A veces pierdo el sueño pensando cómo pagaré las deudas que todavía no tengo, cómo alimentaría a hijos que tal vez nunca tenga

Por: Danny Brenes 14 mayo, 2017

Cuando este artículo se publique, Steven estará casado. Steven y yo nos conocimos hace poco menos de cinco años, en la unidad de Revistas de Grupo Nación. Cuando le estreché la mano por primera vez, me cayó mal. Diez minutos después, ya teníamos nuestro primer chiste interno.

Durante el siguiente lustro, la vida fue más o menos eso: cada vez que nos juntábamos, nuestro coeficiente intelectual se iba de paseo y parecía que todo lo que conversábamos era, precisamente, un chiste que solo nosotros dos podíamos comprender.

Nuestros nombres desaparecieron; solo nos referíamos el uno al otro como Dude y Sweet (herencia de una memorable escena de la película Dude, where’s my car? ). También desaparecieron, en muchos casos, otros amigos cercanos, probablemente hartos de nuestra química y nuestro comportamiento.

Ahora, Steven ya no es el dude . Es Don Dude . Steven está casado.

Es la primera persona de mi círculo más cercano que contrae matrimonio. Yo estaré –o estuve, porque mientras escribo Steven todavía está soltero y la ceremonia es el sábado– ahí, y atestiguaré su transformación en una persona que probablemente seguirá siendo más o menos igual. También será la primera vez que atienda a una boda que no involucre a mis dos hermanas mayores, que ocurrieron hace ya algunos años.

Así que, sin punto de referencia ni comparación, me voy a dar el lujo de asumir lo que pensaré cuando mi mejor amigo cambie su estado civil.

Yo no sé si algún día me casaré. De momento, las casas de apuesta se inclinarían con fuerza a que no sucederá, pero el futuro es un animal salvaje y actúa a su beneplácito, sin importar posición política o creencia religiosa. Pero tengo claro –sobre todo ahora, en el último ciclo en que mi edad se escribirá con un dos como primer dígito– que la edad me asusta mucho más que la muerte.

Ilustración: Dominick Proestakis.
Ilustración: Dominick Proestakis.

Me atemoriza la sensación de que avanzo como un carro que se mueve sin faros entre niebla espesa; me aterra saber que no hay mapa que ayude, no hay Waze que guíe, no hay más viaje que este. A veces pierdo el sueño pensando cómo pagaré las deudas que todavía no tengo, cómo alimentaría a hijos que tal vez nunca tenga; si algún día encontraré a una mujer que quiera ver un partido de los Warriors conmigo.

Algunas personas utilizan como consuelo la certeza de que, como ellas, como yo, nadie tiene idea de qué está haciendo, de cómo superar esta niebla que nos ciega. A mí eso no me sirve de nada. Lo que sí me funciona, en cambio, es entender, cuando finalmente los hijos imaginarios desaparecen y la calma atraca en mi almohada, que no hay mejor temor que ese. La adrenalina de lo desconocido como gasolina de vida.

Por eso, no le deseo a Steven un buen matrimonio. Sé que él tampoco pretendería que lo haga. Prefiero, en cambio, celebrar la incertidumbre que se cierne sobre él, que es la misma que que nos abrazó cuando me cayó mal y nos hicimos amigos.

Ojalá nunca se agote ese miedo embriagante que dan las ganas de seguir viajando, sin importar la niebla.

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