Eillyn Jiménez B..   11 noviembre, 2018
Angélica Fallas Romero tenía 29 años y su mamá la describe como una muchacha alegre, trabajadora y colaboradora. Foto: Alejandro Gamboa Madrigal

Pérez Zeledón. “Mi hija conoció a ese sujeto cuando él estaba comiendo basura detrás de un supermercado de aquí, de Pérez Zeledón. A ella le impactó ver que era un muchacho joven, le preguntó que si estaba con hambre, lo montó al cajón del carro y se lo llevó a comer, así fue como comenzó a hablar con él”.

De esa forma relata Ana Ruth Romero Quirós, de 55 años, el primer contacto que tuvo su hija, Angélica Esperanza Fallas Romero, con el sospechoso de asesinarla.

El cuerpo de la mujer fue ubicado el 26 de octubre anterior dentro de un apartamento en Villa Nueva de Pérez Zeledón, San José, pero las autoridades judiciales presumen que murió días antes.

Wálter Espinoza Espinoza, director del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), afirmó tres días después del crimen que Fallas murió por “asfixia de naturaleza homicida”.

Acercamiento solidario

Fue en febrero de este año cuando la fallecida, de 29 años, conoció a un hombre, de apellidos Abarca Duarte (24).

Desde el principio, ella se sintió conmovida y le tendió la mano para ayudarlo a que dejara las drogas. En al menos dos ocasiones, incluso lo llevó a un centro médico para que comenzara un tratamiento que lo sacara de las calles.

Para doña Ana, lo que hizo Angélica es solo un reflejo del buen corazón que tenía, dispuesto a ayudar en todo momento y a mover sus contactos a favor de los más necesitados.

“A mi hija el corazón la traicionó (...), nunca tuvo miedo ni nada y cuando ese muchacho le contó que fue criado en el Hogar Ama (para niños en riesgo), donde ella colaboraba constantemente, se familiarizó más con la situación, se echó toda la responsabilidad encima.

“Luego de una reunión con personas del colegio técnico profesional de acá, quienes estaban preocupados por él (Abarca), le consiguieron ropa y donaciones, pero él se escapó a San José, donde se metió en un problema, y a los 15 días apareció de nuevo pidiendo ayuda”, narró Romero el jueves anterior a La Nación.

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La familia de Angélica siempre tuvo desconfianza de Abarca, ya que no veían ningún cambio de actitud pese a los múltiples intentos de ayuda de parte de muchas personas.

Por esa desconfianza es que Romero cree que su hija nunca reconoció ante ellos que tenía una relación con el hombre y omitió decirles que dejaba la casa para vivir con él en un apartamento.

En los primeros días de octubre, los parientes descubrieron que ella y Abarca compartían techo. Su estrategia fue mantenerse en contacto con su nieto para velar para que todo transcurriera con calma.

“Mi hija siempre lo quiso ayudar, un domingo lo encontró en la calle y lo trajo aquí, le pregunté que por qué lo había traído y ella me dijo que porque él estaba mal, que lo llevaría al hospital al día siguiente, pero como le dije que no se podía quedar aquí, se lo llevó luego de que el muchacho se bañó y comió.

“Cuando salió del centro médico, había que llevarlo al IAFA (Instituto de Alcoholismo y Farmacodependencia), pero le dije a mi esposo que se lo llevara él y no Angélica. A ella no le gustó mucho y a los días ya él volvió a llamarla”, detalló doña Ana Ruth.

Los Fallas Romero nunca se enteraron de que Angélica acudió a instancias judiciales para solicitar medidas de protección por una supuesta agresión de Abarca. Ese dato los tomó por sorpresa.

De acuerdo con la información que han recopilado luego de la muerte, el hecho que motivó las medidas ocurrió en julio cuando Abarca empujó a la mujer y la golpeó; supuestamente él estaba ebrio. Sin embargo, ella nunca contó nada a ningún allegado.

La Fiscalía Adjunta de Género precisó que Fallas expresó su deseo de que las medidas que ella misma solicitó fueran levantadas; no obstante, para el momento del crimen esa segunda petición no se había concretado.

Ana Ruth Romero, madre de Angélica, asegura que a su hija la gratitud la hizo compartir con diferenes personas, entre estas Abarca. Foto: Alejandro Gamboa Madrigal

Dos semanas después de la muerte, doña Ana Ruth solo encuentra una explicación; él se aprovechó del buen corazón de su hija y aprendió a manipularla.

