William Venegas. 4 enero
La alternancia de animación con actores reales es de lo mejor. Fotografía: Walt Disney Pictures
La alternancia de animación con actores reales es de lo mejor. Fotografía: Walt Disney Pictures

Pensé que lo sería, pero no me fue del todo tan grato el tiempo para ver El regreso de Mary Poppins (2018), película dirigida a puro cuadernillo por Rob Marshall. Igual, acepto la presencia de algunas buenas secuencias que la salvan del desastre.

Se dice que El regreso de Mary Poppins es secuela de la película de 1964, Mary Poppins, dirigida con más sentimiento y menos esquematismo por Robert Stevenson. Este filme tuvo también una especie de “historia original” con el título de El sueño de Walt (2013), bajo la dirección de John Lee Hancock.

En cine se entiende por secuela cualquier película producida después de otra y que se desarrolla en un mismo “universo”, pero en un tiempo posterior, casi siempre con iguales personajes. Lo que me sucede con El regreso de Mary Poppins es que la siento más cerca del plagio que de ser secuela: es una sensación constante: un plagio que sucede sin deleite eximio, ni siquiera musical.

El regreso de Mary Poppins se salva por las partes con animados (la vuelta al dibujo), por cierto rostro oscuro en esta parte animada y la presencia de los faroleros dentro de sus coreografías. Paren de contar. El resto es la misma vaquilla con distintos cachos.

El lío histriónico le es con resultados fatales. No es fácil repetir la sinapsis o el enlace encantador que, en 1964, hubo entre Julie Andrews y Dick van Dyke, así como tampoco es fácil olvidar el encanto melódico de la música de los hermanos Richard y Robert B. Sherman.

En efecto, aún sin comparar, las actuaciones de Emily Blunt y de Lin-Manuel Miranda se sienten falsas, sin convicción y es desastrosa en el caso del actor neoyorquino.

Fundamental en este caso, lo cierto es que la música es sosa o sin alegría melódica. El conocido realizador español Fernando Trueba asegura que la mejor música del siglo XX se ha escrito para el cine. Estamos en el XXI y no creo que la música de El regreso de Mary Poppins entre en esa categoría.

La música es “la religión o la fe” de una película; aquí no es así. Aún peor, su <leitmotiv> no tiene fuerza evocadora, no es simbólico ni resulta criterio melódico-narrativo. Es solo empaste (“plugging”). Nada de lo que Wagner enseñó sobre el tema.

El contenido político de esta “secuela” (en favor de la organización sindical y en contra del capitalismo bancario) se diluye en medio de un tejido mal hilvanado: ¡mucho miedo de parte del guion! O sea, a El regreso de Mary Poppins le es difícil pronunciarse acerca de la vida política.

Esta “secuela” no tiene fuerza lírica ni dramática para hablar sobre algo que sí hacía muy bien su antecesora: el cine trata de la existencia humana. Solo lo hace a medias, porque ello no está bien diseñado en el manual con que Rob Marshall hizo esta nueva aventura de la señorita Poppins.

Ficha técnica

Título original: Mary Poppins Returns

Estados Unidos, 2018

Género: Musical

Dirección: Rob Marshall

Elenco: Emily Blunt, Lin-Manuel Miranda

Duración: 130 minutos

Plataforma: CCM, Cinépolis, San Pedro, Cinemark, Magaly, Nova, Studio

Calificación: Dos estrellas de cinco posibles