Alonso Aguilar.   15 mayo
El jurado de este año está compuesto (de izquierda a derecha) por la directora italiana Alice Rohrwacher, el francés Robin Campillo, el griego Yorgos Lanthimos, la estadounidense Kelly Reichardt, el actor español Javier Bardem, la francesa Charlotte Gainsbourg, la estadounidense Elle Fanning, el presidente del jurado Alejandro González Inarritu, el director polaco Pawel Pawlikowski, la actriz senegalesa Maimouna N'Diaye y el escritor francés Enki Bilal. Fotografía: Vianney Le Caer/Invision/AP

Como medio, el cine se ha desarrollado desde siempre a través de un constante estira y encoge entre la tradición y la innovación, fenómeno que también se ve reflejado en sus instituciones más prestigiosas, como es el caso del Festival de Cannes.

Con su gala de inauguración recién finalizada la noche del 14 de mayo, la septuagésima segunda edición del evento más célebre de la imagen en movimiento internacional se vislumbra como una vitrina para estos contrastes.

Edición accidentada

Por un lado, está el innegable valor simbólico que tiene un espacio de esta envergadura como agente cultural más allá de las películas. Como suele suceder también con los premios que entrega la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, lo que se determina es visto como parte de la historia oficial del medio. Es por ello que muchos le exigen a la organización apropiar esa responsabilidad y ser cautelosos con las narrativas que proyectan.

A razón del auge en movimientos por la inclusión social, el año pasado el festival francés firmó un acta de transparencia en favor de una mayor paridad de género. El resultado fue que en 2019 se tengan cuatro películas dirigidas por mujeres compitiendo por la Palma de oro (máximo galardón), y 13 en total si se cuentan las secciones paralelas de la competición oficial. Si bien ambos números igualan récords, para muchas eso habla más de un rezago histórico que de un verdadero avance.

Alain Delon es una figura infame en la vida pública francesa. Fotografía: AFP

Sumado a esto, la polémica también se hizo presente gracias a la decisión de otorgarle la Palma de Oro honoraria al legendario actor francés Alain Delon (conocido por aclamados filmes del cine europeo en los sesenta como El gatopardo, de Luchino Visconti, y El samurai, de Jean-Pierre Melville). La afinidad del intérprete por las políticas de extrema derecha de la excandidata a la presidencia Marie Le Pen, y varios comentarios suyos catalogados como “misóginos, homofóbicos y antisemitas”, han hecho que diversos grupos tilden la conmemoración como “desafortunada y sumamente descontextualizada”.

Si a tales contradicciones se le añade la renuencia de la organización por aceptar a películas distribuidas por plataformas de streaming, se podría pensar en cierto tipo de hecatombe, pero la realidad es que la jerarquía de Cannes sostiene a sus estructuras.

Aún cuando el espectro de la controversia no deja de perseguir al magno evento, el interés que genera su vasta oferta artística es inapelable.

Cartel de lujo
El presidente de Cannes, Thierry Fremaux, se ha mantenido tajante en defender "solo seleccionar películas por valor artístico" en vez de cumplir cuotas de género. Aquí junto a Cate Blanchett en la edición del 2018. Fotografía: AFP

La oposición de ideas también se presenta en la selección oficial, aunque de manera más benigna. Este año las aspirantes a la Palma de Oro se distinguen en dos vertientes bastante marcadas: las anticipadas novedades de grandes nombres del ámbito, y las nuevas propuestas de emocionantes voces emergentes y de nicho.

En el primer rubro destaca de inmediato la que sin duda es la apuesta más mediática del festival: la farsa sesentera estelarizada por Brad Pitt y Leonardo DiCaprio, Érase una vez en Hollywood de Quentin Tarantino.

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Con ella comparten estirpe A Hidden Life, intimista drama histórico del autor de El arbol de la vida (2012) Terrence Malick, Dolor y gloria, melodrama con Antonio Banderas y Penélope Cruz del icónico Pedro Almodovar, The Dead Don’t Die, delirante comedia de zombis del director de Paterson (2015), Jim Jarmusch.

En el otro espectro, merecen atención el incendiario drama sobre tensiones migratorias de los hermanos Dardenne (Dos días, una noche), El joven Ahmed, el misterio del realizador de Aquarius Kleber Mendonça Filho y su colega Juliano Dornelles, Bacuaru, la colaboración entre la figura del cine queer Ira Sachs y la diva francesa Isabelle Huppert, Frankie, y la nueva exploración juvenil de la directora Céline Sciamma (Tomboy), Portrait de la jeune fille en feu.

Aparte de esta imponente competencia que coronará el jurado liderado por el mexicano Alejandro González Iñarritu (Birdman), las otras secciones del festival también presentan trabajos de interés de cineastas destacados como Albert Serra (La muerte de Luis XIV), Bertrand Bonello (Nocturama), Robert Eggers (La bruja) y Lav Diaz (La temporada del diablo), además de la comentada selección de las películas nacionales Ceniza Negra, de Sofía Quirós y Lucía en el limbo, de Valentina Maurel.

En 2019, ni la radiante programación ni las escabrosas disputas se eclipsan entre sí. La existencia del festival parece hacer que ambas coexistan de manera inseparable y un tanto caótica. La respuesta a si esto es sostenible vendrá eventualmente. Por el momento, los diez días de Cannes dieron inicio, y hasta que la balanza se decante, la organización mantendrá la esperanza de que el arte sea lo que perdure.