Eillyn Jiménez B.. 3 febrero
Mauricio, de tenis azules a la derecha, tiene dificultades para jugar con otros niños, ya que se cansa muy rápido. Foto: Alonso Tenorio
Mauricio, de tenis azules a la derecha, tiene dificultades para jugar con otros niños, ya que se cansa muy rápido. Foto: Alonso Tenorio

Correr, brincar y jugar conforman la rutina habitual de la mayoría de los de niños, excepto para Mauricio. Para este menor, de 3 años, realizar estas actividades conllevan un nivel de dificultad considerable desde hace algunas semanas.

Su casa y la de sus primitos, ubicadas ambas en el precario Triángulo de Solidaridad, en Calle Blancos de Goicoechea, San José, están a la par, pero el menor debe ser trasladado en brazos entre un inmueble y otro.

Además, el caminar menos de 50 metros le genera un cansancio poco usual para una persona de su edad, ya que en una operación, contó su padre, le quitaron una parte del pulmón.

El pasado 21 de diciembre, Mauricio, nombre ficticio utilizado para este reportaje, recibió un balazo en el hombro derecho. Este le atravesó el tórax y le generó daños en varios órganos torácicos que fueron reparados por un grupo de médicos del Hospital Nacional de Niños (HNN).

Sin embargo, las secuelas de esa herida persisten y luego de su salida del centro médico, el pasado 14 de enero, debe ser inyectado dos veces al día en su casa durante los próximos tres meses.

El objetivo de ese tratamiento es eliminar un coágulo de sangre que el menor tiene en una de las venas que conectan con el corazón.

“Mi hijo ya no puede llevar una vida de niño normal, cuando corre y juega se cansa muy rápido, ya que no puede respirar bien.

“Además, hay que inyectarlo todos los días, en la mañana lo hago yo y en la noche mi suegra. Además, tiene citas mensuales para ver cómo evoluciona”, explicó la madre del pequeño, quien por razones de seguridad prefiere mantener su nombre en el anonimato, por lo cual, la llamaremos Verónica.

Ella tiene 20 años y reconoce que desde el día del suceso las cosas no han sido fáciles, tanto económica como emocionalmente.

La tarde de aquel 21 de diciembre ella venía de la clínica de Tibás con su bebé de 3 meses en brazos y Mauricio, a quien habían vacunado minutos antes.

Al llegar al precario fueron recibidos a balazos, ya que un hombre, identificado por las autoridades solamente con el alias de Lulú, estaba disparando en contra de otro sujeto.

Tras lo sucedido, los dos involucrados en el hecho desaparecieron y de momento no hay rastro de su paradero.

“Veníamos entrando, él (Lulú) salió al callejón disparando, cuando agarré a mi hijo mayor para salir huyendo ya estaba herido (...), quedé en shock y me puse a gritar para que me ayudaran, pero nadie lo hizo, fue él mismo, el que lo hirió, quien lo montó en un carro para que me fueran a dejar a la clínica”, detalló la joven.

Agregó que apenas llegaron al centro de salud la remitieron en ambulancia al HNN, adonde Mauricio ingresó en condición delicada.

“El doctor habló conmigo y me dijo que no me daba muchas esperanzas porque él estaba muy delicado, no lo lograban estabilizar, pero después de casi seis horas, las cosas cambiaron y ya lo pude ver, estaba vivo.

“Lo positivo, actualmente, es que él está con nosotros, pero ha sido muy difícil, cuando le ponemos la inyección sufrimos todos”, manifestó Verónica.

Jugar sentado es la única forma de diversión que no cansa al niño de 3 años, quien recibió un balazo en el hombro el 21 de diciembre anterior. Foto: Alonso Tenorio
Jugar sentado es la única forma de diversión que no cansa al niño de 3 años, quien recibió un balazo en el hombro el 21 de diciembre anterior. Foto: Alonso Tenorio

Tanto ella como su compañero sentimental, quien también es el padre del menor, reconocen que ahora su hijo requiere de más cuidados y que los gastos económicos son mayores desde diciembre anterior.

No obstante, poco a poco juntan dinero y esperan pronto poder concluir los trámites migratorios para regularizar su estatus y aplicar para un bono de vivienda que les permita tener mejores condiciones como familia, tras más de tres años de residir en el Triángulo de Solidaridad.

Ellos tuvieron que ser reubicados mientras se construye el nuevo paso a desnivel de Circunvalación Norte. Es un rancho bastante pequeño, con piso de tierra y pocos muebles. En la cama donde juega Mauricio solo hay tres peluches, y son los primitos los que entran a la casa, para jugar con él.

“La trabajadora social sabe que ahorita no tenemos dónde mover al niño, necesito tener los papeles en regla, pero yo no quiero que a él se lo lleven, porque de una u otra forma lo que pasó fue un accidente, no culpa nuestra, porque nosotros no lo tenemos descuidado”, afirmó el padre del menor.

“Mi hijo ya no puede llevar una vida de niño normal, cuando corre y juega se cansa muy rápido, ya que no puede respirar bien", madre del menor.
Temores

Además de las secuelas físicas, Mauricio vive atemorizado, asegura su abuelita, y eso queda plasmado cuando un desconocido quiere hablar con él.

En ocasiones llora y otras veces solo prefiere no hablar, hasta estar seguro que el ambiente es el óptimo para sentirse en confianza.

Al igual que él, su mamá ahora busca compañía tanto para entrar como para salir del precario, con el objetivo de poder reaccionar si algo sucede.

“Es muy duro, nosotros hemos vivido un drama y acá no hay seguridad para salir. Espero que den con los responsables del hecho porque todo lo que hemos vivido ha sido difícil”, mencionó la abuela paterna de Mauricio.

Mauricio y sus padres tienen más de tres años de vivir en el precario Triángulo de Solidaridad, en Calle Blancos. Foto: Alonso Tenorio
Mauricio y sus padres tienen más de tres años de vivir en el precario Triángulo de Solidaridad, en Calle Blancos. Foto: Alonso Tenorio