Jordi Antich.   11 marzo
El violonchelista alemán Leonard Elschenbroich fue el solista invitado del primer concierto de la Temporada Oficial de la Orquesta Sinfónica Nacional. Foto: Ana Mariela Rodríguez Guillén para LN.

Hace tan solo dos semanas pude escuchar la Suite Scheherazade de Nikolái Rimski-Kórsakov con la Orquesta de Barcelona-Nacional de Cataluña y la directora china, de amplio prestigio internacional, Xian Zhang. Sin afán ni posibilidad de comparar, debo decir que la versión pulcra y colorida de la Sinfónica Nacional del viernes pasado no tuvo demasiado que envidiar a aquella.

En el papel de solistas, que demanda la partitura de Kórsakov, los principales de secciones tuvieron en general un desempeño muy destacado, especialmente el fagotista Isaac Leiva y el concertino de la orquesta, el violinista José Aurelio Castillo, quien logró una deslumbrante interpretación del famoso solo, que, como hilo conductor, une cada parte y representa a Scheherazade narrando los famosos cuentos orientales que conocemos como Las mil y una noches.

La versión de Carl St. Clair de esta música, apasionada y plena de contrastes y colores, se corresponde con su brillante estilo personal, al cual nos tiene ya acostumbrados. Lo que hubo de novedoso en este concierto fue un resultado óptimo en el pulimento de los detalles, que, además, produjo una placentera sensación de transparencia. Gracias, maestro.

Por otro lado, el violonchelista Leonard Elschenbroich deslumbró con su bello sonido en una espléndida ejecución del Concierto N.°1 de Dmitri Shostakóvich, una de las obras más importantes del siglo XX para ese instrumento, cuyo primer movimiento se caracteriza por la repetición insistente, quizás agobiante, de un motivo rítmico. Por esa razón, en esa primera parte, hubiera preferido un sonido algo más seco y penetrante, con mayor adherencia del arco a las cuerdas.

En el segundo movimiento fue donde Elschenbroich logró mayor plenitud interpretativa a través de una exquisita gama de sonoridades, que abarcaron desde las texturas más delicadas y sutiles hasta la tremenda intensidad emocional que caracterizan el final de la obra.

En cuanto a la participación de la orquesta en esta obra de gran complejidad, fue, en general, bastante satisfactoria, si noté algo de inseguridad, manifiesta en pequeños desajustes rítmicos, pero especialmente en cierta inestabilidad del pulso interno en el primer y cuarto movimientos.

Desde hace algunos años, la Sinfónica Nacional se encuentra inmersa en un intenso proceso de renovación generacional. Muy revelador es el hecho de que en este concierto debutaron cuatro nuevos principales, de los 13 que componen la agrupación. Posiblemente en algo más de un lustro, estarán ya jubilados la gran mayoría de los integrantes de la que podríamos llamar “Orquesta Hoffman”, que tuvo su momento de mayor auge en los años 90 del siglo pasado, bajo la batuta del maestro norteamericano.

Tal vez por eso se hicieron notorios algunos desajustes en el trabajo de conjunto, especialmente en la sección de maderas. El acople ideal de una sección orquestal requiere de que sus integrantes se conozcan muy bien desde el punto de vista artístico y humano, y muy especialmente de un trabajo colectivo prolongado e intenso.

Es muy halagüeño comprobar que este proceso de cambio se está dando con mucho éxito, tanto desde el punto de vista artístico como del administrativo. Todo lo cual habla muy bien de estos jóvenes talentos y de nuestras instituciones artísticas, sobre todo de aquellas que se dedican a la enseñanza profesional de la música en nuestro país.

En este concierto, la Sinfónica Nacional estuvo dirigida por su titular, Carl St. Clair. Foto: Ana Mariela Rodríguez Guillén para LN.
En detalle

Orquesta Sinfónica Nacional

I Concierto de Temporada 2019

Viernes 8 de marzo, 8 p. m.

Teatro Nacional

Carl St. Clair, director titular

Solista: Leonard Elschenbroich, violonchelo

Música de Glier, Rimski-Kórsakov y Shostakóvich