Descaro usurero La codicia tiene precio

Por: William Venegas 21 abril, 2013

Cuando el Círculo de Críticos de Cine de Nueva York comenzó a elogiar la película El precio de la codicia (2011), dirigida con sabiduría puntual por J.C. Chandor, me armé de paciencia para esperarla en pantalla grande.

Aquí está. Al fin llega esta película que sabe coger al toro por los cuernos y al gallo por la cresta. La cinta le entra a los laberintos de los tiburones corporativos, oscuro universo de la codicia del capitalismo parasitario y de quienes suelen llevarse “entre las patas” a quien sea con cálculo infernal.

La película habla sobre la crisis económica desde el 2008 al 2011 en Estados Unidos, que se ramifica aún en detrimento de los más débiles económicamente. Se trata de la primera película, como director, del también guionista J.C. (Jeffrey C.) Chandor.

Sin ninguna prisa, Chandor se pule para ir exhibiendo ese mundillo de piratería y de sinverguenzadas cuando se trata de activos tóxicos. Este director sabe que el tema no es fácil de entender. Por eso, se toma el tiempo debido para que el espectador no quede al margen de los sucesos, con justo manejo del compás o timing .

El retrato de esta tiburonada financiera es capaz de atemorizar a cualquier persona sensible sobre la crisis actual, donde las gerencias del capital se comportan como mafias a toda prueba. Para convencernos, esta película independiente –con un costo apenas de 3.5 millones de dólares– se luce con un elenco de lujo.

Con personajes bien diseñados, entre la frialdad mecánica y el egoísmo propio de cada quien por autosalvarse, cada intérprete se luce con su papel. Así, los histriones le toman bien el golpe tanto a los personajes como al mundo narrado (total coherencia).

La supuesta frialdad de la película es reflejo de los elementos en juego. La fotografía, la música y –¡ojo!– el diseño de vestuario saben corresponderle a esa inteligencia del director para narrar y ser contundente a la vez.

Tal vez más lento de lo deseable, este filme resulta meticuloso ejercicio de drama político. Como dice el crítico Yoshua Oviedo: “Toda su estructura es oda al cine como arte y no deja detalles a la suerte”. De alguna manera, esta película me hizo recordar el arte de Orson Welles. No se la pierdan.