“Lo que siento en mi corazón es que él le hizo un lavado de cerebro terrible, la llevó a la muerte y ella no se dio cuenta del riesgo en el que estaba”, aseguró Romero.

Abarca, quien estaba inscrito en la planilla de As Puma Generaleña –equipo de la Liga de Ascenso–, fue capturado en el plaza de las Garantías Sociales, en el centro de la capital, el 29 de octubre y, por determinación de un Juzgado descuenta seis meses de prisión preventiva. Su arresto dio un poco de paz a la familia de Angélica.

El Ministerio Público informó de que el contra el sujeto se sigue una investigación por el delito de feminicidio.

Presentimiento fatal

El viernes 26 de octubre de este 2018, doña Ana Ruth se despertó para hacer desayu, revisó su celular y observó que la última conexión de su hija al sistema de mensajería WhatsApp fue dos días antes, cuando se vieron y luego conversaron por mensajes.

De inmediato, según cuenta, sintió con un dolor en el pecho y una carga, por lo que le dijo a su esposo, Víctor Rodolfo Fallas Rojas (60 años), que le habían matado a su hija menor, pero este no le creyó.

Ese mismo día en la tarde un amigo de la familia llegó de visita y doña Ana le pidió llorando que fuera a buscar a Angélica. En el apartamento todo estaba cerrado y el carro de la mujer afuera.

La zozobra de la madre no se detuvo por lo que varias horas horas después fue don Víctor a la casa de su hija. Al no ver movimiento llamó a la Policía y cuando el encargado de los apartamentos les abrió la puerta encontraron el cuerpo de Angélica.

“Ella siempre me escribía y me llamaba, el miércoles hablamos por última vez, el jueves no supe de ella, pero creía que algo pasaba con el teléfono, porque no era normal que ella no se comunicara. El viernes amanecí con esa carga terrible y por la tarde nos enteramos de lo sucedido”, rememoró doña Ana en el corredor de su casa, desde donde se ve el pick-up negro que manejaba su hija.

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Recuerdos diarios

La familia Fallas Romero no se repone de lo sucedido. Ellos no solo perdieron a una hija, sino que también afrontan la partida del nieto, de 9 años, cuyo padre se lo llevó a vivir con él a Grecia, Alajuela.

El hombre, de apellido Víquez, y Fallas estaban divorciados desde hacía cuatro años, pero él iba a trabajar cada cuatro semanas a San Isidro de El General, en Pérez Zeledón, donde veía a su hijo.

El niño se crió con sus abuelos en Yucatán de Pérez Zeledón, llegó a vivir a tres kilómetros de distancia de ellos, pero ahora está a 182 kilómetros, aproximadamente.

“Mi nieto se ha enterado de muy pocas cosas, pudimos sostener la situación para hacerle el menor daño posible, pero el papá dijo que ahora él se iba a encargar de criar a su hijo. Es responsable y tiene estabilidad, pero de alguna forma, aunque no perdimos a mi nieto, ya no lo tenemos como antes”, recalcó Romero.

A Angélica, doña Ana la quiere recordar siempre como esa persona de espíritu alegre, trabajador y solidario.

Sin embargo, después de 34 años de vivir en tierras generaleñas reconoce que quieren vender la propiedad y trasladarse a un sitio más cercano de Grecia para compartir con su nieto y evitar recuerdos constantes de su hija, cuyo cuerpo fue cremado tras lo ocurrido.

Alertas pueden salvar vidas

Los 20 femicidios que se han registrado durante el 2018 hacen que las autoridades reiteren el llamado a la población para denunciar cuando hay sospechas de violencia doméstica en casas vecinas o de familiares.

Alertar mediante el sistema de emergencias 9-1-1, o bien, al 800-8000-645, del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), son las opciones que pueden emplear las personas para evitar que se llegue a consecuencias trágicas como la muerte.

Según los datos del Observatorio de Violencia de Género contra las Mujeres y Acceso a la Justicia, del Poder Judicial, la cantidad de muertes registradas hasta el 31 de octubre anterior equivale a una víctima a manos de sus compañeros sentimentales cada 15 días.

“Le pido a las familias y a las mujeres agredidas que hagan conciencia e interpongan la denuncia en caso de ser necesario”, finalizó Romero.

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