Roberto García H.. 28 enero
Foto: Shutterstock.
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Prefiero el cine en soledad, en una butaca de sala oscura o en mi casa sin nadie, por la sencilla razón de que si la película me llega al alma, toca fibras tan íntimas que prefiero estar solo para llorar a mis anchas, motivado por la historia que acabo de mirar, por la evocación que despierta o por esa alquimia de luz y sombra que lo hace a uno gemir en estado de introspección.

Por lo general, espero hasta que el cine quede vacío y el último crédito en la pantalla suba al infinito, mientras el muchacho de la limpieza termina de recoger vasos con hielo, bandejas untadas de mostaza y restos de caramelo y sal de palomitas desperdigadas en la alfombra. En el cine, los tímidos de cualquier edad nos sentimos cómodos entre tinieblas, no por arrogantes ni cosa que se parezca, sino por esa poquedad que nos limita, un resabio infantil de cuando a uno le daba pena porque los mayores le obligaban a saludar. “¡Salude!”, ordenaban, y uno, rojo como un tomate, se arrebujaba y le ocurría como leí muchos años después un relato del inolvidable Paco Amighetti: “De niño, alguna señora amiga de mi mamá decía que si yo no hablaba, era porque me habían comido la lengua los ratones… ¡Me sentía morir!”. Esa y otras situaciones, normales para la mayoría, son difíciles de superar para nosotros los retraídos, como sentarse a la mesa donde comen los demás o acercarse a un grupo de gente que uno no conoce.

En el diccionario se define la palabra timidez como la sensación de inseguridad o vergüenza en uno mismo, que una persona siente ante situaciones sociales nuevas, y que le impide o dificulta entablar conversaciones y relacionarse con los demás. Se comprende entonces que no pretendo hacer una apología de tal condición. Sin embargo, es un hecho que las limitaciones van perfilando en uno otras habilidades particulares y maneras de compartir, como la expresión escrita, siempre que haya alguien que al coincidir o discrepar, cierre mágicamente el círculo con su lectura.

En mis tiempos en la Buenaventura Corrales, a veces llegaba sorpresivamente al aula la directora de la escuela a supervisar a la maestra, y sentenciaba: “¡Los buenos en matemáticas, serán los futuros ministros y diputados!”. Según ella, solo ellos. Vale que la niña Jeannette (Bogantes Sáenz), joven, abnegada y bella, creía por igual en todos sus polluelos y a “los tontos de la aritmética” nos enseñó a leer y escribir, herramientas que nos han servido para crecer, desarrollarnos y educar a nuestros hijos.

Estas consideraciones que usted lee al vuelo de mi tinta fresca, no son antojadizas ni ególatras, sino más bien el deseo de compartir con la seguridad, casi certeza, de que unos más y otros menos, revisamos a solas las horas, los días, los meses y los años que nos ha tocado hilvanar a punta de sueños e ilusiones, de cometas que hemos echado a volar y que tantas veces la fuerza de los vientos han derribado.

Por eso prefiero el cine, porque es como la vida --o la vida es como el cine--. Cada quien va enhebrando su guion particular y se aprende las líneas del papel principal, por supuesto. Hay quien se impone el rol del rey del cuento, por no ponerse el traje de bufón, canta Luis Eduardo Aute. Lo cierto es que, encapsulados en el cinematógrafo, usted y yo somos miembros de la tribu que comparte el ritual de la imagen en movimiento, tan cautivante como la danza en torno al fuego de los aborígenes.

En el cine podemos presenciar otras vidas y hasta siglos en cuestión de hora y media o dos horas. ¿Será que al morir nos convertimos en testigos omnipresentes en la existencia de los demás? ¿O será, como relata el largometraje Ghots (La sombra del amor) que nos desprendemos del cuerpo para observar, desde otra dimensión, el drama de la finitud? Comparto esta variedad de reflexiones agradecido con usted que amablemente ha seguido mi “discurso del método”. Quizás se identifique, por ejemplo, en que todas las personas administramos dosis de locura, errores, heridas e inseguridades, mas también nos sentimos protagonistas de jornadas con pequeñas alegrías que nos enlazan en el día a día, porque somos seres de carne y hueso, limitados y anónimos, cambiantes e imperfectos, pero humanos, profundamente humanos.