Líder de una fanática secta mormona, engatuzó a miles de adoradores y los convenció de entregar a sus hijas para matrimonios celestiales, con un grupo de ancianos pedófilos.

 Hace 5 días
Warren Jeffs durante su juicio. Foto: AP
Warren Jeffs durante su juicio. Foto: AP

Fue la voz de Dios en la tierra. Quien lo ignoró, padeció el rigor de su ira divina. Obedecer al profeta, era acatar a la deidad, que le susurraba sus secretos eternos.

Antes de ser condenado a dos cadenas perpetuas –por violar públicamente decenas de niñas entre 12 y 16 años– Warren Jeffs era el todopoderoso pastor de una archimillionaria secta religiosa.

Heredó de su padre Rulon el báculo sagrado para dirigir hacia la tierra prometida –la Nueva Sión– a los miles de adoradores de la Iglesia Fundamentalista Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, versión talibana de los mormones.

La secta de Jeffs es una de las tantas que emergieron tras la ruptura ocasionada en 1890, cuando la Iglesia Mormona –fundada por Joseph Smith– abolió la poligamia, debido a la presión del gobierno norteamericano que los amenazó con despojarlos de sus bienes si seguían con esa entrepiernil costumbre.

El mismo Smith –según un documento de la Iglesia Mormona– tenía solo una esposa, Emma; a esta no le hizo ninguna gracia que su marido le llegara con la maravillosa idea de que iba a tener más consortes, pero no una, ni dos, ni tres, ni cuatro …si no cuarenta.

La explicación de Joseph fue de antología. Un ángel celestial se le apareció tres veces –entre 1834 y 1842– y con una espada flamígera lo conminó a desposarse con muchas mujeres –entre más jóvenes mejor– o de lo contrario destruiría el mundo. ¡Ni modo… alguien debía martirizarse!

Warren Jeffs.
Warren Jeffs.

Pero Warren fue más allá y justificó su serallo de 70 esposas basado en que es descendiente directo de Jesucristo y del mismísimo Smith; el asunto no era baladí y, por eso, los mormones de verdad lo anatematizaron.

Eso de la apostasía son fruslerías que un elegido divino ni siquiera considera, porque tiene cosas más relevantes para ocuparse, como liderar una congregación con 10 mil fanáticos.

El nuevo mesías nació de la manera más prosaica, el 3 de diciembre de 1955 en Utah, fruto del deseo cabrío del mortal Rulon Jeffs y la nada virginal Marilyn Steed.

Rulon era el venerable patriarca que condujo el rebaño a punta de báculo y golpes; un providencial día cruzó al más allá. La sucesión dinástica iba a recaer en uno de los 60 hijos del fértil viejo, pero Jeffs movió sus conexiones divinas y convenció al Consejo de Ancianos para que lo nombrara –en el 2002– presidente de la Iglesia.

Si bien Warren era un lobo con piel de oveja se consideraba la reencarnación de Moisés, tenía el deber de guiar a su pueblo a través del desierto moral y el valle de lágrimas del mundo moderno.

Manipulador como un vendedor de autos usados convenció a sus acólitos de malvender sus propiedades en Salt Lake City, Utah, para peregrinar hasta Short Creek, un polvoriento rancho en la frontera con Arizona.

Ahí estableció algo así como un paraíso comunista o una comuna hippie, donde nadie poseía nada, todo era de todos –en especial las niñas y jovencitas–. El lugar era administrado por una cooperativa llamada Plan de Esfuerzos Unidos, que generaba el dinero para pagar los excesos del pequeño grupo que daba las órdenes.

Lo cierto es que Jeff era el pontífice máximo y ante él respondían las autoridades locales, debidamente engrasadas con plata y favores sexuales; nadie tenía acceso a medios de comunicación con el mundo exterior, decomisó libros, revistas, discos, televisores; restringió la entrada y salida al pueblo; y obligó a sus habitantes a vivir al estilo de mediados del siglo XIX.

Pastor del mal. Los hábitos de Warren los aprendió de su padre Rulon que adoctrinó a su grey con largos discursos –estilo Fidel Castro–, para que las niñas fueran “poseídas desde los doce años” –en matrimonios celestiales– por hombres cincuentones.

Las “designadas” eran arrancadas de la familia; quienes desobedecían terminaban abandonados en carreteras, desiertos y cunetas, porque “los había pervertido el diablo”. En caso de que el marido abandonara la congregación, las esposas eran entregadas –con hijos y bienes materiales– al nuevo marido.

En el 2004, la policía atendió una llamada de urgencia del rancho de la congregación; asaltaron el sitio y rescataron a decenas de menores víctimas de violación, incesto y poligamia; varias de ellas estaban embarazadas.

Ya el profeta lo había dicho: “Algún día llegarán los diablos y se las llevarán”. Se armó el Apocalipsis y Jeff puso tierra de por medio; anduvo errante, pasó de un estado a otro y, en el 2006, el FBI lo colocó entre los 10 criminales más buscados. Le echaron el guante en Nevada.

Una jueza y el jurado –compuesto por 10 mujeres y dos hombres– pusieron los ojos cuadrados cuando escucharon la grabación sexual de Warren, con Rachel, su esposa espiritual de 14 años.

“Tienes que aprender como excitarte... esta es tu misión. Así es como obedeces la ley. No pienses en el dolor, irás al cielo”.

Ante la evidencia, Warren apeló a la libertad religiosa y al derecho de cada persona de buscar a Dios según sus propias convicciones; de nada valieron sus sermones y el jurado apenas duró 30 minutos en dar su veredicto: culpable.

El profeta escuchó la sentencia, juntó las manos y rezó. Aún en la cárcel mantiene el liderazgo de la Iglesia, recibe visitas, dicta órdenes contra sus diabólicos enemigos y habla a cada rato con su dios, el mismo que ordenó a las autoridades: “Deja en libertad a mi sirviente”.

Devoró a sus propios hijos

El profeta mormón, Warren Jeffs, abusó sexualmente de su hija Rachel, según describe la joven en Breaking Free, un libro donde relata la crueldad con que el pastor trataba a su numerosa prole.

“Los pedófilos son todos iguales, les lavan el cerebro a las personas, los controlan y nunca cambian” aseguró la víctima en una entrevista a la revista Newsweek.

Otro hijo, Roy, tampoco escatimó palabras contra su padre. Jeffs lo condenó a trabajos forzados para que expiara sus pecados; durante mucho tiempo pasó encerrado en una casa de escondite, bajo la amena del exilio por sus rebeldías.