AFP . 28 abril
En el 2017, los bailarines argentinos Juan Riobo y Catalina Sánchez tomaron las calles públicas de San José con el fin de mostrar el carácter popular de ese tipo de baile. Fotografía con fines ilustrativos: Albert Marín.
En el 2017, los bailarines argentinos Juan Riobo y Catalina Sánchez tomaron las calles públicas de San José con el fin de mostrar el carácter popular de ese tipo de baile. Fotografía con fines ilustrativos: Albert Marín.

El tango encuentra en las clases virtuales resquicios por donde filtrarse en tiempos de aislamiento social, pero la covid-19 deja a los tangueros sin el abrazo, la razón de ser de esta danza que apasiona a muchos argentinos ávidos de ir a bailar a las milongas.

"El abrazo representa el 100% del tango. Lo que nosotros hacemos es paliar una necesidad de la gente que quiere aprender, corregir, pero lo esencial es el contacto con el otro", dice a la AFP Jonathan Villanueva, profesor de la academia de tango Estilo y Elegancia, que ahora dicta sus clases de técnicas por Facebook.

“Para los profesores independientes, es muy traumático no saber cuándo vamos a volver a trabajar y a nuestra vida habitual”, Jonathan Villanueva, profesor argentino de tango.

Las milongas, tradicionales espacios de encuentro de aficionados a bailar tango, están cerradas por tiempo indeterminado. Algunos maestros dictan clases por las redes, ya sea para despuntar el vicio o para mantener un mínimo ingreso de dinero.

"Por la cuarentena, el tango se toma una pausa. Vamos a ver cuándo y cómo retomarlo. Para los profesores independientes, es muy traumático no saber cuándo vamos a volver a trabajar y a nuestra vida habitual", admite Villanueva que confiesa "una situación económica muy mala".

A sus 35 años y con dos décadas de bailarín, es la primera vez que da clases virtuales. Desde el patio cubierto de su casa en Buenos Aires, muestra los pasos y da indicaciones a los alumnos que no ve. Invita a utilizar una silla a modo de imaginaria pareja de danza, también suele recurrir a la pared o a un palo de escoba como elementos de respaldo.

Quien filma y transmite la clase es Jorge Vargas, su pareja de baile y también profesor. "Sin abrazo no habría tango pero como no nos podemos abrazar, vamos al siguiente escalón que es la técnica, así cuando nos volvamos a ver solamente nos abrazaremos y bailaremos", sueña este tanguero de 27 años.

Karo Pizzo, autora de Técnicas de tango para la mujer, de 43 años, también dicta clases desde su casa en Benito Juárez, a 400 km de Buenos Aires. La siguen alumnos de varios lugares del planeta que perfeccionan distintos aspectos técnicos. “Al final de la clase, me agarra una especie de angustia. Extraño bailar”, dice a la AFP.

Magia milonguera

En aislamiento obligatorio como todos los argentinos desde el 20 de marzo, Carolina Andohanin toma clases vía streaming con María Plazaola y Susana Miller. Con ellas en tiempos normales se formó en la Academia del Tango Milonguero que funciona en El Beso, un local del centro de Buenos Aires donde se arman milongas a diario.

Andohanin se dice afortunada porque convive con un milonguero, lo que le permite bailar pese a la cuarentena, pero afirma que "no se compara con ir a la milonga".

“La única esperanza es que aparezca la vacuna contra el coronavirus, sin eso no hay margen para el tango, porque el tango es el abrazo, es estar cuerpo a cuerpo y cara a cara con un extraño”, Carolina Andohanin, estudiante de tango

"La magia de llegar, encontrarte con tus amigos milongueros, escuchar la música en el salón, pisar la pista, la expectativa de con quién bailaré. Con cada milonguero los abrazos son distintos, todo eso se pierde bailando en casa", sostiene.

La milonga es para muchos aficionados la única actividad social. Allí se baila un tango salón, despojado de las acrobacias del tango escenario, que practican profesionales e impactan en los espectáculos.

Los milongueros se visten, “se producen”, para acudir a la cita, donde quienes bailan mejor son los más codiciados. “El que baila bien, no importa la edad o el aspecto, es como Brad Pitt”, ilustra Nora Roncal, una experta milonguera que se lamenta porque la cuarentena interrumpió su reciente regreso a las pistas tras un impasse de un par de años.

"La única esperanza es que aparezca la vacuna contra el coronavirus, sin eso no hay margen para el tango, porque el tango es el abrazo, es estar cuerpo a cuerpo y cara a cara con un extraño", reflexiona.

Para Nora es "inviable" tomar clases virtuales. Pero sola en su casa, una noche se calzó los zapatos de tacón y se vistió como para salir. Puso un tango y bailó.

Jorge Doallo, de 63 años, baila desde los 40. Comparte la cuarentena en un departamento del barrio bonaerense de Belgrano con Perla, su pareja, y de vez en cuando se lanzan a bailar un dos por cuatro.

“Tras la pandemia van a haber ciertos resquemores en las milongas, supongo que la gente va a tener un abrazo abierto y no cerrado como le gusta a la mayoría. Me imagino que va a ser de a poco, muy de a poco”, sostiene.