10 diciembre, 2017
Giacobbe
Giacobbe "Jake" La Motta, más conocido como Jake LaMotta o por sus apodos Toro Salvaje y El Toro del Bronx, ​​ fue un boxeador estadounidense de ascendencia italiana que llegó a ser campeón mundial Foto: AFP y AP

El reformatorio y el ring fueron su escuela. Ahí aprendió las reglas de su vida: golpear sin piedad; pegar, golpear, pegar, golpear y resistir sin rendirse jamás, hasta que el rival fuera solo una sangrienta masa de carne.

La enorme nariz de coliflor y el tono gangoso de la voz revelaban su oficio: boxeador. También fue ladrón de autos, dueño de un prostíbulo, proxeneta de menores, derrochador, actor, periodista a ratos, comediante, padre y marido violento.

De niño, en el salvaje Bronx de Nueva York, disputaba a las ratas un pedazo de pan; pero a punta de puñetazos ganó su primer salario decente –si cabe el término– de $25 mil, y como campeón de peso medio le pagaron $75 mil. Acumuló una fortuna de $2 millones y la tiró como si fuera confeti.

Su padre, un siciliano de manos de granito y métodos brutales, le dio un consejo: “Aprende a defenderte, o te matan”. Al ucase paterno le agregó un picahielos, que el pequeño Giaccobe LaMotta –futuro Jake– usó sin asco para ganarse el respeto en la calle y apuntalar su carrera de gamberro.

El “Toro salvaje”, apodo con que sembró el terror en los cuadriláteros, fue lanzado al ring de la existencia el 20 de julio 1921, en el Bronx, y escuchó el último campanazo el 19 de setiembre del presente año, a los 96 años, a causa de un resfrío.

Si bien, desde los 10 años el papá lo echaba a pelear contra otros niños, a cambio de una monedas para pagar el alquiler de la casa, fue a los 18 que comenzó como profesional.

A los 29 años conquistó el fajín de los pesos medios y solo lo bajó del tinglado Danny Nardico, un exmarine con cañones en lugar de manos, que lo derribó en 1952 y lo mandó al retiro prematuro.

En esos años pactó 19 peleas como aficionado y 106 profesionales; le rompieron la nariz en seis ocasiones; la partieron las costillas; se fracturó las manos y le cosieron los párpados con 50 puntadas, según confesó –en 1966– al Chicago Sun Times.

Sobre el cuadrilátero era una bestia ansiosa de sangre, de mano picante y mandíbula de acero. Fuera del ring era peor: un agresor contumaz, huraño, celoso, irascible; un macho cabrío que apenas podía se apareaba con cuanta hembra se colocaba a su alcance.

Con desparpajo contó como a Vicki –la segunda de sus siete esposas– le dio puñetazos más fuertes que a sus rivales; más de una vez la dejó noqueada y ni sus cuatro hijas evitaron que la moliera a manotazos, cada vez que le apetecía.

Fue un hombre que destruyó todo lo que tocó. Su hijo Jake murió de cáncer y Joseph en un accidente de aviación. Le sobreviven sus hijas y su última mujer, Denise Baker, con quien se casó a los 90 años porque aún se consideraba “un gran amante”.

Toro salvaje

Los expertos boxísticos aseguran que el gran enemigo de LaMotta fue Sugar Ray Robinson –el Fred Astaire del ring–, a quien enfrentó en media docena de pleitos y en la memorable “Masacre de San Valentín”, el 14 de febrero de 1951.

Esa noche al “Toro del Bronx” le propinaron una paliza brutal; quedó aferrado a las cuerdas, chorreando sangre y fue un milagro que no muriera de diabetes, debido a la sobredosis que recibió de “sugar”.

La épica pelea con Robinson fue un “quítame esa paja del ojo”, a la par de las que protagonizó fuera del ring con Vicki, en restaurantes, hoteles, aceras y donde pudiera desatar su furia.

Ella tenía 15 años cuando lo conoció en una piscina del Bronx. Se llamaba Beverly; era rubia, delgada, guapa, un bocado fino para el hambriento boxeador, que dejó a su primera esposa por la quinceañera.

Desde ese día le prohibió salir sola y cortó su carrera como modelo; bajo amenazas concursó y ganó varios certámenes, a finales de los años 40, en Nueva York.

Celoso como un gitano, Jake veía amantes furtivos en cada hombre, incluso desconfiaba de su propio hermano Joey. Cada vez que llegaba a la casa golpeaba a su mujer contra las puertas, las paredes y la dejaba nocaut.

Aunque ganó 83 peleas, 30 de ellas por la vía rápida, perdió la más importante. Vicki lo dejó, se divorció, se llevó a sus hijas y este se hundió.

La policía lo arrestó por prostituir menores en un club que regentaba; acabó sin dinero y tuvo que vender las joyas del viejo cinturón de campeón mundial. Engordó como un cerdo navideño y navegó en alcohol.

Por su parte, Vicki encontró un marido mejor y a los 51 años modeló desnuda en la revista Playboy, para demostrar que “la vida no termina a los 30 y hay mujeres mayores que se sienten muy bien sin ropa.”

Desarrolló una carrera exitosa; promocionó cosméticos, filmó varias series de televisión y presentó combates de boxeo.

En 1970, LaMotta editó Raging Bull: My Story, que cayó en las manos de Martin Scorsese; este la usó como base para su película Toro Salvaje, con Robert de Niro, quien ganó el Oscar por su papel del pugilista.

También apareció en unas 15 cintas, episodios policíacos en la televisión y llegó a manejar un equipo de beisbol aficionado,

Jake LaMotta fue un buscavidas, un matón obligado a pelear como si no valiera la pena vivir, que aceptó sobornos de la mafia para perder peleas y siempre se excedió, en lo bueno y en lo malo, y nunca conoció el término medio.

Al final de sus días bailaba desnudo en un bar y contaba chistes en un stand up comedy, porque el humor fue la única máscara que le quedó al toro, para disimular que lo habían domado.

La masacre del siglo

Más que un peleador era un kamikaze, dispuesto a recibir tantos golpes como fuera necesario, con tal de cansar a su rival y al final demolerlo con sus ganchos de izquierda.

El último de los seis combates que Jake LaMotta sostuvo con su archienemigo Sugar Ray Robinson fue un manual para destripar al contendo.

Tal fue el baño de sangre aquella noche del 14 de febrero de 1951 que los espectadores se taparon los ojos, y le gritaban al púgil para que se tirara a la lona.

Por supuesto que LaMotta quedó como un Cristo pero se ufanaba de que Sugar no lo había noqueado.