Jorge Arturo Mora. 19 mayo
 Conversatorio con los escritores nicaragüenses Sergio Ramírez y Gioconda Belli en Centroamérica Cuenta, junto con Alvaro Rojas. Fotografía José Cordero
Conversatorio con los escritores nicaragüenses Sergio Ramírez y Gioconda Belli en Centroamérica Cuenta, junto con Alvaro Rojas. Fotografía José Cordero

No fue en vano decir que la Feria Internacional del Libro de Costa Rica iba a tener su edición más ambiciosa en todas sus 20 presentaciones en la historia.

Este año, el relieve del evento se esculpió gracias al festival Centroamérica Cuenta, que se anunció como invitado de honor y que se encargó de que no solo existiese venta de ejemplares, sino que construyó un micromundo de procesos de formación, charlas, conversatorios y recitales en cantidades (y calidades) que no se habían visto anteriormente.

Lo primero que se debe decir al reseñar el festival es la capacidad de asombro para encontrar tantas figuras importantes del mundo literario.

Sergio Ramírez, premio Cervantes 2017 quien preside el festival, ha dicho que si las cosas se hacen se deben hacer bien así que convocó a relevantes nombres que por peso propio emocionan y que en las líneas de este periódico se han mencionado constantes veces.

Para la inauguración en el Teatro Nacional, ocurrida el lunes 13 de mayo, el clima de que algo importante sucedía era evidente. La gala de comienzo de la fiesta fue bastante poderosa, con sentidos discursos de la directora del festival Claudia Neira, del mismo Sergio Ramírez y del presidente de la República Carlos Alvarado.

El tono reflexivo sobre la situación política en Nicaragua, que hizo expulsar al festival de su tierra natal, fue un recordatorio de que esta actividad va mucho más allá de nombres poderosos en un cartel.

Importantes escritores internacionales estuvieron en la gala de inauguración, junto a autoridades costarricenses. Fotografía José Cordero
Importantes escritores internacionales estuvieron en la gala de inauguración, junto a autoridades costarricenses. Fotografía José Cordero

Ya desde esa mañana de lunes habían comenzado las primeras charlas. Como había afirmado anteriormente Claudia Neira, iban a existir muchas charlas interesantes en simultáneo y establecer un cronograma personal no era tarea fácil.

Por obvias razones, quien escribe esta reseña no pudo visitar todas las conferencias programadas, pero sí era evidente encontrar muchas caras felices en las salidas de las charlas, con satisfacción.

Punto alto para conectar el cronograma de cada visitante fue la cercanía de las actividades. Muchos eventos (tanto charlas como recitales y presentaciones de libros) ocurrieron en un circuito relativamente cercano, con la Antigua Aduana y sus espacios anexos como epicentro de acción, y con más actividades programadas en el Teatro Nacional y el Centro Nacional de la Cultura que, si bien es cierto requiere caminar unas cuantas cuadras, el tiempo de duración entre una subsede y otra no representa mayor inconveniente.

Allí, muchos de los talleristas internacionales, pudieron desplazarse desde el centro de San José hasta las actividades principales que ocurrían en las cercanías de la nave de ladrillo.

Otra observación pertinente fue la carpa literaria en un formato más estilizado que en años anteriores, así como una nueva carpa en la Plaza Skawak (continua a la Casa del Cuño) que albergó más actividades en simultáneo con gran comodidad. Al menos en los eventos que presencié, el audio fue bien logrado en estos espacios y se podía escuchar sin problemas a los panelistas.

El escritor Sergio Ramírez Mercado visitó la Casa del Cuño, donde se encuentran editoriales independientes. Fotografía José Cordero
El escritor Sergio Ramírez Mercado visitó la Casa del Cuño, donde se encuentran editoriales independientes. Fotografía José Cordero

En un apartado menos positivo, debo anotar que en muchos casos las charlas se desviaron hacia temas que no pertenecían propiamente al tema en conversación, pero gracias al jugo intelectual de los invitados siempre se reflexionaba sobre otros temas interesantes ligados a la temática central.

Justo en las charlas, se resintió en muchas oportunidades la figura de un moderador más presente. En las conversaciones entre pasillos posteriores a algunos de los foros, se comentaba un sinsabor por el papel que tomaron algunos moderadores costarricenses.

En varios casos, daba la impresión que los moderadores nacionales minimizaron su nombre al lado de los otros panelistas internacionales y, literalmente, permitieron que la conversación sucediera sin rumbo fijo, desvirtuando una gran oportunidad de enriquecer la conversación.

Además, parte del público resintió no tener un espacio para realizar preguntas a los invitados, en parte por ese rol ausente del moderador.

Fue una lástima no contar con unos cuantos minutos para esa interacción pues muchas de las charlas estaban dirigidos a públicos específicos (editores, periodistas, poetas, académicos, entre otros) y existía un gran chance de acercar a los autores con los asistentes.

Omitiendo este desfase, la fusión entre la Feria del Libro y Centroamérica Cuenta se sintió orgánica y agradecida por el público. Aún no existen datos de asistencia, pero sin dudas la convocatoria fue sustantiva, con notable presencia de visitantes foráneos.

Aún con este gran movimiento de asistentes, no hubo trabas en los recorridos por cada una de las subsedes y se logró asistir a las actividades y a las ferias sin chocar contra una masa de personas.

Costa Rica vivió y escribió un momento literario que será recordado en la historia. Posiblemente, el festival tome un rumbo itinerante por Centroamérica (que sería lo más sensato según sus intenciones).

A la espera de que también pueda regresar a Nicaragua una vez resuelta la crisis, sin dudas volver a tener el festival en nuestra tierra genera un apetito inmediato que por ahora se agradece con una satisfacción general y unos cuantos libros nuevos asomándose desde el escritorio.