Costa Rica, Coca-Cola, el Instituto Costarricense de Turismo (ICT) y Demasa, por tan solo mencionar algunas de ellas.

A sus 54 años, este hombre que estudió diseño gráfico, ha ganado por 17 ocasiones el primer lugar en el Festival de la Luz, y, cuando se le pregunta por las segundas y terceras posiciones, ríe al intentar recordar, ya que ha perdido la cuenta de cuántos han sido.

“El Festival de la Luz es más que un desfile de carroza, se trata de la magia y, como tal, se esfuma en cuestión de minutos. Sin embargo, tiene ese encanto de que si la llegas a sentir de forma tan real es un recuerdo que te marcará de por vida”, expresa Prado con mucha emoción.

Para confirmar sus palabras, el diseñador hace un repaso por lo que fueron sus primeros pasos en este mundo de carrozas, trajes y personajes. Todo inició cuando tan solo era un niño, en la comunidad de La Laguna de Pocrí, en Panamá.

El diseñador plasma sus creaciones en hojas de papel bond o cartulinas, siempre utilizando sus marcadores para darles vida. Fotografía: Alejandro Gamboa Madrigal
El diseñador plasma sus creaciones en hojas de papel bond o cartulinas, siempre utilizando sus marcadores para darles vida. Fotografía: Alejandro Gamboa Madrigal

Desde entonces, su imaginación era alentada por su abuelo, quien juntaba a todos los niños del lugar y a la luz de la luna y las estrellas, ya que en el lugar no había electricidad, les contaba historias fantásticas, que poco a poco cobraban vida en la imaginación de este artista.

“Donde yo vivía había, si acaso, 10 casas, no había ni electricidad, pero fuimos realmente felices. Yo tuve zapatos, por primera vez, cuando tenía 10 años y porque nos los dio el gobierno. Sin embargo, en mi casa nunca faltó el amor, el apoyo y los valores, en especial los relacionados con la educación. Eso se lo debo a mis papás, Lastenia Amaya y Matías Prado”, dijo.

Proceso

Según el diseñador, plasmar en la realidad todo lo que crea desde su cabeza es un don y que, como tal, es necesario trabajarlo día con día. También, para el panameño es indispensable compartir sus conocimientos con otros, ya que esto le permitirá perdurar a lo largo de los años.

“Si sueñas con que tu trabajo trascienda, lo importante es compartir tu conocimiento con otros. En cualquier parte que trabajo: Costa Rica, Panamá, Estados Unidos y Honduras, siempre trato de que quienes me rodean se lleven un poco de mí. Se trata de hacer una escuela”, aseguró el artista.

Prado, quien mientras conversa está atento a que su equipo ultime los detalles de las tres carrozas que trabajarán este año: Coopenae, Demasa e ICT, además de la Municipalidad de San José, afirma que en los detalles está la clave del éxito.

Lograr que sus clientes entiendan eso ha sido clave en el éxito que ha obtenido en Costa Rica. Aunque considera que esto no ha sido tarea fácil, con el pasar de los años cada uno de ellos valoran mucho más la dedicación en las carrozas.

“No crea, al principio costó un poco que entendieran que esto no se trataba de exponer sus marcas, sino que es un regalo para todos sus clientes. Hay personas que amanecen en el paseo Colón para no perderse detalle de esto, porque, quizás, no tienen el dinero para viajar a Disney y esta es su oportunidad de vivir esa magia”, comentó visiblemente emocionado.

Desde el mes de julio se comienza con el desarrollo de los conceptos de cada carroza, para comenzar con la construcción en setiembre. Ya, para estas fechas, los detalles por terminar son mínimos, pues estos últimos días son para retoques.

“El arte siempre une a la gente, así que conmigo trabajan desde panameños, costarricenses, hondureños y nicaragüenses. Todos nos volvemos familia, así que eso es valioso”, dijo.

Inicios

Prado recuerda que siempre sintió curiosidad por crear, lo que hacía que cada día, después de ir a la escuela, se sentara a hacer algunas esculturas en barro, que era el único material que tenía a mano. Posteriormente, ver a su mamá confeccionando prendas de vestir, hizo que lo que era un sueño fuera un propósito de vida.

“Recuerdo que mi primer trabajo, como profesional, se dio cuando tenía 16 años. A esa edad recibí $150 por un traje que diseñé. Dos años después, ya estaba trabajando en los carnavales de Panamá y el resto es historia”, explicó el panameño.

Aunque aquí es conocido por su trabajo en el Festival de la Luz, Prado también destaca en su país natal por el trabajo que realiza en los carnavales, y en el que decidió unirse como una espacie de contribución, ya que sus dos abuelas son fundadoras de uno de los grupos líderes de la comunidad de Las Tablas.

Para el panameño los detalles son importantes, por lo que tanto él como su equipo de trabajo le dedican varios meses a estos. Fotografía: Alejandro Gamboa Madrigal
Para el panameño los detalles son importantes, por lo que tanto él como su equipo de trabajo le dedican varios meses a estos. Fotografía: Alejandro Gamboa Madrigal

Entre risas, comenta que todavía nadie se explica el “amor” que hay detrás de pasar meses, días y horas en la confección de carrozas y trajes de fantasía. Sin embargo, para él esto no es un trabajo sino que es pasión, por lo que es algo que se vuelve realmente infinito.“Esto para mí es vida, no es un trabajo. Yo soy un artista y no un comerciante, lo que significa que para mí lo importante es hacer realidad lo que visualizo en mi mente, por lo que los números no son mi prioridad”, aseguró Prado.

Como él mismo lo afirma, todo en la vida se trata de balance, por lo que su pareja Luis, que falleció hace tres años, era el que le “ponía los pies en la tierra”. En la actualidad lo hace Jazmina Minzie, su asistente administrativa y la encargada de controlar sus sueños.

Hoy, la prioridad es otra: darle una mayor imaginación, magia y sueños a quienes solo tienen la oportunidad de vivirlo a través del Festival de la Luz. Ver esas caras llenas de esperanza e ilusión le recuerdan el niño que una vez soñó en grande.