8 enero, 2018
Ray Kroc. Foto: AP
Ray Kroc. Foto: AP

El mundo es un mercado. Algunos venden y otros compran; unos pocos viven de los dos anteriores. Entre ellos el rey de las hamburguesas, el hombre que inundó el mundo con la comida chatarra.

Seguro el lector avispado ya adivinó que se trata de Ray Kroc, el prócer capitalista a quien los exégetas le atribuyen la fundación de McDonald’s, cuya M amarilla se ve desde Júpiter.

A los ocho años, Ray demostró que lo suyo era engullirse el planeta y engordar a punta de billetes. Acorde con el espíritu empresarial gringo montó una venta de limonada, en la acera de su casa en Oak Park –Illinois– donde nació el 5 de octubre de 1902.

Tiempo después saltó a una tienda de abarrotes y –en lugar de perder miserablemente el tiempo– pasó las vacaciones veraniegas en la tienda de bebidas de su tío Jack.

A los 20 años Ray era el vendedor estrella de vasitos de papel, en la empresa Lily-Tulip Cup Co, asentada en La Florida; compró un Ford T y al salir de la oficina aún tenía energía para ser el presentador de la emisora radiofónica WEGS, donde era el pianista de planta hasta las dos de la madrugada.

La ambición, el trabajo duro y el olfato de un fox-terrier para oler el dinero, lo llevaron a conectarse con Earl Prince, el inventor de Multimixer, una máquina batidora de leche por medio de seis paletas.

Por esos años benditos, los adolescentes americanos mataban ansias en las sodas, tiendas donde en principio expendían bebidas carbonatadas, que después se convirtieron en sitios de reunión familiar. Vendían frutas picadas, helados y batidos.

El chiste es que Ray se lanzó a promocionar batidoras por todo Estados Unidos; en 1948 colocó la cifra récord de ocho mil Multimixer. Todo iba de maravilla hasta que la gente decidió cambiar de hábitos; abandonaron las ciudades para vivir en los suburbios, eso arruinó a las sodas y desplomó las ventas de Kroc.

Otro, que no fuera Ray, se habría pegado un tiro. Él estaba bañado en leche. En plena crisis decidió visitar a un par de hermanos, Maurice y Richard McDonald, quienes le hicieron un extraño pedido de ocho mezcladoras.

–“¿Qué clase de negocio necesitaba producir 40 malteadas al mismo tiempo?”– pensó Kroc. Y sin decir agua va se fue a San Bernardino, California, y conoció a los estrafalarios dueños de un insólito local especializado en vender hamburguesas, papas fritas y refrescos; todo bajo el modelo de autoservicio, producción en línea y donde el cliente duraba un minuto en el mostrador.

Al instante se activó en Ray el instinto depredador de un Tiranosaurio Rex, acicateado por que Maurice y Richard eran un par de buenazos, incapaces de saber que estaban sentados sobre una montaña de oro.

Y como de los tontos viven los vivos, Kroc se asoció con ellos; al final les compró la empresa en $2,5 millones, con la promesa de darles 0,5% de las ganancias y racaneó hasta el último dólar.

Gato por liebre

Ray Kroc en su oficina. Foto: AP.
Ray Kroc en su oficina. Foto: AP.

Tenacidad, constancia y fe en sí mismo son virtudes impagables; pero si culminan con el control de un imperio global de comidas, en una marca mundial que vale $17 mil millones y una fortuna personal cercana a los $500 millones, la cochina envidia hará de esa persona poco menos que una rata de albañal.

Algo así le pasó a Ray. Según algunos detractores “robó una idea y el mundo se la comió”, porque se apropió del negocio de los hermanos McDonald, nunca honró el compromiso verbal asumido con ellos y los borró de la historia oficial hamburguesística.

Un sobrino de los McDonald, Ronald –igual que el payaso del restaurante– sentenció: “Fue todo culpa del ego de Kroc. Acabó colocando su busto en cada restaurante que abría.”

El mismo Richard aseguró que “Nadie se refería a Kroc como el fundador, hasta que le vendimos la empresa. Si lo llego a saber, se habría quedado vendiendo máquinas de batidos.”

Para ser justos los hermanitos McDonald pasaron de servir hamburguesas de 10 centavos, a un modesto puesto de comidas rápidas que se distinguía por una M amarilla de 7,5 metros de altura. Tampoco era que tenían un emporio de calorías empacadas.

Rencores aparte, Ray compró aquel chinamo en 1961 y lo multiplicó como los panes del Evangelio en más de 40 mil locales por toda la faz de la tierra. A su muerte, el 14 de enero de 1984, cada 17 minutos se abría una McDonald’s y un año después vendió la hamburguesa número 50 mil millones.

Como un tiburón insaciable, Kroc intentó comprar el restaurante original, pero Richard y Maurice se negaron. Imposibilitados de usar el nombre, porque Ray era el dueño, decidieron llamarlo The Big M.

Pero Ray no estaba para bromas y abrió un local al frente y en un par de años los trituró y quebraron.

Lo demás fue contar billetes. El éxito de Kroc fue de tal magnitud que la revista Time, a finales del siglo XIX, lo escogió como una de las 100 personas más importantes del siglo, codo a codo con pelmazos como Albert Einstein, Mahatma Ghandi y hasta el extraordinario Bart Simpson.

El archimillonario se casó tres veces, compró el equipo de beisbol Los Padres de San Diego, filmaron varios panegíricos sobre su vida y al final de esta valía $500 millones, centavo más centavo menos. Richard McDonald murió cuatro años después, en 1998, y legó $1,8 millones.

A Ray Kroc le falló el corazón, pero encarnó como pocos el sueño americano del hombre hecho a sí mismo, pero con los pedazos de otros.

El cine y Mac

La pantalla grande fue poca para contar las ambiciones de Ray Kroc. El Fundador, de John Lee Hancock, es una comedia filmada en el 2016 con Michael Keaton como el rey de las hamburguesas. En esta los hermanos McDonald aparecen como personajes secundarios.

Unos años antes la empresa difundió varios filmes propagandísticos: Compliance, en 2012, y en 1988 presentó Mi amigo Mac.

El intratable de Quentin Tarantino tampoco resistió la tentación de darle un mordisco al buen nombre de la cadena McDonald’s, e incluyó unos diálogos bien mordaces entre John Travolta y Uma Thurman, en Pulp Fiction, sobre una lánguida hamburguesa.