Jorge Arturo Mora. 26 diciembre, 2019
Desde Plaza Víquez hasta Paseo Colón se celebró el tradicional tope de San José, con la particularidad de un visitante inesperado: la lluvia. Foto: Rafael Pacheco
Desde Plaza Víquez hasta Paseo Colón se celebró el tradicional tope de San José, con la particularidad de un visitante inesperado: la lluvia. Foto: Rafael Pacheco

Dos oficiales de la policía lamen sus helados de fresa con cierta decepción. Posiblemente, el sabor esté bien, pero el cielo grisáceo y la amenaza de lluvia que acecha con una garúa provocan que su esperado helado no sepa a la gloria que le daría el calor habitual.

Las tradiciones viven de sus propios códigos. Con el Tope Nacional, hay mandatos: aquí los bigotes están de moda más que nunca, las camisas a cuadros son la ley, San José se convierte en un terreno minado de heces de equinos y los vendedores ambulantes se hacen espacio para vender bebidas en el calor asfixiante.

Pero esto último se ha ausentado para la edición 2019. Un olor a chuzos asados apenas y se cuela cada 500 metros, dejando de ser uno de los componentes habituales de estas fiestas.

“Prepárese, compre el poncho”, grita un vendedor que guarda sus bebidas para vender suéteres improvisados. Este jueves 26 de diciembre regresó el Tope Nacional con una lluvia intimidante, aunque eso no eximió las emociones que suscita la tradición.

Cientos de personas se ubicaron a la orilla de la carretera para ver a los cabalistas hacer el tradicional recorrido en una tarde más nublada que de costumbre. Mario Granados y su caballo Humo, frente al Teatro Nacional. Foto: Rafael Pacheco
Cientos de personas se ubicaron a la orilla de la carretera para ver a los cabalistas hacer el tradicional recorrido en una tarde más nublada que de costumbre. Mario Granados y su caballo Humo, frente al Teatro Nacional. Foto: Rafael Pacheco
Encuentro diferente
Los niños disfrutaron el contacto con los equinos, y no dudaron en tomarse fotos con los caballistas. Foto: Rafael Pacheco
Los niños disfrutaron el contacto con los equinos, y no dudaron en tomarse fotos con los caballistas. Foto: Rafael Pacheco

El Tope Nacional es una mezcla de culturas. A la salida de caballos en Plaza Viquez, gritos de bajura guanacasteca ofrecen la primera banda sonora del festejo.

El grito se sucede del baile de tap de los caballos. Sus pisadas derecha izquierda arriba abajo transforman el cemento habitual en una improvisada pista de danza exclusiva para los equinos.

Don Giovanni Ortiz luce su planchada camisa lavanda mientras monta a su caballo Muñeco entre esa marea de pasos.

Lo de su camisa no es aspecto menor, pues desde su natal Santa Cruz salió esta misma mañana para debutar en el tope josefino, en un viaje de más de seis horas.

"Vamos a ver cómo me va", se limita a decir el guanacasteco mientras acaricia a Muñeco, su caballo blanco de diez años.

Tanto Muñeco como don Giovanni saben de primera mano lo que significa un tope; eso sí, desde la experiencia santacruceña. Su encuentro equino local es “una pura fiesta, música en cada esquina, pura sonrisa”, dice, comparando ese festejo con el de la capital.

Cerca de tres kilómetros y medio comprende el Tope Nacional. Foto: Rafael Pacheco
Cerca de tres kilómetros y medio comprende el Tope Nacional. Foto: Rafael Pacheco

Aún así, don Giovanni está animado. Con su mano saluda a un compinche y lo hace traer.

Quien aparece es don José, un viejo amigo de don Giovanni. Su elegante caballo café, llamado Tranton, es un animal de trabajos de campo en Santa Cruz.

Don José lleva años convenciendo a su amigo para disfrutar de festejo josefino. No recuerda desde qué año viene, aunque admite de golpe que prefiere sus fiestas guanacastecas.

"Allá es otro nivel, pero aquí usualmente es muy entretenido. Hoy veo un poco más apagado, no sé si la lluvia estará afectando pero siento menos gente. Aún así sé que vamos a disfrutar", dice con una sonrisa cómplice a don Giovanni, como si escondieran una travesura entre ambos.

Manuel Carazo el dedicado del tope fue el centro de atención y estuvo, acompañado por José Ramón Molina. Foto: Rafael Pacheco
Manuel Carazo el dedicado del tope fue el centro de atención y estuvo, acompañado por José Ramón Molina. Foto: Rafael Pacheco

Más adelante, los gritos sabaneros desaparecen y se abre paso la cultura ranchera. Los grandes sombreros de charro son el leitmotiv de la calle que conduce a la Iglesia de la Soledad.

En esa ruta, se camina con absoluta facilidad. Son pocos los visitantes al tope y los caballos se abren camino entre uno que otro vecino que sale a su puerta por curiosidad.

Incluso, en uno de estos pasajes, dos policías custodian una calle poblada únicamente por una familia de tres personas. Apenas y una que otra camisa rayada completa la fotografía urbana.

Cambio de festejo
Morgana, montada por Oscar Umaña se lució con su trote, cerca del Teatro Nacional. Foto: Rafael Pacheco
Morgana, montada por Oscar Umaña se lució con su trote, cerca del Teatro Nacional. Foto: Rafael Pacheco

A la hora y veinte de haberse inaugurado el tope, la lluvia decide aparecer con intensidad. Los flamantes sombreros del público se esconden en mochilas escolares y las sombrillas empiezan a venderse al por mayor.

Una familia tres niños vestidos con la misma camiseta se resguarda en un árbol con plena tranquilidad. La madre sostiene la sombrilla y los niños comen unas tostaditas de picar.

No parece haber un enojo por el clima. Por más inesperado, el tope continúa.

Una vez alguien escribió que el Festival de la Luz es el día en que se permite sacar del closet las bufandas y gorros de invierno que no se pueden usar el resto del año por el clima tropical de Costa Rica. Este año, esa nota también pudo aplicarse al tope.

Adelante en el festejo, el dedicado Manuel Carazo, miembro fundador de la Asociación de Criadores del Caballo Costarricense Paso, se abre camino en su carroza especial mientras recibe aplausos. Unos diez metros después, aparece montado en caballo Johnny Araya, el alcalde de la capital. Saluda a los vecinos como si fuesen viejos amigos, en una Avenida Segunda que sí está repleta.

El asfalto brilla entre los charcos de lluvia y las heces mojadas. El infinito impacto de los caballos rebota en los oídos de todos mientras el agua no cesa.

Aún así, los habituales personajes de las televisoras aparecen en las calles haciendo lo suyo. Los relinchos recuerdan el porqué todas estas personas se uniforman el día después de la Navidad en el corazón de San José.

Podrá llover, pero todos tratan de mantener el cálido ánimo que convirtió esta fiesta en una tradición que pareciera eterna.